Los libros sobre familia y paternidad son actualmente éxitos de ventas y recientemente se han multiplicado, las investigaciones sobre la familia.

Está entre ellas la de Susan Dominus, columnista del NYT, Premio Pulitzer y autora de El poder olvidado de los hermanos, donde sostiene que se ha sobrevalorado la influencia de los padres sobre sus hijos y subestimado la de los hermanos.
Generalmente los padres exigentes, dice, creen que deben presionar a sus hijos para que sean más trabajadores, más perseverantes, más fuertes y más otras muchas cosas, lo que rara vez termina bien; porque hagan lo que hagan, nunca podrán darles gusto.
Y que la investigación está descubriendo que posiblemente se sobreestimó el efecto de la genética y subestimó el de los hermanos, puesto que los niños son más receptivos a sus consejos y apoyo que al de sus padres; a los que los sienten de otra generación y anticuados.
Añade que estudios en gemelos idénticos separados al nacer, muestran la importancia del medio; porque en los cinco grandes rasgos de la personalidad: extroversión, estabilidad emocional, responsabilidad, amabilidad y apertura, los gemelos presentaron los de la familia que los adoptó y no los de la biológica.
Coincide en lo fundamental Julia Leonard, investigadora de la Universidad de Yale; quien cuestiona la conducta de padres que, además de tener expectativas demasiado altas sobre sus hijos, a la hora de los hechos les resuelven todo; lo que resulta increíblemente desmotivador cuando son niños y les impide crecer y madurar, como adultos sanos.
Agrega que el peor consejo consiste en recomendar una educación en la que se castigue o reprima a los hijos.
«El castigo equivale a la vergüenza y no hay nada más perjudicial para los niños que sentir vergüenza».
La verdadera prueba de la educación que se les dio, añadió, no es lo que logran; sino en quiénes se convierten y cómo tratan a los demás.
Coincide también la psicóloga especialista en adolescentes Lisa Damour; para quien la influencia de los hermanos, «no ha recibido ni de lejos la atención que merece; porque las decisiones paternas, no importan tanto como se creía».
La educación, especifica, abarca muchos más factores que lo que dicen los padres,
Entre otros, los medios de comunicación que los niños consumen, los amigos y profesores en cuya compañía pasa la mayor parte del día y, sobre todo, las relaciones entre hermanos, que desempeñan un poderoso papel a la hora de influir en quiénes nos convertimos.
Explica que está comprobado que el buen rendimiento escolar de un hermano mayor, produce un efecto de contagio entre sus hermanos.
Y que sin importar sus cortas edades, los hermanos buscan consciente o inconscientemente formas de diferenciarse unos de otros y limando aristas y suavizando conductas, se esfuerzan en adoptar papeles que puedan coexistir en el espacio de su familia.
Otra investigadora que coincide es Trinidad Aparicio Pérez, psicóloga estudiosa de la infancia y adolescencia.
Enfatiza en el papel del hermano mayor como principal referencia de los demás, que tienden a imitarlo especialmente cuando son del mismo sexo.
«Los mayores van abriendo camino en muchos aspectos y su comportamiento, aplicación en el colegio y relación con los padres, adquiere gran importancia porque suelen ser más ambiciosos, responsables, formales y apegados al núcleo familiar que los menores».
Y al darse cuenta de su posición de influencia, maduran a más temprana edad que los medianos y pequeños, que por regla general son más independientes.
Estas características se entienden, porque al no tener hermanos mayores su modelo fueron los padres; lo que los hace más tradicionales.
Los científicos noruegos Kristensen y Bjerkedal han trabajado en estadísticas que indican que los hermanos mayores tienen coeficientes intelectuales más altos.
Lo que podría originarse, en que al haber sido los primeros y durante algún tiempo los únicos, recibieron más estímulos y atención de sus padres en el momento de desarrollar habilidades, aprender a andar, hablar, jugar…
Otras investigaciones sobre dinámica familiar revelan que durante gran parte del siglo veinte y los primeros años de éste, se atribuyeron diversos problemas crónicos de salud mental en adultos, a la disfunción entre bebés y sus madres; a quienes se clasificaba como autoritarias, distantes, dominantes o ambivalentes.
Pero un equipo de investigadores de la Universidad Estatal de Pensilvania, descubrió recientemente que son los papás quienes al no haber solucionado sus propios conflictos, afectan negativamente a toda la familia.
Y Sarah Schoppe-Sullivan, profesora de psicología en la Universidad Estatal de Ohio, reiteró que son esos padres que no canalizan bien sus problemas y no las madres, los que causan un estrés perjudicial para la salud del niño y lo predisponen a relaciones familiares estresantes y problemas cardíacos.
En fin, gocemos a nuestros hermanos; tal vez pronto no los haya, porque está bajando el número de nacimientos en todo el mundo; hasta en China.



