Roberto Cataldi[1]
La educación institucional de los adolescentes representa un gran desafío, sobre todo en los tiempos que corren. La escuela secundaria, etapa fundamental previa al ingreso a la Universidad, o a otras capacitaciones que el joven pueda escoger como proyecto de vida, como también la inmediata salida laboral, padece la crisis que se verifica en todos los estamentos educativos.
Por esa razón, más allá de los contenidos que se desarrollen y de las metodologías de enseñanza y aprendizaje, es necesario preguntarse qué es lo que esperan los jóvenes de la sociedad, en un clima de época signado por la profundización de las desigualdades sociales, el alto costo de vida, las dificultades para hallar trabajo aún con una titulación habilitante, los empleos mal remunerados, la inseguridad individual y jurídica en aumento, la flagrante corrupción, la incertidumbre cotidiana, todos factores que nos conducen a un futuro distópico.
Algunos mencionan la subversión de valores, donde lo que era marginal ahora se promociona como ejemplar, otros señalan una crisis de valores en los diferentes órdenes de la vida. De todas maneras, la educación en valores es clave, aunque primero hay que preguntarse de qué valores hablamos.
Los jóvenes que pertenecen a la generación Z, ya representan alrededor del veinticinco por ciento de la población mundial. Y la juventud siempre ha sido una pecera donde pescan las ideologías, los partidos políticos, las religiones, entre otros. En fin, la tentación de los gobiernos y de las grandes empresas por imponer su cosmovisión o si se prefiere su manipulación de la sociedad y la realidad, fue, ha sido y es una tradición secular.

El mes pasado doce mil estudiantes de escuelas secundarias, públicas y privadas, fueron llevados (asistencia obligatoria) a un estadio de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), para participar de un evento de influencers como parte de pasantías laborales, a cargo del área de educación del gobierno porteño. Para algunos docentes críticos, es una tercerización educativa, funcional a la lógica del mercado, que procura la mercantilización de la escuela pública.
En los decorados del escenario, una pantalla con la estatua de la libertad y la bandera de los Estados Unidos. El encuentro estuvo a cargo de una empresa «sin fines de lucro» con sede en el país del norte, que tiene un convenio con el gobierno local, y promueve el emprendedurismo y la transformación de los países.
Pero cuando quiso exponer un economista y emprendedor argentino, CEO de una fintech (tecnológica que ofrece servicios financieros) sobre inteligencia artificial e inversiones, los alumnos lo silbaron y rechazaron con el cántico «La patria no se vende», y le habrían recordado su apoyo al caso de la criptomoneda $LIBRA (2025) que está bajo investigación judicial en Argentina y los Estados Unidos por considerarse una estafa.
Otros expositores del encuentro también habrían sido abucheados. El escándalo motivó que legisladores y padres, soliciten explicaciones a las autoridades, pues, se trata nada menos que de la «formación de los jóvenes».
Estamos acostumbrados a escuchar propuestas pedagógicas, con un inocultable tufillo ideológico, que se promocionan con la consigna de la «formación integral» y la adaptación al cambio del mundo actual (donde predomina un individualismo extremo y se combate el bien común). Y no pocas de estas propuestas son expresiones del adoctrinamiento, en buen romance: limitar la capacidad crítica del joven e incorporar de manera dogmática el credo político de ciertos influencers.
Los populismos sistemáticamente arrancan con los jóvenes conversos, que se manejan hábilmente en la redes sociales por ser en su mayoría nativos digitales. Es curioso, a los jóvenes rebeldes antes se los tildaba de rojos, zurdos o de izquierda, y ahora serían de ultraderecha…
El problema reside en las medias verdades y abreva en la capacidad para apropiarse del malestar general. En efecto, validan la incorrección política, que se basa en la ofensa al que piensa distinto, y se cuela el discurso de odio, la agresividad, la discriminación racial y de ciertos sectores sociales. La mala educación, la grosería, al igual que los agravios son considerados manifestaciones de «autenticidad, a la vez que la desinformación la justifican en la «libertad de expresión».
Es cierto que amplios sectores sociales, no solo juveniles, se sienten estafados por sus representantes, al menos moralmente, y es cierto que la crisis de representación hoy está globalizada. Por eso el problema no está en las instituciones de la república.
Pues bien, desconfían de la democracia, no creen en la igualdad, interpretan la libertad de manera sui generis, y hasta son indiferentes al negacionismo. En fin, con semejante libreto estos iluminados se creen superiores y se arrogan el derecho de cambiar el mundo; un mundo donde sobra mucha gente… En verdad, no parecen ser insumisos, y se consideran parte de la solución sin advertir que son parte del problema.
A menudo se oye invocar a Adam Smith (1723-1790) por defender la libertad de mercado y considerarlo padre del capitalismo, sin embargo, el escocés habría dicho: «Ninguna sociedad puede ser próspera ni feliz si la mayor parte de sus miembros son pobres y miserables».
- Roberto Miguel Cataldi Amatriain es médico de profesión y ensayista cultivador de humanidades, para cuyo desarrollo creó junto a su familia la Fundación Internacional Cataldi Amatriain (FICA)



