El secuestro nocturno del presidente venezolano Nicolás Maduro —con un balance de víctimas que el autor sitúa por encima de ochenta— actúa como síntoma y acelerador de una deriva: Washington vuelve a emplear la fuerza para moldear gobiernos y controlar recursos en su esfera de influencia, mientras Europa reacciona con una prudencia que roza el silencio.
Esa combinación, advierte el politólogo Maximiliano Mayer en un artículo publicado en la revista de la socialdemocracia alemana IPG, precipita el deterioro de las normas internacionales y empuja a las potencias a repartirse el mundo por zonas.

Un precedente que «trituraría» el derecho internacional
Mayer sostiene que la operación contra Maduro «deja inequívocamente claro» el impacto de la política hemisférica del presidente Donald Trump sobre el derecho internacional: en el área de influencia de Estados Unidos, la soberanía y la igualdad entre Estados quedan relegadas a un papel casi decorativo. En su lectura, Trump aspira a que su país se rodee de «países seguros» y, si hiciera falta, impondría intereses estadounidenses incluso con la lógica de la «diplomacia de cañonero».
El artículo sitúa el episodio venezolano dentro de un marco mayor: la Casa Blanca recuperaría una visión de América Latina como espacio con reglas flexibles, donde el uso de la fuerza se normaliza y la legalidad se interpreta de forma interesada. Mayer lo expresa con una idea central: si las grandes potencias pisan principios básicos, el sistema entero se vuelve más inseguro para los Estados medianos y pequeños.
«Donroe», petróleo y política doméstica
El autor enlaza la operación con objetivos materiales explícitos: la pretensión de control sobre el petróleo venezolano y otros recursos. Incluso apunta a la conexión entre la política exterior y los incentivos internos del trumpismo, sugiriendo que la agenda internacional también puede utilizarse para desplazar escándalos y dominar el ciclo mediático.
En ese contexto aparece la noción de la «Donroe-Doktrin», un guiño retórico que reinterpreta la Doctrina Monroe como un mandato reforzado de primacía estadounidense en el hemisferio occidental.
Sobre el petróleo, Mayer introduce un dato de gran carga política: sitúa las reservas de Venezuela como las mayores del mundo y vincula el interés por su explotación con actores económicos estadounidenses. Más allá de la discusión sobre cifras, el argumento de fondo es periodístico y estratégico: la coartada ideológica y el interés material se retroalimentan.
El silencio europeo y el doble rasero que se paga caro
Uno de los pasajes más incisivos del texto apunta a Europa. Mayer considera «llamativas» las reacciones contenidas de gobiernos y de Bruselas ante una acción que califica de contraria al derecho internacional y al artículo dos de la Carta de la ONU.
Para el autor, el problema no es solo moral: es de credibilidad y de supervivencia política. Si Europa tolera la vulneración de normas cuando la comete su principal aliado, debilita el mismo armazón jurídico con el que denuncia la invasión rusa de Ucrania. En sus palabras, ese silencio «legitima» la violencia contra Estados soberanos y, por extensión, pone en riesgo la propia seguridad europea.
En clave de comunicación política, el diagnóstico es demoledor: el marco de la «defensa de la legalidad internacional» se convierte en un recurso retórico selectivo. Y esa selectividad reduce la capacidad europea para persuadir, construir coaliciones y sostener sanciones sin que la acusación de doble estándar gane terreno en el Sur Global.
Tres potencias, una dinámica de imitación peligrosa
Mayer describe una «dinámica triimperial» en la que Estados Unidos, Rusia y China convergen hacia prácticas de control de periferias, presión sobre infraestructuras, cadenas de suministro y recursos. La tesis no es que sean iguales, sino que la lógica de la imitación —quién se atreve a hacer qué, y con qué coste— rebaja el umbral de lo aceptable. El artículo menciona, a modo de ejemplo del clima que se instala, amenazas y fantasías de secuestro aplicadas a líderes en escenarios europeos y asiáticos, un indicio de degradación en los códigos de comportamiento entre Estados.
La consecuencia, señala, es un mundo menos institucional y más personalista: decisiones concentradas en liderazgos con pocos contrapesos internos, capaces de convertir una operación exterior en gesto de dominación y espectáculo mediático.
Europa ante su prueba: autonomía o irrelevancia
La parte final del análisis se centra en la vulnerabilidad europea: presión rusa, amenazas estadounidenses (incluida la erosión de la OTAN y pulsos políticos sobre territorios) y competencia tecnológica china. Mayer reprocha a los Estados europeos falta de «valentía» para una estrategia propia: más inversión militar, sí, pero sin una arquitectura industrial integrada ni autonomía tecnológica suficiente. En ese escenario, Europa corre el riesgo de convertirse en «masa de maniobra» en un orden de grandes espacios.
Su recomendación es explícita: defender el derecho internacional también cuando incomoda a Washington. Callar hoy —viene a decir— puede salir carísimo mañana, porque la doctrina de fuerza y jerarquías regionales podría aplicarse después contra países europeos.
Contexto
Para una mirada complementaria desde el debate público en español, puede leerse este análisis ya publicado en:


