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Luces y sombras en el marketing académico (3)

Roberto Cataldi [1]

La lectura de la historia nos revela que el saber o el conocimiento surgió como algo más bien sagrado, por ello el mito y la religión no le son ajenos. Decía Jacy Beillerot que en el orden simbólico de las filiaciones el profesor es el heredero del clero y el maestro el heredero de la República, pues, con la Revolución Francesa se vio la necesidad de que ciertos individuos instituyeran la Nación y la República, había que enseñarle a leer y escribir a los hijos del pueblo.

Luego esa carga histórica, ideológica y social se esparció, incluso fuera de Francia, dando lugar a  profundos cambios sociales. Durante el Imperio Romano, el filósofo solía llevar la vida de un maestro, pero dice Michel Onfray que con el triunfo del cristianismo (principios del Siglo IV), el filósofo se convirtió en un insufrible profesor, en un pedante que complicó aquello que hasta entonces era sencillo, y lo acusa de caer en la hipocresía de enseñar lo que no practica. No tengo dudas que Onfray es afecto a las declaraciones que producen rédito mediático.

Cuando hago referencia de las luces y las sombras del mundo académico, del que formo parte, tengo presente que Paul Cézanne decía que la sombra es un color como la luz, menos brillante, pero en el fondo, la luz y la sombra son la relación de dos tonos. Y añadía el pintor que debemos pintar lo que vemos y no lo que creemos que vemos.

Este año fui invitado a exponer sobre cultura, economía y ética en Cochabamba, en un evento  sobre industrias culturales y creativas colmado de estudiantes. Un joven que en Bolivia es un innovador o creativo del mundo digital, dijo que había abandonado la universidad porque sentía que la principal preocupación de las autoridades era la mensualidad que pagaba, y advertía que la estructura de los estudios y su rigidez terminaban asfixiando cualquier intento de innovación o creatividad por parte de los alumnos. A través de una capacitación de extramuros pudo desarrollarse. Lo felicité y me quedé reflexionando sobre aquellas cosas que evidentemente hacemos mal.

Desde hace tiempo la educación se ha convertido en un serio problema, probablemente siempre lo fue, pero la percepción social actual y el interés de los medios generan mucha inquietud. El marketing académico publicita instituciones que ofrecen una educación de excelencia y, en no pocos casos, no hallamos tal excelencia. La modestia, esa virtud que nos modera y templa para evitar el engreimiento o la fatuidad, aquí no cuenta. Se ha abusado tanto de la palabra “excelencia” que han terminado por desgastarla y, cuando oigo que se trata de una educación de excelencia, confieso que me asalta la duda. En efecto, la excelencia como calidad superior o extrema en el ámbito de la pedagogía a menudo es una invocación en busca de una reputación no alcanzada.

Agnès Varda
Agnes Varda

Cuando este año la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas anunció que la cineasta belga Agnès Varda recibiría en Hollywood el Oscar de honor, ella pensó que era una broma, porque se considera una cineasta al margen de la industria y sostiene que allí premian a gente conocida, que hace mucho dinero como si fuesen auténticos bancos. Con su cine nunca persiguió éxitos comerciales, sólo le interesa crear vínculos de fraternidad. Sabe que el cine viene de la vida y su fuerte es el documental, cuyo objetivo es ponerse al servicio de los sujetos. “Hay que estar siempre reinventando la vida”, dice Agnès a sus 89 años. Y añade que la vejez también es materia de creación.

