Roberto Cataldi
Hoy por hoy es una fuerte tendencia hablar de la Generación Z o Centennials, esos jóvenes nacidos en la primera década de este siglo o en los últimos años del siglo pasado, a los que se les atribuyen algunas características que serían comunes.
Al respecto, desde hace tiempo se vienen haciendo clasificaciones y, en la taxonomía generacional, se hace mención cronológicamente de la Generación Silenciosa (1925-1945), Baby Boomers (1946-1964), Generación X (1965-1980), Millennials (1981-1996), Generación Z (1997-2010), Generación Alfa (2011-2025), y la última sería la Generación Beta.
Se considera la fecha de nacimiento, las primeras décadas de la vida en relación a la situación histórica vivida, la incidencia de la tecnología y los comportamientos, como una manera de poder establecer las características principales de cada generación.
Al respecto, pienso que conviene ser cauto con estas generalizaciones, pues, en realidad solo podemos hablar de ciertas propensiones o, si se quiere, de notas fuertes en grupos mayoritarios de cada generación, pero considero que no más.
Para Ortega y Gasset, el núcleo de ellas estaría definido por la edad, la época de nacimiento y la sensibilidad vital compartida. Cada generación que interactúa con la precedente tiene su propia cosmovisión, siendo impulsora del cambio histórico y sociocultural. Asimismo, la situación personal puede pasar de una generación a la siguiente.
En cuanto al tiempo de duración, los límites son imprecisos y los autores difieren, algunos consideran que una generación abarca quince años, pero me parece más real un promedio entre veinte y treinta años, en el cual el niño llega a convertirse en adulto y puede tener hijos.
En una familia, la memoria suele abarcar tres generaciones: abuelos, padres e hijos. Y la memoria histórica conecta el pasado con el presente por medio de las generaciones, de ahí surge la identidad, también la cohesión social y la resiliencia. Pero el hilo de transmisión entre las generaciones es la narrativa.
Volviendo a la Generación Z, calificada con la metáfora de «generación de cristal» por la filósofa española Montserrat Nebrera (1961), alude a la fragilidad emocional, susceptibilidad, gestión de los sentimientos, crianza sobreprotectora y, escasa tolerancia a las frustraciones.
Al igual que el resto de los habitantes del planeta, les ha tocado vivir la pandemia, con el encierro, la soledad, el miedo al contagio y la muerte, siendo adolescentes (etapa de gran vulnerabilidad), y según informes expertos, esta generación es la que hoy revela tasas más altas de problemas de salud mental en el mundo.
Además, a muchos les cuesta expresarse con claridad y seguridad, optan por conversar a través de mensajes de texto, con una disminución en las interacciones sociales espontáneas.
Un estudio noruego daba cuenta que casi el cuarenta por ciento de la Generación Z tendría dificultades para escribir a mano, y esto incide en el desarrollo cognitivo y la comunicación, pues, reparemos que la escritura a mano tiene en la civilización una tradición de unos 5500 años.
Lo cierto es que las generaciones difieren en valores, situaciones contextuales que son propias de cada época, y hoy en la llamada brecha tecnológica, las formas de comunicarse e interrelacionarse, en fin, múltiples y convergentes factores tornan difícil el diálogo entre las generaciones.
Bástenos un par de ejemplos, ya que no es lo mismo una generación que nació en plena dictadura, en medio de revoluciones, o que pasó su niñez, adolescencia y juventud bajo regímenes antidemocráticos, viviendo con falta de libertad y derechos básicos; que aquellos que no conocieron ninguno de estos males, porque cuando nacieron la libertad y la democracia estaban establecidas y eran algo natural.
Por otra parte, hoy los mayores preferimos la comunicación face to face, el diálogo cara a cara, presencial, y los jóvenes optan por comunicarse a través de una pantalla, o sea, una interposición que revela el carácter impersonal… Como vemos, son ejemplos de dos situaciones, derivadas de contextos de nacimiento totalmente diferentes, y de formas de interconectarse totalmente distintas.
Estoy convencido que existe una necesidad imperiosa de comunicación entre las generaciones. En efecto, necesitamos establecer un diálogo entre todas las generaciones, que permita intercambiar experiencias, saberes, valores. Hay que propiciar el encuentro con el otro y conectar con sus emociones.
La actual falta de diálogo incrementa los conflictos y acentúa los malentendidos. Sin una buena disposición al diálogo, los desacuerdos frente a los conflictos de distinta naturaleza y los problemas de convivencia, se expresan mal, a menudo con ira, violencia o simplemente revelan un malestar social, como sucede en nuestros días. Y esto deteriora tanto el ambiente de un país como el de la vida familiar, e incluso afecta la salud mental de las personas.
Es menester respetar la autonomía del otro, perderle miedo al conflicto, establecer una escucha activa, y demostrar que la empatía, una emoción que se construye socialmente, es posible. La relación vincular entre las generaciones fue, ha sido y es vertical, pero cultivando el diálogo esta relación puede tornarse horizontal y permitir el entendimiento. Hoy más que nunca, necesitamos sociedades sensibles al dolor ajeno, y combatir la actual desconexión emocional en los jóvenes producida a través de los dispositivos tecnológicos.
Las diferencias no deben ser un obstáculo o una barrera ante supuestas amenazas o peligros imaginarios, sino convertirse en una ventaja que fortalezca los vínculos interhumanos, sobre todo en sociedades individualistas y exitistas, teniendo como meta compartir la responsabilidad hacia el futuro.
- Roberto Miguel Cataldi Amatriain es médico de profesión y ensayista cultivador de humanidades, para cuyo desarrollo creó junto a su familia la Fundación Internacional Cataldi Amatriain (FICA)


