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Una hora en la vida de Stefan Zweig. Lo que no se debe olvidar

Luis de Luis [1]

Es (afortunadamente) difícil escapar al legado del escritor austriaco Stefan Zweig. A pesar de su prematura muerte en 1942, a los 60 años, su presencia en las librerías y hábitos de los lectores españoles no decae como dan fe las continuas reediciones de su obra que repercuten en los balances de la Acantilado la excelente editorial que, durante las dos últimas décadas, se ha dedicado a reeditar su obra con esmero convirtiéndola en un auténtico long seller.

Roberto Quintana y Celia Vioque en una escena de Una hora en la vida de Stefan Zweig

Ahora bien, su legado va más allá de sus textos – convertidos ya, por pleno derecho, en auténticos clásicos modernos – su figura, su persona como intelectual comprometido con el más riguroso humanismo, su independencia frente a patrias, dioses y señores, su clarividencia y humanidad han convertido la vida de Stefan Zweig en simbólica.

Como es sabido, Zweig nació en 1882 en el seno de una familia adinerada austriaca de origen judío lo que le permitió seguir sus (muchas) inquietudes intelectuales y formar parte de la elite intelectual y social vienesa de principios de siglo pasado, lo que es tanto como decir, la elite intelectual y social.

Inquieto, cosmopolita y amplio de miras recorrió su mundo de arriba abajo y a lo largo a lo ancho lo que le concedió una conciencia crítica y progresista además de una creencia idealista (como luego se vio) en el ilimitado poder del ser humano para alcanzar un mundo idílico. Un caballero, un triunfador y un sabio, abarrotado de talento, bonhomía y una sorprendente capacidad para empatizar con las personas.

Ni que decir tiene que la I Guerra Mundial y, sobre todo, la posguerra y su gestión supusieron una derrota de sus ideales. El advenimiento del nazismo al poder en la Alemania de los años 30 le convirtió en un apátrida y un proscrito: un intelectual popular, querido y judío era, a ojos de los cachorros de Hitler, una bomba de relojería que debía desactivarse cuanto antes.

Acosado por la brutalidad y la sinrazón, privado de medios de fortuna, avejentado y cansado, Zweig inició, junto a su segunda esposa Lotte, un peregrinar por los países neutrales que le quisieran dar cobijo y que acabó en Brasil, donde murieron, suicidados.

Una hora antes de tan fatídico momento comienza esta magnífica, equilibrada y emotiva obra de Antonio Tabares que ha dirigido Sergi Belbel con exquisita sobriedad, desapareciendo entre bambalinas, tras ponerse, sabiamente, al servicio del texto.

¿Qué pasó en esa última hora?

Tabares imagina a Zweig sereno tras aceptar que su vida había llegado a un callejón sin salida, que se empeña en dejar resueltos hasta los más mínimos detalles de la vida que se ha determinado a dejar y Roberto Quintana le encarna ejemplarmente haciendo que su voz suene vacía (que no hueca) , que su pasos sean lentos (que no tardos), que sus hombros estén vencidos (que no cargados) y que su palabra se oiga clara (que no neutra).

Frente a él. Junto a él, aparecerán su esposa Lotte a quien Celia Vioque dota de ternura y emotividad en una contenida e intensa interpretación y Fridman, un vivaz y penetrante Iñigo Núñez que llena el escenario de arrebato y vitalidad, representando, de alguna manera, los personajes de Zweig, sus alter egos, sus contrapuntos, su, en definitiva, alma.

Entre los tres transcurre un ballet a tres bandas en el que derraman los estados de ánimo, las verdades y las mentiras, las certezas e incoherencias, los vacíos, los tedios, las ilusiones y frustraciones de una vida en la cuenta atrás para una muerte que, como se demostró, fue ejemplar.

Zweig, con su suicidio sacrificial, fue, es y será (como a su manera lo es Anna Frank) un testimonio, un alegato y una acusación contra la barbarie del ser humano. Al final, en la hora del recuento, ha triunfado sobre el nazismo y hace falta una función tan integra, valiente y necesaria para recordar lo que nunca se debería olvidar.

  1. Luis de Luis Otero es crítico teatral

FICHA ARTÍSTICA