¿Quiénes son locutores?

El tema del que les hablaré hoy no guarda una estrecha relación con el aspecto gramatical, que es lo que manejo con relativa facilidad y de lo que escribo habitualmente; pero tiene rasgos semánticos, educativos y comunicacionales que lo hacen pertinente para aclarar dudas sobre algunos vocablos y conceptos que de manera ingenua y de otra no tan ingenua, algunas personas usan con un significado diferente del que registran los diccionarios.

No tengo la fea costumbre de hablar de lo que no sé. Cuando desconozco algo, simplemente lo admito sin ningún temor ni complejos; pero cuando tengo una versión clara, respondo con razonamientos sustentados en las leyes, reglas y en lo que los conocedores del asunto hayan escrito, siempre con respeto por el derecho de autoría de cada quien; no copio ni pego. O dicho de otra manera: no soy plagiario.

En los actuales momentos, muy pocos lo saben, en Venezuela está en el tapete un anteproyecto para regular el ejercicio de la locución, lo cual no tendría nada de malo; pero por lo que he leído hasta ahora (no he pasado del capítulo dieciséis), infiero que la intención no es tan buena como han pretendido mostrarla.

En mi opinión, lo que los promotores del aludido anteproyecto pretenden es hacer borrón y cuenta nueva, lo que implicaría dejar por fuera a los que desde hace varios años poseen el certificado de locutores de estaciones radiodifusoras, para así darle cabida a los que en Venezuela se les conoce como «piratas» (colegas de Morgan, los llama un amigo mío), porque no están facultados ni preparados para ejercer el oficio. Tengo otras objeciones que pronto las haré públicas en medios digitales y redes sociales.

Para ejercer la locución en este país, según la ley, se debe poseer un certificado de suficiencia; pero con el surgimiento de las mal llamadas emisoras comunitarias, que no fue un proyecto del todo malo, eso se desvirtuó, por lo que hoy día las personas que no están preparadas para esa labor (solo les falta un parche en un ojo y el loro en un hombro), ni tienen la mínima noción de la función e importancia de los medios audiovisuales, son las que ocupan los espacios estelares. Antes el certificado lo expedía el Ministerio de Transporte y Comunicaciones (MTC), y en la actualidad esa responsabilidad la asumieron varias universidades, entre esas la UCV.

¡Ah, pero resulta que algunos ciudadanos (y ciudadanas) de los que han sido acreditados por la UCV, se creen más locutores que los del MTC! Es cierto que ahora el nivel de exigencia es mayor, al punto de que para hacer el curso, es necesario que el aspirante sea profesional universitario (TSU, por lo menos), lo cual me parece muy bien; pero eso no conlleva superioridad, pues los aspectos que se evaluaban antes, cuando era solo un examen, son los mismos de ahora, con algunas innovaciones motivadas por la era actual, en la que están presentes la Internet y otros adelantos tecnológicos.

Otra diferencia es que antes había que prepararse por cuenta propia, y ahora hay una especie de mini pénsum del que surge la evaluación. Pero no por eso, quien haya sido acreditado por una institución de estudios universitarios es más locutor que uno del MTC. ¡Ambos son, simple y llanamente, locutores; que no se les olvide!

Eso de la supuesta superioridad de los locutores que recibieron el certificado por la UCV, UCSAR, LUZ o UBV, es una versión que han puesto en boga algunos de ellos para, en primer lugar, aparecer como los privilegiados y, en segundo, para menospreciar a los que mucho antes que ellos obtuvieron la acreditación que, como se sabe, era competencia del que fue el ente regulador del espectro radioeléctrico y de otros temas relacionados con las comunicaciones.

De manera no muy ingenua alardean de que su certificado es un título, por el hecho de que fueron aprobados por una institución de educación universitaria. Quienes digan eso, y de paso se crean más locutores que los demás, no tienen la mínima noción de lo mediocre, absurda y ridícula que es esa afirmación, basada, por supuesto, en desconocimiento y arrogancia. ¡Están muy equivocados; pero si se preocuparan por leer, podrían disipar sus dudas!

