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La velocidad del otoño: volver a ser niños

“Cuando tú eras pequeño… Cuando tú eras pequeño…” Esta frase tan odiosa, capaz sin embargo de ablandar a un cocodrilo del Nilo, se repite no menos de tres veces en La velocidad del otoño.

La Velocidad del otoño, cartel
La Velocidad del otoño, cartel

La sala del Teatro Bellas Artes de Madrid, llena de gente mayor y con muchas ganas de aplaudir porque sin duda se identifica con el personaje de Lola Herrera, desborda de entusiasmo solidario, pues La velocidad del otoño trata del envejecimiento inexorable a partir del primer achaque avisador y de la resistencia numantina de su protagonista a dejar su casa por las buenas.

Pero también trata de las argucias de una madre para envolver al hijo sensible, torcer sus intenciones primeras y hacer que no salga nunca de esa tela de araña tan sutilmente tejida a base de los recuerdos más entrañables, juguetes, paseos, dulces y, cómo no, inmensas culpabilidades. Esa tela de donde nunca debió salir el hijo, y la prueba está en que ha vuelto para caer en ella mucho más enredado. “Cuando tú eras pequeño”…

Pero también se estudia en profundidad la psicología de este hijo viajero y artista fracasado, que no es sensible solamente hacia su madre y sus legítimos deseos de seguir en casa sino también hacia sí mismo, sabedor de que cuando su madre desaparezca para irse a una residencia y esa casa se cierre definitivamente, algo de él mismo habrá muerto también para siempre.

Y este papel de hijo pródigo, sensible y perdulario, lo borda a la perfección Juanjo Artero, quien no escatima en lágrimas, zalamerías y aspavientos cómplices hasta llegar a convencer a su madre de aquello para lo que el hijo más cruel (hay otros dos que esperan fuera) no hubiera sido capaz de lograr con amenazas: hacerla salir de su casa: “porque ahora que tú estás conmigo, hijo mío, y ya no me importa lo que me pase”. Claro que, para ello, ha hecho falta antes un definitivo acto de amor: la madre no volará nunca la casa con el hijo dentro.

Y ahí es donde las lágrimas del hijo se desbordan y donde la tela de araña se cierra por completo sobre él. El final, sin embargo, es tan inteligente como para quedar abierto: ¿va Lola Herrera camino de la residencia de la mano de Juanjo o se va a quedar Juanjo definitivamente con ella en la casa común?

He aquí la sinopsis argumental en torno a la que se produce el diálogo entre madre e hijo. Un diálogo que no cesa a lo largo de los 75 minutos aproximados de duración de la obra:
“Alejandra, una artista de 79 años de edad, se enfrenta a su familia por el lugar donde va a pasar el resto de los años que le quedan de vida. A su favor tiene su ingenio, su pasión por la vida y una barricada que ha creado en la puerta de su casa con suficientes cócteles molotov para hundir el bloque entero. Pero sus hijos tienen su propia arma secreta: su hijo más joven, Cris, que regresa después de veinte años de ausencia apareciendo a través de la ventana del segundo piso en el que vive Alejandra para convertirse en un mediador in extremis de la familia. Apenas pronuncia las palabras ‘Hola, mamá’ cuando las bombas emocionales comienzan a explotar.”

  • Autor: Eric Coble
    Dirección: Magüi Mira
    Adaptación: Bernabé Rico
    Iluminación: José Manuel Guerra
    Productor: Jesús Cimarro
    Reparto: Lola Herrera y Juanjo Artero
    Espacio: Teatro Bellas Artes de Madrid
    Fechas de esta sesión: 13 de febrero de 2017

Segunda opinión:

“La velocidad del otoño” se queda en apariencia, por Félix Población

Sobre Nunci de León

Doctor en Filología por la Complutense, me licencié en la Universidad de Oviedo, donde profesores como Alarcos, Clavería, Caso o Cachero me marcaron más de lo que entonces pensé. Inolvidables fueron los que antes tuve en el antiguo Instituto Femenino "Juan del Enzina" de León: siempre que cruzo la Plaza de Santo Martino me vuelven los recuerdos. Pero sobre todos ellos está Angelines Herrero, mi maestra de primaria, que se fijó en mí con devoción. Tengo buen oído para los idiomas y para la música, también para la escritura, de ahí que a veces me guíe más por el sonido que por el significado de las palabras. Mi director de tesis fue Álvaro Porto Dapena, a quien debo el sentido del orden que yo pueda tener al estructurar un texto. Escribir me cuesta y me pone en forma, en tanto que leer a los maestros me incita a afilar mi estilo. Me van los clásicos, los románticos y los barrocos. Y de la Edad Media, hasta la Inquisición.

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