América Latina desaprovecha su «escudo energético» pese a su enorme potencial renovable

La dependencia de los combustibles fósiles mantiene la vulnerabilidad económica de la región

América Latina cuenta con uno de los mayores potenciales de energías renovables del planeta, pero continúa sin aprovechar plenamente ese «escudo energético» frente a las crisis globales.

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Argentina Parque solar Cauchari ©Wikimedia-Commons

Según un análisis de la agencia Inter Press Service (IPS), firmado por el periodista Javier Lewkowicz, la región sigue anclada en los combustibles fósiles y capta una proporción muy reducida de la inversión mundial en energías limpias, lo que prolonga su exposición a la volatilidad internacional.

Un potencial energético infrautilizado

La principal paradoja de América Latina radica en su abundancia de recursos naturales. La región dispone de sol, viento y agua en niveles superiores a la media global, lo que la sitúa en una posición privilegiada para avanzar hacia la transición energética. Sin embargo, esa ventaja apenas se traduce en desarrollo efectivo.

Como señala Javier Lewkowicz, «la región tiene sol, viento y agua en abundancia, pero capta apenas el cinco por ciento de la inversión mundial en renovables».

Los datos muestran además que el potencial renovable permanece en gran medida sin explotar: solo se aprovecha el uno por ciento de la energía solar disponible, el diez por ciento de la eólica y el treinta por ciento de la hidroeléctrica.

Este desfase entre capacidad y desarrollo efectivo impide que América Latina consolide un sistema energético más resiliente y menos dependiente del exterior.

Dependencia de los fósiles y vulnerabilidad económica

A pesar de los avances en algunos países, la matriz energética regional continúa dominada por los combustibles fósiles. Actualmente, el 67 por ciento de la oferta primaria de energía sigue siendo de origen fósil, lo que condiciona tanto la economía como la política energética.

Esta dependencia tiene consecuencias directas. Las crisis internacionales —desde la guerra en Ucrania hasta el conflicto en Oriente Medio— han evidenciado la fragilidad de los sistemas energéticos basados en hidrocarburos. La volatilidad de precios repercute en la inflación, el coste del transporte o el precio de los alimentos.

Citado en el artículo, el investigador Ignacio Sabbatella advierte de que el encarecimiento de los hidrocarburos genera «impacto inflacionario por el encarecimiento de las mercancías, el transporte y los fertilizantes».

En este contexto, las energías renovables no solo representan una alternativa climática, sino también un instrumento de estabilidad económica.

El «escudo energético» de las renovables

El concepto de «escudo energético» hace referencia a la capacidad de las energías renovables para proteger a los países frente a shocks externos. Al tratarse de recursos autóctonos, reducen la dependencia de mercados internacionales y aportan mayor estabilidad de precios.

Según recoge IPS, las renovables «ofrecen algo que ningún productor extranjero puede arrebatar: recursos propios, precios estables y suministro que no pasa por ningún estrecho».

Organismos internacionales como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) coinciden en este diagnóstico. La institución advierte de que la exposición a los mercados internacionales de hidrocarburos constituye uno de los principales riesgos estructurales para la región.

Obstáculos estructurales: inversión e infraestructuras

El desarrollo de las energías renovables en América Latina no depende únicamente de la disponibilidad de recursos naturales. Existen importantes barreras estructurales que frenan su expansión.

Una de las principales es la falta de infraestructuras eléctricas. A diferencia de las centrales térmicas, que pueden ubicarse cerca de los centros de consumo, las energías renovables requieren redes de transporte amplias y costosas.

La investigadora Elisabeth Mohle explica que «las renovables necesitan redes de transporte, una infraestructura pública costosa», lo que limita la incorporación de nuevos proyectos a gran escala.

A ello se suma la escasez de financiación. Se estima que la región necesita inversiones de unos 30.000 millones de dólares anuales hasta 2030 solo para ampliar las redes eléctricas.

Sin un mayor compromiso público y acceso a financiación internacional, este cuello de botella seguirá ralentizando la transición energética.

Entre el corto plazo fósil y el largo plazo renovable

Otro factor que dificulta el cambio de modelo es el incentivo económico a corto plazo de los hidrocarburos. El aumento de los precios internacionales impulsa a los países productores a intensificar la extracción de petróleo y gas, incluso cuando la transición energética exige lo contrario.

Las previsiones apuntan a que el sector de hidrocarburos en la región se mantendrá sólido al menos hasta 2040, impulsado por países como Brasil, Argentina o Guyana.

Este escenario refleja una tensión estructural: mientras el corto plazo favorece la explotación fósil, el largo plazo exige una transformación hacia energías limpias.

Una oportunidad estratégica aún abierta

Pese a las dificultades, América Latina mantiene una ventaja comparativa clave en el contexto global de transición energética. Su elevada participación de energías renovables en la generación eléctrica —entre el 65 y el 70 por ciento— supera ampliamente a otras regiones como la Unión Europea o Estados Unidos.

La cuestión, como plantea Lewkowicz, no es la falta de recursos, sino la incapacidad para convertir ese potencial en un sistema energético sólido y autónomo.

En un contexto internacional marcado por la incertidumbre geopolítica, el desarrollo de este «escudo energético» no solo resulta deseable, sino estratégico para garantizar estabilidad económica, soberanía energética y sostenibilidad ambiental.

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