Por un cine imposible. Documental y vanguardia en Cuba

El Museo Reina Sofía presentó en Madrid, en julio de 2016, en colaboración con Cinemateca de Cuba, un ciclo de cine documental titulado Por un cine imposible. Documental y vanguardia en Cuba (1959-1972).

Fotograma de Salut les Cubains de Agnès Varda
Fotograma de Salut les Cubains de Agnès Varda

Dicho ciclo estuvoá dedicado al movimiento documental cubano en torno a la Revolución (1959), un episodio de la vanguardia en América Latina habitualmente ignorado. Unido al impulso de mostrar una realidad nueva y repensar la función pública de la imagen, el documental en Cuba fusiona el registro fáctico con la estética de choque y la agitación del montaje, produciendo un manifiesto visual irrepetible.

El programa, con formatos originales procedentes del ICAIC (Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos), se articula en diálogo con la exposición retrospectiva que el Museo dedica al artista Wifredo Lam, hasta el 15 de agosto de 2016.

Dentro de las figuras clave de aquel movimiento, el ciclo va especialmente dedicado al cineasta de referencia recientemente fallecido Julio Garcia Espinosa (La Habana, 1926-2016).

En 1959, la realidad cubana cambia radicalmente con el triunfo del movimiento revolucionario. Una de las consecuencias en la escena artística de la isla es el nacimiento de un nuevo cine en el que el documental juega un papel central. Apenas una década después, Julio García Espinosa, figura de referencia de la producción cinematográfica, escribe un manifiesto titulado Por un cine imperfecto. En esta reflexión sobre la práctica del cine revolucionario, sostiene que las imperfecciones de un cine de urgencia de bajo presupuesto que busca generar un diálogo público son preferibles al brillo de las grandes producciones que simplemente anulaban y cosificaban al público. Esta tesis, planteada en una de las piezas más destacadas del ciclo, Tercer mundo, tercera guerra mundial, rodada en Vietnam en 1968, queda demostrada en la corriente experimental que atraviesa a muchas otras de las películas incluidas también en el programa.

El nuevo documental que surge en Cuba en los años sesenta implica una paradoja: es el momento de la aparición de las nuevas cámaras de 16mm sincronizadas, que favorecen la estética revolucionaria del cine directo y del cinéma vérité en los países metropolitanos, pero no en Cuba, donde el nuevo instituto de cine, el ICAIC está atascado en los 35mm. No obstante, los cineastas aprenden pronto a superar y trabajar con esas limitaciones, motivados por el contexto convulso y cambiante que les rodea. La Revolución desata un frenesí de proyectos, con nuevos creadores que salen a las calles entusiasmados por narrar la actualidad, creando un terreno fértil para un género en convulsión.

En el núcleo de este ciclo encontramos a Santiago Álvarez, conocido como el Dziga Vertov cubano, quien transforma rápidamente el Noticiero semanal del que estaba a cargo. En lugar de mostrar una secuencia arbitraria de elementos inconexos, los une en un discurso político, o los convierte en documentales monográficos, que luego continúa en filmes más extensos. El público acude en masa a ver su sátira política, centrada en un montaje rápido e inmediato, normalmente dirigida contra el expansionismo norteamericano, precisamente en un momento en el que el documental parece desaparecer de las pantallas de cine metropolitanas. Álvarez también hace de estos noticiarios una escuela para cineastas jóvenes, con la que les enseña a crear películas de manera veloz y barata, aprovechando los materiales que hubiese a mano. Rápidamente el recurso del metraje encontrado se hace popular entre los documentalistas.

Como contrapunto a este cine, el programa incluye una selección de filmes realizados en Cuba por cineastas extranjeros llegados durante los primeros años de la Revolución. Casos como el de Joris Ivens, quien acepta entusiasmado una invitación del ICAIC para rodar dos películas, y otros, como Chris Marker y Agnès Varda, quienes ruedan por decisión propia testimonios concretos de solidaridad.

Se busca con ello presentar un movimiento ignorado en las historias de la vanguardia, pero fundacional en la transformación crítica del documental en un medio que negocia con un momento histórico clave y examina sus propios límites y posibilidades.

Durante la presentación del ciclo, que tuvo lugar en la mañana del 16 de junio de 2016 en MNCARS, tuvimos ocasión de ver una selección de los documentales que conforman el ciclo, entre los que cabe destacar una visión absolutamente vanguardista de los asesinatos de John Kennedy y Martin Luther King (Santiago Álvarez. LBJ, 1968. 18mns / 35mm), así como una no menos apasionada visión de la santería a la luz de la revolución cubana (Octavio Cortázar. Acerca de un personaje que unos llaman San Lázaro y otros llaman Babalú,1968. 20mns / 35mm).

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Doctor en Filología por la Complutense, me licencié en la Universidad de Oviedo, donde profesores como Alarcos, Clavería, Caso o Cachero me marcaron más de lo que entonces pensé. Inolvidables fueron los que antes tuve en el antiguo Instituto Femenino "Juan del Enzina" de León: siempre que cruzo la Plaza de Santo Martino me vuelven los recuerdos. Pero sobre todos ellos está Angelines Herrero, mi maestra de primaria, que se fijó en mí con devoción. Tengo buen oído para los idiomas y para la música, también para la escritura, de ahí que a veces me guíe más por el sonido que por el significado de las palabras. Mi director de tesis fue Álvaro Porto Dapena, a quien debo el sentido del orden que yo pueda tener al estructurar un texto. Escribir me cuesta y me pone en forma, en tanto que leer a los maestros me incita a afilar mi estilo. Me van los clásicos, los románticos y los barrocos. Y de la Edad Media, hasta la Inquisición.

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