Ante eso, es prudente recalcarles que un certificado no es un título, como ellos pretenden hacer creer y se recrean en esa fantasía. Un certificado acredita asistencia, aprobación o desarrollo de una actividad; pero no es un título, aunque en el habla cotidiana, certificado y título pudieran usarse indistintamente, como de hecho ocurre; pero hasta ahí. En cambio, el título es un documento de grado: Ingeniería, Medicina, Bioanálisis, Educación, Derecho, Máster, Contaduría, etc.).

Igual ocurre con lo que se conoce con el nombre de diplomado, que no sé si es solo un invento venezolano o también existe en otro país de Hispanoamérica. Lo cierto es que muchos de los que los han cursado, también se ufanan de que son poseedores de una formación y acreditación de posgrado. ¡Falso!

Un diplomado es un curso corto, de entre 80 y 150 horas, que no es conducente a grado universitario. El objetivo es «actualizar conocimientos o desarrollar habilidades específicas prácticas», luego de lo cual se otorga un diploma (no un título), del que deriva su nombre. Ahora, ¿por qué algunos creen que un diplomado es un título? ¡Porque así se lo han hecho creer las instituciones o las personas que los promocionan y los desarrollan! Entonces, como es un lapso corto y poco exigente, algunos en vez de una especialización, maestría o doctorado, optan por un diplomado, es más fácil.

No estoy en contra de un diplomado, siempre que se les diga a los aspirantes que no es un posgrado, aun si está avalado por universidades de gran prestigio. ¡Su alcance y valor es meramente curricular, nada más!

En Venezuela hay universidades que luego de que el alumno ha cumplido el lapso correspondiente, le otorgan el título de TSU, con lo cual estoy medianamente de acuerdo, pues si por alguna circunstancia no culmina los estudios, ese título de medio camino podría serle útil para el campo laboral en ciertas y determinadas áreas; pero si completó su formación, para nada necesitaría el de TSU, dado que para ejercer periodismo, derecho, ingeniería, medicina, bioanálisis o arquitectura, necesariamente deberá poseer el título de periodista, abogado, ingeniero, médico cirujano, bioanalista y arquitecto, respectivamente.

Conozco personas que recibieron el título de TSU y siguieron hasta recibirse de profesionales universitarios (as); pero además poseen el certificado de locutor que, como se sabe, lo otorga cualquiera de las universidades que les menciono en el décimo primer párrafo de este artículo, luego de un curso de seis semanas. Con aires de superioridad suelen alardear de sus tres títulos. ¿Cuáles tres títulos?

Tienen un título y un certificado, pues como ya he dicho, un certificado no es un título. Si su título de TSU es de la misma área, este queda anulado al completar la etapa de formación. Lo demás es desconocimiento y necedad.

Y si hay alguien interesado en saberlo, obtuve mi certificado de locutor de estaciones radiodifusoras, conferido por el MTC y signado con el número18651, el 21 de setiembre de 1991, o sea, hace casi treinta y siete años.

David Figueroa Díaz
David Figueroa Díaz (Araure, Venezuela, 1964) se inició en el periodismo de opinión a los 17 años de edad, y más tarde se convirtió en un estudioso del lenguaje oral y escrito. Mantuvo una publicación semanal por más de veinte años en el diario Última Hora de Acarigua-Araure, estado Portuguesa, y a partir de 2018 en El Impulso de Barquisimeto, dedicada al análisis y corrección de los errores más frecuentes en los medios de comunicación y en el habla cotidiana. Es licenciado en Comunicación Social (Cum Laude) por la Universidad Católica Cecilio Acosta (Unica) de Maracaibo; docente universitario, director de Comunicación e Información de la Alcaldía del municipio Guanarito. Es corredactor del Manual de Estilo de los Periodistas de la Dirección de Medios Públicos del Gobierno de Portuguesa; facilitador de talleres de ortografía y redacción periodística para medios impresos y digitales; miembro del Colegio Nacional de Periodistas seccional Portuguesa (CNP) y de la Asociación de Locutores y Operadores de Radio (Aloer).

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