La educación como piedra fundamental de toda sociedad tiene que ver con el desarrollo del ser humano. Junto a la educación están los valores y la cultura. Más allá que debamos explicitar de qué valores y de qué cultura hablamos, ya que en este mundo colmado de publicidad engañosa existe mucha confusión, no hay duda que esta trilogía ha sido de gran importancia a lo largo de la historia, pero hoy asume una importancia especial ante el cambio de época que vivimos. No es sencillo introducir cambios en el sistema y, de procurar hacerlo, primero conviene poner a resguardo aquello que ha superado la prueba del tiempo demostrando su utilidad para alcanzar un desarrollo completo. Hoy tenemos nuevas herramientas tecnológicas, también debemos enfrentar problemas inéditos, de allí la necesidad de implementar cambios que den respuestas a las necesidades actuales. Estos cambios no siempre pueden hacerse sobre la base de una evidencia total, no es posible evadirse del ensayo y error. Las ideas nuevas necesitan ser puestas a prueba, pero jamás consagrarlas por el simple hecho de ser nuevas. Aquí también existen modas, muchas de éstas son transitorias y, estimo que se impone ser prudente en su aplicación. Hay quienes piensan que basta con derribar los tabiques de las aulas, modificar la disposición de los bancos, suplantar los libros por los papers o por las nuevas tecnologías. Tampoco faltan los que piden eliminar las clases, reducir los tiempos de lectura, suprimir los exámenes porque de por sí no mejoran la educación o terminar de una vez por todas con las formalidades del sistema tradicional. El tema es mucho más complejo y me temo que sobran las coartadas políticas y pedagógicas.

Peter Burke, quien se especializa en la historia del conocimiento, sostiene que debemos incorporar aquellos logros intelectuales de las otras culturas, y que hay que hacer un esfuerzo para visibilizar y entender el aporte que hicieron los otros. Añade que es necesario ampliar el campo de los saberes, considerando sus límites, y tener presente que el pasado interesa sobre todo para interrogar el presente. Desde hace unas décadas hemos tenido que incorporar Internet, imposible de ignorar porque en gran medida marca la cultura de nuestro tiempo y además se proyecta en el futuro, pero por más entusiastas que seamos no debemos caer en la ingenuidad. Internet está controlada por megaempresas y esto representa un verdadero problema, también nos plantea una incógnita sobre la gestión política del conocimiento en la “sociedad de la información”.

Algunos expertos dicen que existe hiperinformación, capaz de producir una suerte de intoxicación informática, mientras otros sostienen lo contrario, que la sociedad está desinformada pese al cúmulo de noticias. Por otro lado, se advierte cómo sobre todo a través de la Red se multiplican y “viralizan” las noticias que generan preocupación e infunden miedo, lo que lleva a adoptar una actitud pasiva en muchos consumidores de este tsunami informativo, capaz de producir un burnt out.

Hoy se pone énfasis en desterrar el conocimiento inútil. Pienso que debemos ser cuidadosos con esta calificación. Las Humanidades y la investigación básica serían inútiles, porque la consigna son los conocimientos que generen beneficios económicos en el corto plazo. En esta burbuja de  inmediatez, la posibilidad de logros en el largo plazo no despierta ningún entusiasmo. Al respecto, es interesante la experiencia del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, fundado en 1930 por los hermanos Bamberger. Abraham Flexner, reformador de la educación universitaria, aprovechó su amistad para convencerlos que pusieran su dinero en la investigación más abstracta. Flexner escribió un célebre ensayo: The Usefulness of Useless (La utilidad de los conocimientos inútiles). Él sostenía que el Instituto estaba en deuda con Hitler por personas como Einstein, John von Neumann y otros científicos que huyeron de Europa. Robbert Dijkgraaf, actual director, para quien la realidad siempre tiene la última palabra, recuerda que allí se produjo la bomba atómica y la computadora.

Del mundo académico han salido algunos políticos. Emanuel Macron tuvo este año una  victoria resonante, pero su popularidad está en caída libre. Este filósofo y exbanquero, discípulo de Paul Ricoeur, implementa en Francia una reforma laboral antipopular. Siendo ministro de economía de Hollande trató de “iletrados” a unos trabajadores de un matadero en crisis. Ahora les recomendó a unos obreros de una fábrica en dificultades que en vez de protestar busquen trabajo. Macron critica a los “vagos” que se oponen a su reforma. La prensa dice que es un elitista, que solo presta atención a las personas de alto nivel educativo y de altos ingresos, pues, no le interesan los franceses de a pie, y pensar que muchos de ellos lo votaron. No me sorprende, intuía lo que sucedería, ya que  la palabra puede traicionarnos y su uso revelar quienes realmente somos. Por eso los clásicos sostenían que había que cuidarla pero también cuidarse de ella.

  1. Roberto Miguel Cataldi Amatriain es médico de profesión y ensayista cultivador de humanidades, para cuyo desarrollo creó junto a su familia la Fundación Internacional Cataldo Amatriain (FICA)
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