Sucede de vez en cuando que percibimos o nos ocurre algo que provoca toda una secuencia vital a través de un sueño por el que transcurre una época dorada. Es verdad que creo que no hay mejor tiempo que el presente, pero en estas ocasiones a las que aludo se produce una cierta nostalgia que impacta y genera sentimientos agridulces, a la postre ilusionantes. La Naturaleza humana es tan sabia que lo normal es que permanezca el balance más positivo, lo cual ayuda a la interpretación aquí destacada.
Sea como fuere, contemplamos que la vida es más sencilla de lo que de manera cotidiana solemos afrontar. No olvidemos que hay menos problemas importantes de los que referimos. Las complejidades, sin dejar de lado los aspectos objetivos que nos golpean recurrentemente, se basan en perspectivas variables y no definitivas, aunque puedan ser determinantes.
Hay coyunturas, hechos, acontecimientos, que nos llaman la atención, puede que fugazmente, es posible que por un tiempo, y que nos señalan de un modo fehaciente que los itinerarios son más reiterados y relativos de lo que meditamos a diario. La calma en las vivencias es una garantía de justicia en las apreciaciones. Ésa puede ser una de las conclusiones que obtenemos de estas estampas que glosamos.
Todo sucede por algo. No se trata de creer en lo inevitable del destino, sino más bien en la conveniencia de sacar partido a lo que experimentamos. La frontera entre lo escrito y no escrito no es fácil de indicar. Nuestro coraje, seguramente, puede decantar los resultados hacia el margen en el que nos hallemos más confiados en nosotros mismos. La fe mueve montañas, y sueños… que podemos hacer realidad. Lo comprobamos cada vez que advertimos aquello que nos regaló alegrías, lo que nos desarrolla humanamente. Es el caso.
De nuevo, en este amanecer vemos la luz, como la oteamos ayer. Sabemos que algo bueno está por ocurrir, y en esta jornada lo será porque hemos decidido ser dueños de nuestro porvenir.



