Tres valiosas mujeres: Jane Goodall estudiando a los chimpancés en Tanzania, Dian Fossey viviendo entre los gorilas de montaña en Ruanda, y Biruté Galdikas entre los orangutanes de Borneo, revolucionaron en forma audaz la primatología.
Las tres fueron discípulas de Louis Leakey, el paleoantropólogo británico-keniano cuyo estudio de los primeros fósiles de homínidos estableció los orígenes de la humanidad en África.

Galdikas, de quien escribiré hoy, nació el 10 de mayo de 1946 en Wiesbaden, Alemania, hija de padres lituanos que emigraron a Canadá huyendo del dominio soviético y luego se establecieron en Los Ángeles, California.
Y con ocasión de su fallecimiento este pasado 3 de abril a los 79 años, The New York Times le dedicó un obituario escrito por Richard Sandomir, del que tomé los datos siguientes:
Antes de conocer a Leakey, Galdikas se licenció en psicología por la Universidad de California y tres años después, cuando estudiaba la maestría en antropología, asistió a una de sus conferencias.
Y cuando Leakey empezó a hablar sobre primates, «sentí como si me hubiera leído la mente, me acerqué a él y le dije que quería estudiar a los orangutanes» y él la ayudó a conseguir financiación para comenzar su investigación en Borneo.
Donde en 1971 instaló junto con su primer marido, el fotógrafo Rod Brindamour, un campamento en lo que es actualmente el Parque Nacional Tanjung Puting, que abarca 1174 millas cuadradas.
Y en 1975 logró llevar la atención hacía los orangutanes con un artículo que escribió para National Geographic, cuya fotografía de portada tomada por su esposo la mostraba cargando a un orangután huérfano en su brazo izquierdo y dando la mano a otro.
En 1980, en un segundo reportaje de portada para esa revista, salió su hijita Binti compartiendo un baño con un orangután huérfano.
Contó entonces que recién llegada se topó con un orangután «caminando con la cabeza gacha, ajeno a mi presencia y de repente se detuvo a menos de cuatro metros de distancia y se me quedó mirando fijamente, como evaluando la extraña escena de una mujer de rostro pálido con grandes gafas de sol negras que sostenía una bolsa llena de ropa sucia… no sentí miedo, solo me maravilló lo magnífico que se veía con su pelaje de un naranja brillante bajo la luz del sol, y de repente, se dio la vuelta y desapareció».
Su investigación durante medio siglo, la convirtió en experta de ese esquivo y gravemente amenazado gran simio.
En 1986, creó la Fundación Internacional del Orangután y en 1995, escribió Reflexiones del Edén: Mis años con los orangutanes de Borneo; territorio remoto y pantanoso casi inaccesible para los investigadores y plagado de sanguijuelas, mosquitos portadores de malaria, jabalíes, pitones y cobras reales.
Pero las verdaderas amenazas provenían de quienes se oponían a su trabajo para seguir traficando con los animales.
Al principio de su estancia en Borneo, el Servicio Forestal de Indonesia le pidió rehabilitar a crías de orangután confiscadas a quienes las mantenían ilegalmente como mascotas y logró reintroducirlas en su hábitat natural.
Una de ellas, llamada Sugito de un año de edad «se aferró a mí desesperadamente como si fuera su madre; cambiarme de ropa se convirtió en una tarea titánica, porque chillaba y agarraba todo lo que me quitaba; dormía acurrucado a mi lado y no me abandonaba ni siquiera al bañarme en el río».
En 1992, The New York Times Magazine publicó una entrevista con Mark Starowicz, productor de la CBC, quien en un documental sobre ella, detalló que se levantaba antes del amanecer y regresaba al lugar donde el orangután al que seguía había anidado la noche anterior, para observar su comportamiento.
Pudo así documentar la naturaleza solitaria de los orangutanes, cuyas hembras amamantan a sus crías seis o siete años y pasan casi ocho años antes de dar otra a luz; sus hábitos de búsqueda de alimento, su dieta de más de cuatrocientos tipos de comida y el declive de la población.
En 1997, recibió el Premio Tyler que se considera el Nobel en Ciencia Ambiental.
Y el año 2000 declaró a The Times que sentía estar presenciando un holocausto por la destrucción de la selva tropical de Borneo y las consecuencias definitivas para extinguir a los orangutanes.
Hablando de primates, me encantó el artículo de Irene Vallejo del pasado 3 de mayo en El País, del que varios dirigentes del mundo debían aprender.
Explicó que en cada grupo de primates hay un macho alfa, pero también una hembra alfa, con la que trabajan juntos.
Y que el macho de mayor rango no es el más grandullón o violento, y su posición no se dirime luchando, sino en un proceso político que depende de coaliciones, y si el cabecilla resulta demasiado violento, alguien suele desafiarlo y los demás apoyan la revuelta.
«Porque en la naturaleza el macho alfa protege a los desvalidos, detiene peleas y mantiene al grupo unido», sostiene Vallejo



