Aproximación al neo-otomanismo (III)

Erdogan, un sultán en el almudín de los zares

El secretario general de la Alianza Atlántica, Jens Stoltenberg, se limitó a manifestar su “preocupación” ante la firme decisión de Turquía de formalizar la compra de misiles rusos S–400, aparentemente “incompatibles” con los sistemas de defensa de la OTAN.

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Erdogan y _Putin en conferencia de prensa

Y si Stoltenberg abandonó Ankara visiblemente molesto por el fracaso de su misión –un intento de última hora de persuadir a Erdogan de la imperiosa necesidad de no seguir en tratos con el rival moscovita, enemigo jurado de las “democracias occidentales”, la respuesta de Washington ha sido más contundente: “Turquía pagará muy caro por esta decisión”, señaló Donald Trump, aludiendo a la decisión de preferir el sistema de defensa antiaéreo ruso a los cohetes norteamericanos, tres veces más costosos y, al parecer, menos eficaces. “Nadie puede interferir en los asuntos que atañen a nuestra soberanía nacional”, recalcó el primer mandatario turco.

En realidad, Washington teme que la tecnología con la que están equipadas las baterías S-400 pueda usarse para recopilar datos relativos a los aviones de combate de la OTAN, y que Rusia acabe teniendo acceso a ellos.

Nada parece impedir que Turquía adquiera el sistema ruso S-400. De hecho, se da por seguro que un centenar de militares turcos comenzará a entrenarse a partir de finales de mayo en una base de Rusia. Los turcos se sumarán a un grupo de oficiales chinos que se encuentra en la Federación rusa desde el pasado mes de marzo. Conviene señalar que se trata de una autentica innovación: es la primera vez que el ejército ruso organiza cursos de capacitación para miembros de fuerzas armadas no pertenecientes a una alianza militar liderada por Moscú.

Huelga decir que la disputa sobre la compra del sistema S–400  tiene raíces más profundas. El enfado de Trump y de la OTAN se debe, ante todo, a los múltiples y variopintos proyectos de cooperación militar bilateral y del suministro de material bélico ruso a la República de Turquía.

«Podemos comenzar a desarrollar y producir conjuntamente equipo militar de alta tecnología», señaló Erdogan en una rueda de prensa celebrada en Moscú el pasado 8 de abril (2019). Entre los objetivos prioritarios de las industrias de armamentos figuran la producción del sistema antimisiles Kornet y la fabricación de vehículos blindados destinados a las fuerzas armadas turcas.

Por otra parte, el ejército de Ankara recibirá en breve los primeros misiles Konus fabricados en Ucrania. El contrato, firmado por la corporación estatal turca Makina ve Kimya Endüstrisi Kurumu (MKEK), contempla la producción de estos artefactos en suelo turco, así como su posible y, desde luego, deseada y deseable exportación a los voraces mercados de armas de Oriente Medio.

El anhelado bazar moscovita

Pero las relaciones con Rusia y sus antiguos aliados no se limitan a la compraventa de material bélico. Hay un sinfín de intereses convergentes que no han provocado la ira de los aliados occidentales. Turquía depende, en gran medida, de las importaciones de crudo procedente de Irán. Un negocio sumamente interesante, ya que los persas suministran el petróleo a precio muy competitivo. Precios políticos, dirán algunos.

Rusia es, por su parte, el mayor proveedor de gas natural destinado a la península de Anatolia. El año pasado, las importaciones ascendieron a 24 000 millones de metros cúbicos, cantidad que cubre casi la mitad de las exigencias del país.

El gasoducto TurkStream, que aumentará considerablemente el nivel de suministros de gas natural, entrará en funcionamiento antes de finales de año.

Otro proyecto energético clave es la central nuclear de Akkuyu, construida con tecnología rusa, que estará operativa en 2023, coincidiendo con el centenario de la creación de la República turca.

El año pasado, los intercambios comerciales entre los dos países experimentaron un incremento del  orden del 16 por ciento, alcanzando la cifra global de 25 000 millones de dólares. “Nuestro objetivo es superar la cifra de 100 000 millones”, señaló Erdogan durante su reciente visita a Rusia.

En los últimos años, las empresas turcas han desarrollado proyectos por valor de 70 000 millones de dólares. Además de la espectacular expansión de las actividades de empresas constructoras, se ha registrado mayor interés para los sectores manufacturero, metalúrgico, agrícola y de tecnología puntera.

Tampoco se han descuidado los intercambios culturales, los contactos en materia de educación, ciencia e investigación científica.

Detalle interesante: la cooperación económica turco-rusa no parece inquietar sobremanera a los miembros de la OTAN. La clave podría hallarse en la vieja y muy socorrida clausula de los acuerdos de paz firmados después de cada guerra -hubo trece conflictos- entre los zares y Rusia y el sultán de Constantinopla, que contemplaba la… libre circulación de comerciantes y mercancías.

Los monarcas modernos –Erdogan y Putin– se limitan, pues, a emular a sus antecesores.

  1. Enlaces a las entradas sobre neo-otomanismo

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Fue el primer corresponsal de "El País" en los Estados Unidos (1976). Trabajó en varios medios de comunicación internacionales "ANSA" (Italia), "AMEX" (México), "Gráfica" (EE.UU.). Colaborador habitual del vespertino madrileño "Informaciones" (1970 – 1975) y de la revista "Cambio 16"(1972 – 1975), fue corresponsal de guerra en Chipre (1974), testigo de la caída del Sha de Irán (1978) y enviado especial del diario "La Vanguardia" durante la invasión del Líbano por las tropas israelíes (1982). Entre 1987 y 1989, residió en Jerusalén como corresponsal del semanario "El Independiente". Comentarista de política internacional del rotativo Diario 16 (1999 2001) y del diario La Razón (2001 – 2004). Intervino en calidad de analista, en los programas del Canal 24 Horas (TVE). Autor de varios libros sobre Oriente Medio y el Islam radical.

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