Desde que el festival de Cannes cedió a la presión de los productores para que la crítica no vea las películas antes de su proyección al público he dejado de ir a ese festival que cubrí con asiduidad como periodista y crítico durante más de treinta años.
Siempre me ha parecido paradójico y lamentable que un festival acoja tanta prensa generalista y people, mientras declara su temor a la opinión de la crítica cinematográfica.
Esas son las contradicciones de este séptimo arte, que siempre ha navegado entre arte, ocio y negocio. Contradicciones exacerbadas en estos tiempos de furiosa ofensiva del neoliberalismo económico y del neofascismo político.
He observado estos últimos años que las películas que no piensan tener premio se apresuran a estrenar en la primera semana del festival, para beneficiarse del efecto de anuncio de tan prestigioso festival y antes de que la crítica de su opinión.
Las que luego figuran en el Palmarés, que salvo excepciones suelen ser lo más destacado de la selección oficial, las iremos descubriendo en su estreno en las salas de cine de aquí a fin de año.
En pleno festival de Cannes y a pocos días de la ceremonia de clausura, a un año de la próxima elección presidencial, estalló en la célebre Croisette la polémica o el Escándalo Bolloré.

El multimillonario ultraderechista Vicent Bolloré propietario de un verdadero imperio de edición, prensa escrita y audiovisual, patrón también de Canal Plus Francia, amenazó con poner en una lista negra a todos los artistas y profesionales del cine que firmaron una carta contra la tentativa de «controlar totalmente la cadena de fabricación de las películas en cine y TV», denunciando el riesgo de «una toma de control fascista sobre la imaginación colectiva».
Esa tribuna firmada inicialmente por seiscientas personas, ha alcanzado ya más de dos mil firmas tras las amenazas proferidas por el grupo Bolloré.
Esa amenaza de Bolloré de proceder a una «caza de brujas McCarthysta» entre los profesionales del cine es particularmente grave en la medida que Canal Plus es una fuente importante, y mayoritaria actualmente, en la financiación del cine francés.
Industria cinematográfica francesa que con sus defectos y cualidades es la única que con sus producciones y coproducciones se enfrenta hoy en el mundo a la omnipresencia comercial hollywoodense permitiendo la existencia de un cine de reconocida calidad artística.
Baste como ejemplo recordar que la Palma de Oro 2026 ha sido para la película «Fjord» del cineasta rumano Cristian Mungiu coproducción franco europea. Las coproducciones francesas que permiten la existencia de cinematografías diversas son de hecho legión en la selección oficial del festival de Cannes desde hace ya muchos años.
Si la «excepción cultural francesa» ha resistido durante años contra la prepotente invasión de Hollywood, la amenaza que se cierne sobre el cine francés viene ahora del interior.
El neofascista Bolloré es un caballo de Troya contra la independencia y el espíritu crítico del cine francés, al poner en tela de juicio toda una producción que alimenta la diversidad artística y cinematográfica en Europa y en el mundo escapando al monopolio proteccionista estadounidense.
Una ceremonia de clausura necesaria pero timorata
La ceremonia de clausura en la que se anunció el Palmarés de la septuagésima novena edición del festival de Cannes este sábado 23 de mayo, puso de manifiesto la paradójica e incómoda posición en que se encuentra la denominada familia del cine francés y europeo.
Cabe celebrar que la actriz que presentó la clausura (como también la apertura) del festival, fue la actriz francesa de origen maliense Eye Haidara, todo un símbolo a contrapelo de la xenofobia que destila a diario en Francia la prensa y la TV Bolloré. Cabe destacar también que las ceremonias fueron difundidas por el canal de la TV pública France 2, que es patrocinador del festival.
En esta lectura del Palmarés con celebraciones y agradecimientos hay que destacar las numerosas declaraciones de los galardonados en favor de un mundo mejor, que respete la libertad de expresión, la libertad artística, y la diferencia cultural. Un mundo amenazado geopolíticamente por genocidios y guerras cuyas consecuencias repercuten también directamente en el mundo de la cultura y del arte.
La prudencia y la timidez de las declaraciones de buenas intenciones de unos y otros, creo que uno solo de los galardonados se atrevió a pronunciar la palabra GENOCIDIO sin referirse concretamente a cuál, muestran la incómoda posición de un mundo del cine que si quiere seguir siendo libre deberá renunciar a la financiación de ese millonario neofascista y llamar a las cosas por su nombre más allá de metáforas y alusiones.

Lamentable también que los profesionales presentes en esa ceremonia de gala no fuesen capaces de ponerse en la solapa el pin «ZAPPER BOLLORÉ» que circulaba en Cannes durante todo el festival.
Todas las declaraciones sobre la empatía humana, el derecho a la diferencia, contra la xenofobia y la intolerancia son de agradecer y aplaudir, pero en vistas de la gravedad de la situación me parecen excesivamente limitadas.
Va siendo hora de que los profesionales del cine reclamen al Estado (controlado hoy por políticas neoliberales) una financiación del cine, de la cultura, del mundo de la edición y de los servicios públicos a la altura de las necesidades.
Escapar a la censura de grupos millonarios privados que intentan amordazar la libre expresión artística debería ser una urgencia absoluta de la profesión y no sólo un piadoso deseo.
Un tema importante el de la cultura en la agenda electoral del 2027. El fascismo ayer, como hoy, siempre fue enemigo de la cultura, trajo la quema de libros, la caza de brujas, la censura, el racismo, la intolerancia, los crímenes de guerra y la barbarie genocida. Pararle los pies es necesidad urgente antes de que sea demasiado tarde.



