Esther Tusquets: confesiones de una editora poco mentirosa

Con motivo de su 60 aniversario en 2020, la editorial Lumen ha reeditado el libro Confesiones de una editora poco mentirosa (Lumen 2005 y Lumen 2020), del que es autora la que fue «durante tres cuartas partes de su vida» su dueña y directora editorial, Esther Tusquets.

Esther Tusques Confesiones

El libro recoge anécdotas y retratos de grandes escritores y agentes literarios a los que conoció y trató muy de cerca a lo largo de su carrera de editora (Ana María Matute, Mario Vargas Llosa, Carmen Martín Gaite, Camilo José Cela, Miguel Delibes, Umberto Eco o Carmen Balcells), por no hablar de los fotógrafos que los inmortalizaron (Miserachs, Colita o Maspons, este último la retrata con Delibes en una preciosa cubierta).

Como lo he leído antes de ponerme a hablar de él, he de admitir que Confesiones de una editora poco mentirosa es un libro apasionantemente divertido, lleno de anécdotas inolvidables definidoras de caracteres y que, en apenas doscientas páginas de una letra considerablemente grande, pura cortesía hacia el lector, como buena editora, retratan toda una época de la literatura española y de la edición.

Cuando Esther Tusquets (Barcelona 1937-2012) se puso al frente de la editorial Lumen, en 1960, apenas tenía veinte años. Su padre Magín Tusquets, todo un héroe que nunca la decepcionó, se la acababa de comprar «por cuatro perras» a un pariente de Burgos medio arruinado, y hasta entonces el sello (de ahí su nombre tan espiritual, Lumen) se había dedicado a producir libros religiosos y de vidas de santos, que la familia siguió vendiendo hasta que pudo empezar a pensar en nuevos títulos, nuevas colecciones y nuevos autores.

La familia la formaban el padre, la madre, su hermano Oscar Tusquets, arquitecto, que haría de maquetador y la propia Esther Tusquets, como directora editorial, y los cuatro viajaban juntos a cualquier parte para entrevistarse con los nuevos autores que los recibían en su casa y les devolvían visita en la suya, con lo cual queda claro que Lumen fue desde sus inicios una empresa familiar y, andando el tiempo, centrada en la literatura escrita por mujeres.

Siempre fueron mayoría las mujeres en la edición de Lumen, pero su padre -y esto lo subraya ella mucho- fue, de principio a fin, el único hombre que nunca abandonó el barco hasta su muerte (su hermano fundaría más tarde, con su mujer Beatriz de Moura, su propia Editorial Tusquets), ni siquiera en los malos tiempos, antes y después de que Quino con Mafalda y Umberto Eco con El nombre de la rosa, los llevaran a lo más alto de las ventas.

Cuando Lumen fue vendida a una multinacional (primero Bertelsmann y luego Penguin Random House) lo que más asombró a Esther Tusquets fue lo rápido que se descatalogaban los libros, fueran los que fueran (James Joyce, Virginia Woolf, por ejemplo, sólo podían durar dos años), así como el priorizar el sensacionalismo de cualquier tipo, incluido el televisivo, sobre la literatura. Ello dejaba desprovisto el fondo editorial de sus autores más valiosos y ésta fue una de las razones que determinaron su jubilación.

Esther Tusquets, quien saltó tardíamente a la literatura con El mismo mar de todos los veranos (1978), un libro en que se aborda la relación entre dos mujeres, temática novedosa por entonces en España, tanto en la vida como  en la ficción, tuvo la honradez de no pedirle a ningún amigo editor (Carlos Barral y Joge Herralde entre los más destacados de su grupo de amigos) que corrieran el riesgo (económico y de prestigio) al editarlo, y se lanzó a hacerlo dentro de su propio sello. Fue un éxito y a él siguieron otros muchos, no sólo de ficción sino también de memorias, como éste que comento en que, con un estilo muy personal y desenfadado (ya en el título presume de ser muy poco mentirosa) resulta que hasta los paréntesis con que se adorna cada poco tienen su gracia, como si le fuera la vida en lo que dice en ellos.

  • Esther Tusquets
    Confesiones de una editora poco mentirosa
  • Editorial Lumen
  • 209 páginas
  • 17, 90 euros

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Doctor en Filología por la Complutense, me licencié en la Universidad de Oviedo, donde profesores como Alarcos, Clavería, Caso o Cachero me marcaron más de lo que entonces pensé. Inolvidables fueron los que antes tuve en el antiguo Instituto Femenino "Juan del Enzina" de León: siempre que cruzo la Plaza de Santo Martino me vuelven los recuerdos. Pero sobre todos ellos está Angelines Herrero, mi maestra de primaria, que se fijó en mí con devoción. Tengo buen oído para los idiomas y para la música, también para la escritura, de ahí que a veces me guíe más por el sonido que por el significado de las palabras. Mi director de tesis fue Álvaro Porto Dapena, a quien debo el sentido del orden que yo pueda tener al estructurar un texto. Escribir me cuesta y me pone en forma, en tanto que leer a los maestros me incita a afilar mi estilo. Me van los clásicos, los románticos y los barrocos. Y de la Edad Media, hasta la Inquisición.

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