Fue bonito mientras duró

Salí por primera vez de España cuando al dictador le quedaban aún unos años de vida. Me sentía avergonzado cada vez que alguien me preguntaba por la salud del general y por la posibilidad de que le dejásemos morir en la cama. Me avergonzaba enseñar mi pasaporte en cualquier trámite fronterizo.

Pero ni siquiera los dictadores son eternos. El general murió en la cama y este país empezó un camino largo y complicado hacia otra cosa. Nos dieron una constitución y, después de bastante sangre y algunos sobresaltos de infarto, en 1982 empezamos la transición hacia algo reconocible fuera de nuestras fronteras.

Entramos en Europa, protagonizamos la movida y nos llegamos a creer aquello de «los prusianos del sur». El pasaporte español, convertido en europeo, dejaba de ser motivo de vergüenza y se convertía en objeto de atención. Durante unos cuantos años, llegamos a creernos que éramos un país como los demás. Un país que había conseguido enmendar el final del verso de Gil de Biedma. Un país en el que la historia no terminaba mal.

Después, nos hicieron caer en la trampa del euro y nos convertimos en los típicos paletos nuevos ricos de chiste. Fuimos más ricos que Italia y estábamos listos para adelantar a Francia ¿Qué sería lo siguiente? ¿De qué no sería capaz un país que crecía, crecía y crecía a cinco y seis veces la velocidad media de Europa occidental?

Un país que acogía emigrantes a millones y que «invertía» en estaciones de AVE, aeropuertos y universidades en cada ciudad de más de diez mil habitantes. Un país en el que el atracón de dinero barato hacía que casi todo el mundo tuviese que ser propietario de una, dos o tres viviendas cuyas hipotecas pagaba con los dos salarios de la familia.

A partir de ahí llegamos a la situación actual. Vuelvo a sentir vergüenza de ser español. De tener que contar entre mis compatriotas a Bárcenas, Cospedal, Urdangarín, Mato, Matas, Montoro, Correa, Gallardón, Blesa, Botella, Rouco, Camps, Agag, Fabra, Aznar, Lamela, Lanzas, Marhuenda, Aguirre…

Un país cuyo gobierno nos lleva directamente hacia un régimen autocrático tercermundista ante la aquiescencia pasiva de la «mayoría silenciosa» que aplaude las decisiones nazis de Carnicerito de Melilla, celebra la actividad política de la Virgen del Rocío y disfruta con el infame Toro de la Vega. Un país que no hizo nunca una revolución. Ni siguiera la protoburguesa, que esa se perdió contra Carlos I en Villalar. Un pueblo que sólo ha triunfado en una revuelta, aquella dirigida por criminales tonsurados, al grito de «¡Vivan las caenas!, contra la ilustración y la cultura.

Un país con un gobierno compuesto por devotos de Frascuelo y de María, hijosdelopus mentirosos compulsivos, legionarios y faescistas, incompetentes absolutos y analfabetos funcionales… Un gobierno cuyo miembro menos ofensivo para la inteligencia es nada más y nada menos que… ¡un banquero pijo!

Un ejecutivo que, en sólo dos años, ha hecho buenos a los gobiernos del criminal de guerra de Valladolid o los de aquel bobo solemne de León, abducido por una Cataluña imaginaria.

Un país, en fin, en el que la separación de poderes o la independencia de iglesia y estado no son ya sino un mal chiste gracias al partido nacionalcatólico franquista en el gobierno, a sus togas y sus sotanas. Un país de mierda en el que el electorado premia con un aumento de votos a los partidos trufados de corruptos.

El círculo se cierra. De gallego a gallego. De la esvástica a la gaviota.

Durante más de veinte años llegamos a pensar que éramos normales. Fue bonito mientras duró.

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Periodista. Colaborador de diversos medios durante la transición (Diario ARRIBA, Revistas DOBLÓN, REALIDADES, PLATAFORMA, RITMO...) Fundador y primer director de la recientemente desaparecida REVISTA DE ARQUEOLOGÍA. Responsable de información en diversos campos en la Comisión Europea entre 1982 y 2004. En la actualidad, profesor de la Escuela de Negocios de la Universidad Politécnica de Madrid y cordinador del curso de FOTOPERIODISMO en el Centro de Estudios del Vídeo - CEV.

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