Carta abierta a la alcaldesa de Madrid

Estimada alcaldesa,

Aunque le cueste creerlo, somos varios miles de personas quienes vivimos en el cogollo central de Madrid, quiero decir a menos de diez minutos a pie de su despacho.

Madrid-obras-CanalejasEjercemos de guías ante los millares de turistas que se pierden buscando el Museo del Prado o la Plaza Mayor, les advertimos cuando vemos trabajar a los carteristas en las cercanías, les recomendamos dónde no comer esa cosa que algunos llaman paella…Somos, en definitiva, la cara visible y amable de Madrid ante ese fenómeno que ahora se mira como una de las principales fuentes de ingresos de la ciudad.

Somos, probablemente, los residentes que menos contaminamos Madrid. La mayoría de nosotros apenas movemos el coche, hacemos uso intensivo del transporte urbano. La mayoría de nosotros hemos rehabilitado las viviendas de estos barrios recientemente y disponemos de sistemas de calefacción mucho más eficientes y limpios que la periferia. Somos, probablemente, los barrios que más reciclan de toda la ciudad a pesar de las dificultades que encontramos (o de los contenedores que, con frecuencia, no encontramos porque, por ignotas razones, los han quitado temporalmente de su emplazamiento habitual)

Sin embargo, somos, probablemente, los barrios con peores dotaciones de servicios sanitarios, educativos y deportivos (los museos no se cuentan como tales). Estamos, probablemente, entre los barrios con el IBI más desmesurado de la capital. Somos, sin ninguna duda, los barrios que menos valor recibimos a cambio de nuestro impuesto municipal de circulación o de aparcamiento. Quienes con más frecuencia tenemos que cambiar el coche de sitio porque, previo aviso, una grúa “despeja” una o varias calles para un rodaje o por motivos de seguridad para las personalidades que entran en ellas.

Somos, con toda seguridad, los barrios más contaminados y ensuciados por los no residentes. Desde las camionetas de reparto (¿Alguien, algún día pondrá un poco de orden en esta actividad?) a los políticos que mueven sus vehículos de alta cilindrada para ir del Congreso de los Diputados a las sedes de sus partidos, dejando a los chóferes que esperen en cualquier sitio, con el motor en marcha por aquello de mantener la temperatura interior. O a los innumerables botellones en nuestros barrios, práctica esta que la policía municipal declara no tener medios (sic) para controlar y que la policía nacional declara no tener entre sus cometidos. O a la circulación sin reglas ni horarios de grandes camiones cargados de materiales de construcción o de volquetes de escombros. O a la casi cotidiana actividad de los diferentes proveedores de servicios abriendo zanjas por averías o mejoras, zanjas que permanecen abiertas durante días sin actividad alguna y que luego se cierran sin igualar la superficie. Nuestros barrios cuentan, sin ninguna duda, con las tres calles más sucias de Madrid: Infantas, Libertad y Los Madrazo. Como no son calles de paso para políticos ni celebridades se barren cada cinco o seis días desde la última renovación del contrato municipal de limpieza en junio de este año.

Pero, además, somos víctimas de una alucinante falta de respeto a nuestro derecho a la libre circulación y a la movilidad. Durante más de tres años, algunos de estos barrios han estado permanentemente controlados por la policía antidisturbios que ha mantenido un comportamiento perfectamente homologable al de un ejército de ocupación (¡Ni se me ocurría sacar a pasear al perro sin llevar el DNI entre los dientes!) pero no voy a hablar de eso. La llegada de la vuelta ciclista a España a Madrid nos impide, a varios miles de ciudadanos, entrar o salir de nuestras casas durante casi toda una jornada. No es el único caso. El desfile de las fuerzas armadas, el maratón de Madrid, el medio maratón, la carrera de San Silvestre, la cabalgata de los Reyes Magos, el desfile de carnaval, el Día del Orgullo, el Catorce de Abril, el Primero de Mayo, las diferentes pruebas lúdico-deportivas que se celebran cada año con o sin bicicleta, las procesiones de semana santa, las jornadas pro-vida, las misas en Colón… Para no contar la docena larga de manifestaciones autorizadas cada semana que se empecinan en inutilizar el triángulo Cibeles – Sol – Gran Vía. Cada una de estas celebraciones –y muchas otras que se me olvidan– nos obligan a cambiar nuestros planes de movilidad cotidianos en función de ellas.

La mayoría de los eventos citados arriba, que no todos, permiten alguna manera de pasar a pie hacia/desde nuestras calles. Pero si yo o uno de mis vecinos sufrimos un infarto la tarde de viernes santo, moriremos sin remedio dado que la procesión que fue favorita de doña Carmen Polo no deja ni un milímetro libre por el que una ambulancia pudiese traspasar el perímetro de vallas y la multitud de fieles que lo rodean.

Citaría, para completar el panorama, el asedio al que se somete a todo aquel pequeño comerciante que no pueda instalar una terraza, es decir pagar al Ayuntamiento por privatizar el uso de suelo público. El asedio al que nos someten a los transeúntes aquellos que sí pagan por instalar esas terrazas que nos roban las aceras y las plazas. El asedio al que se somete a nuestros pulmones no sólo por el tráfico o las emisiones de humos procedentes en buena parte de las exageradas climatizaciones de los edificios públicos (Observen las chimeneas del ministerio de educación, por ejemplo) sino por las toneladas de polvo que echan al aire las faraónicas obras de reconstrucción en la zona, desde el complejo Canalejas al Congreso de los Diputados, desde las futuras oficinas de Catalana de Seguros (que además nos roba la mitad de una calle) a las periódicas limpiezas a presión de las fachadas del Banco de España.

Señora Alcaldesa, todo esto suena a táctica perfectamente organizada y conocida para expulsarnos (a los residentes) del centro de Madrid y terminar de convertirlo en un parque temático para turistas, preferiblemente chinos. Y a fe que están a punto de conseguirlo; sólo falta que el precio de la vivienda se recupere un poco para que todos vendamos y huyamos de este centro que nos maltrata hacia cualquier otro lugar que nos ofrezca alguna calidad de vida a cambio de nuestros impuestos. Por supuesto, la inmensa mayoría de los pisos vendidos se convertirán en oficinas y apartamentos turísticos. A usted, como nueva regidora de la Villa, le toca decidir, creo. Si quiere usted un centro como el de París, donde visitantes y residentes conviven con franquicias modernas y comercios tradicionales “de toda la vida” o prefiere usted el centro de Londres o el de Roma donde, una vez cerrados los restaurantes, solamente circulan turistas despistados y carteristas en busca de su presa, porque nadie vive en el centro.

A falta de un plan de acción real que mejore nuestra calidad de vida, podría, por lo menos, eximirnos de pagar los impuestos municipales en la seguridad de que nada recibimos a cambio de ellos.

Reciba un cordial saludo de un residente del centro.

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Periodista. Colaborador de diversos medios durante la transición (Diario ARRIBA, Revistas DOBLÓN, REALIDADES, PLATAFORMA, RITMO...) Fundador y primer director de la recientemente desaparecida REVISTA DE ARQUEOLOGÍA. Responsable de información en diversos campos en la Comisión Europea entre 1982 y 2004. En la actualidad, profesor de la Escuela de Negocios de la Universidad Politécnica de Madrid y cordinador del curso de FOTOPERIODISMO en el Centro de Estudios del Vídeo - CEV.

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