Roberto Cataldi
En nuestros días, observar la realidad con los ojos bien abiertos, reflexionar, y en consecuencia expresarse libremente, resulta todo un privilegio, so pena de ser cancelado por los vigilantes de la ideología de moda y sus infaltables fanáticos.
En efecto, cuando se conoce meridianamente la historia (ignorada por líderes y acólitos), comprendemos que nada de lo que estamos viviendo es nuevo, con excepción del mundo digital, el cual nos ha proporcionado grandes progresos y comodidades, pero hoy está envilecido por quienes buscan asesinar, robar, engañar, desinformar, prostituir, enfermar, adoctrinar, esclavizar…
En fin, asistimos a un retroceso indigno e inadmisible contra el bien común, la democracia, y, justamente, contra la libertad que hipócritamente dicen defender.
Y creo que esta actitud debe ser combatida por el ciudadano de a pie que piensa con su propia cabeza, que paga con estoicismo sus impuestos (permiten costear privilegios de canallas y miserables de dentro y fuera de la política), que necesita llevar una vida más o menos normal y, no está dispuesto a tolerar que le quiten sus derechos con extorsiones u otras artimañas. Convengamos que la humanidad no llegó hasta aquí para que le arrebaten todo…
Resulta que ahora el New Deal, el Plan Marshal, el Estado de Bienestar impulsado por la socialdemocracia, y otros tantos emprendimientos que han marcado positivamente una época, con aciertos y errores, fueron un fiasco. En efecto, nos han engañado como tontos y, la providencia nos trajo unos iluminados con vocación mesiánica, etiquetados de «outsiders», que logran ver lo que nadie vio ni alcanza a ver, capaces de reorganizar el mundo sin necesidad de consultarnos, basta con que los votemos, pues, no es necesario que el votante participe.
Sin embargo, cuando no hay participación ciudadana y existe una completa delegación del poder, es irremediable el surgimiento de la autocracia. Hoy por hoy, en el mundo hay más autocracias que democracias, hecho muy preocupante.
El periodista argentino Carlos March, con gran experiencia en fundaciones, sostiene que en América Latina recuperamos democracias pero no aprendimos a ser demócratas, porque el sistema educativo promueve la ignorancia cívica en vez de formar ciudadanos. Y agrega que, «Si a la política la mata la corrupción, a la sociedad civil la está matando la mezquindad». Estoy de acuerdo.
El movimiento ideológico libertario ha copado con su relato buena parte de la generación Z; el adoctrinamiento ha dado tanto resultado que, estos chicos y chicas que no vivieron ciertas épocas, pretenden explicarnos con seguridad, qué sucedió, justamente a los que vivimos esas épocas…
El liberalismo, surgido de la Revolución Francesa y la Ilustración, muy poco tiene que ver con el llamado «libertarismo» y su extremismo ideológico, pero sí con la libertad en sus distintas expresiones (no exclusivamente la libertad de mercado), asimismo con el bien común, los derechos humanos, el altruismo ético.
Cualquier observador que se atenga a la verdad de los hechos, comprobará en esta posición ultrasectaria, intolerante, arrogante y codiciosa, signos manifiestos de: «antidemocracia», «minarquismo», «anticultura», «antihumanitarismo». La crueldad intrínseca que revela, su capacidad de daño y destrucción, no deja de sorprendernos.
Ellos hablan mucho de una batalla contra la política y engatusan a multitudes, pero esta batalla solo puede ganarse con política, también de una batalla cultural, cuyo triunfo solo se alcanza con cultura.
La escritora argentina Soledad Vallejos acaba de sacar a la luz su libro «Los dueños de la libertad», una investigación periodística donde puntualiza que la Argentina libertaria actual se imaginó hace más de setenta años, en plena Guerra Fría, y nació, «en reductos exclusivos donde se reunían economistas austríacos, millonarios norteamericanos y empresarios latinoamericanos, decididos a apoyar la causa del libre mercado frente a un mundo, que creían amenazado por los colectivismos, el estatismo, el socialismo».
Su trabajo describe con rigor la estructura oculta del Libertarismo en América Latina, un mundo vip sin participación ciudadana, con Fundaciones de América Latina y Estados Unidos que trabajarían en red, que imponen una serie de ideas con mucho dinero y pasión, donde se buscaría un «orden natural» regulado por el mercado y, bajo una fuerte concepción darwiniana. Soledad aclara que los pioneros de este lobby, con fuertes apoyos internacionales, son muy anteriores a la dirigencia actual.
La Europa de nuestros días, si bien tiene muchos problemas, no es la que describe desvergonzadamente Donald Trump. El canciller alemán Friedrich Merz le ha respondido que la migración es una fortaleza y no una debilidad, y que, «la guerra cultural del movimiento MAGA no es nuestra guerra». Tampoco es la guerra del pueblo argentino, del español, ni de tantos otros pueblos.
En Davos, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, fue tajante, e interpretó el sentir de muchos ciudadanos del mundo: «Las potencias medianas deben actuar conjuntamente porque si no estamos en la mesa de negociaciones, seremos el plato principal». Y añadió que las naciones poderosas utilizan la coerción económica para conseguir sus objetivos.
Por su parte, el escritor argentino Alan Pauls, radicado en Berlín, dice que la cultura progresista puede contribuir a la reinvención del pensamiento y la práctica política. Una reinvención que, según él, más allá de la caterva de falangistas que componen el think tank libertario, algo habrá que hacer con la tecnología y las redes sociales, pues, para ellos la cultura y la política no son necesarias. Está muy claro: la política da vergüenza, y la ignorancia genera orgullo.
En resumidas cuentas, nos hallamos frente a un movimiento que niega los principales desafíos de la humanidad, enmascara la realidad cotidiana, actúa con cinismo, y en vez de resolverle a la gente los problemas acuciantes que padece, se pierde en ideas delirantes, regodeándose maliciosamente. Sin embargo, tarde o temprano, tendrá su final estrepitoso, del que dará cuenta la historia, aunque uno ya no esté para verlo.
- Roberto Miguel Cataldi Amatriain es médico de profesión y ensayista cultivador de humanidades, para cuyo desarrollo creó junto a su familia la Fundación Internacional Cataldi Amatriain (FICA)



