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Mallorca: ruta musical con Chopin y Ginastera

Mallorca es la isla más grande de las Baleares en el Mediterráneo, y tal vez, la que guarde una geografía accidentada de extraña belleza, entre montañas, acantilados y playas. Por esa naturaleza secreta la frecuentaron muchos escritores y artistas. El músico Chopin junto a George Sand pasaron varios meses en la Cartuja de Valldemosa y el compositor argentino Alberto Ginastera con su esposa la violonchelista Aurora Nátola, disfrutaron varias temporadas en Formentor.

La también historia accidentada de la isla permite ser recostruida a través de los monumentos, los vestigios arqueológicos de Talayote; las luchas de las dinastías árabes, con el símbolo del Palacio de Almudaina, hasta que el rey Jaime I reconquista la isla en 1229 y comienza el florecimiento, continúandose con Jaime II. Se contruye el imponente Castillo gótico Bellver de planta circular, la bella catedral también gótica, la urbanización de la ciudad de Palma y se alienta la agricultura. Mallorca, a través de los años, mantuvo el prestigio real y es visitada frecuentemente por los Reyes de España, aunque ya se ha convertido en un gran centro turístico internacional.

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Adriana Bianco: Mallorca, celda de Chopin. Arriba jardines de la Cartuja con el busto del compositor

Para hacer la ruta musical, lo mejor es alquilar un auto, gozando los bellos paisajes hasta la llegada a la Cartuja, que conserva su antigua arquitectura de monaterio, construido en el Siglo XIV, ampliando en el siglo Siglo XVIII y tranformado en propiedad privada en 1835. Fue justamente entre 1838 y 39 que se instalaron Chopin y George Sand en una de las celdas. Cabe destacar que el lugar, fue albergue de varios escritores, políticos y artistas. Aquí pasaron temporadas Jovellanos, Rubén Dario, Sorolla, Unamuno, Azorín, los emperadores de Japón, la Reina de Thailandia, los presidentes de Austria, China, Portugal, Venezuela y Estados Unidos. Actualmente es solo museo.

Se ingresa por la iglesia de estilo neoclàsico para salir a los bellos claustros donde se encuentra la antigua Botica de los Cartujos, con botellas de vidrio, retortas, balanzas y otros implementos que usaban para confeccionar los jarabes medicinales.

Los Cartujos fueron expertos en herboristería, en su huerto cultivaban las plantas y a través de la alquimia hacían brebajes medicinales. Los jardines de este claustro son especialmente bellos, como su importante Biblioteca.

La celda número 4 de Chopin ya no tiene el piano Pleyel que el músico esperó ansiosamente que le trajeran de París y que costó esfuerzo montarlo en el lugar, tanto que al volver a Francia (ya le habían diagnosticado turberculosis) decidió venderlo a un mallorquí. Fue en ese piano que compuso sus Preludios, la Segunda Balada, y la Sonata No.2, con su famosa marcha fúnebre.

La estancia en la Cartuja, fue descrita por George Sand en su libro: “Un invierno en Mallorca”. Aunque es un lugar romántico y de una naturaleza apacible, el músico y la escritora, comenzaron a tener problemas en su relación.

En la celda, sin su piano original, pero con otro adquirido en 1988 por el Festival Internacional Chopin de Valldemossa que se organiza todos los años en Mallorca, pudimos ver manuscritos, objetos personales y partituras que compuso cuando vivió en la Cartuja, una colección que se considera la más completa después de la de Varsovia. Muchos de estos documentos provienen de la nieta Aurore Sand y otros fueron reunidos por musicólogos expertos.

La vista desde el balcón del jardín es muy bella, mirando al mar entre los árboles; igualmente encantador es el pequeño pueblo que circunda la Cartuja.

Por una carretera que asciende cada vez más nos internamos por la Sierra Tramontana hasta llegar a otro solitario y recogido lugar: Formentor, donde el compositor argentino Alberto Ginastera y la violonchelista Aurora Nátola pasaron varias temporadas y donde el maestro descubrió su enfermedad.

El hotel es como una cartuja moderna, aislado, calmo, con bellos jardines, una vista espectacular y con una extraña historia. Fue también un argentino el que llegó a estos lares y se enamoró de la belleza natural. Adan Diehl, fue corresponsal de Guerra en París. conoció al artista Anglada Camarasa autor del cuadro “Formentor después de la tormenta” y quiso llegar hasta allí.

En Mallorca, Adan se vincula al poeta Miguel Acosta y Llovera cuya familia era dueña de esas tierras de Formentor, y Adan compró el paraje. Creó un hotel de 50 habitaciones cuando no había carretera ni luz eléctrica, lo inauguró en 1929, como un lugar exclusivo para la elite de Europa. Adan era poeta además de millonario y la mala administración lo llevó a la quiebra. En 1953 entregó el hotel a los bancos, volviendo a Argentina, arruinado. El sueño del poeta argentino, fue retomado por la familia Buades que revitalizó la fama del Hotel, fundó el premio Formentor de literatura con apoyo de José Camilo Cela y el lugar volvió a ser visitado por grandes figuras: el príncipe de Mónaco, Winston Churchill, Charles Chaplin, Octavio Paz, entre otros.

El gran músico Ginastera lo frecuentó a fines de 1970 comienzos del 80. El mar era importante en la vida del maestro, porque en Ginebra, donde vivía, aunque existe el bello Lago Lemán, necesitaba del mar y del sol. Mallorca le ofrecía ese recuerdo de los mares de Argentina, Pinamar, donde pasó muchos veranos con su familia, según me comentaba su hija Georgina, mientras haciamos la ruta musical.

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Mallorca, Formentor, con Georgina Ginastera

En cartas que le enviara a ella, el compositor comenta su estancia en Mallorca. En una carta, fechada el 18 de septiembre de 1980, le dice: “Nosotros pasamos un mes en Mallorca pero fueron unas vacaciones mezcla de descanso y veraneo. Aurora estuvo estudiando pues dio un concierto con mucho éxito en un festival que se desarrolla en un pueblito muy antiguo: Pollensa. El lugar donde esta el hotel es muy solitario y apto para trabajar.”

Georgina recuerda que la enfermedad de su padre apareció en el verano de 1982, empezó a sufrir síntomas de una fuerte gripe que lo llevó a interrumpir las vacaciones y volver a Ginebra, para ser tratado de lo que luego sería un cáncer terminal.

En Formentor el maestro descansaba pero como afirmó su hija: “Mi padre, en las vacaciones, no escribía pero seguía componiendo con la mente”.

Concebía nuevas obras en esos momentos de relax, y siendo tan organizado y detallista como era, llevaba ese acopio para concretarlo a su regreso en Ginebra. Prueba de su permanente trabajo fueron las obras que escribió en plena convalecencia, en el hospital; en otra carta que le escribe a su hija en diciembre de 1982, a pocos meses antes de su muerte acaecida el 25 de junio de 1983, le comenta:

“Todo parece ya un sueño, pero sin embargo allí (en el hospital) terminé mi tercera Sonata para piano que ya se estrenó en New York.”

El paralelismo entre Chopin y Ginastera no puede evitarse, personalidades diferentes, con obras de mundos diversos: uno romántico, el otro vanguardista, vivieron en Mallorca, en épocas distintas pero encontraron en ese lugar paz e inspiración. Chopin agudizó su tuberculosis, Ginastera descubrió su enfermedad, pero los dos estuvieron envueltos en sus melodías, en la belleza del paisaje y del mar. Ambos volcaron en la música la fuerza de su vida y toda su espiritualidad.

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