La satisfacción del deber cumplido

El de hoy es el artículo 201, cantidad que pudo haber sido mayor, si se toma en cuenta el tiempo en que me hice colaborador (autor) de este importante medio de divulgación masiva. No puedo precisar cuántos años han transcurrido desde el primer día; pero estoy seguro de que son más de seis y menos de diez.

Ese tiempo ha sido suficiente para hacer lo que me gusta, en función de aportar elementos para aquellas personas a las que les apasiona el tema gramatical y lingüístico. Nunca he pretendido dictar cátedra, aunque a veces he sido blanco de fuertes señalamientos, con intenciones no muy buenas. Me han tildado de sabidillo del idioma, lo cual no es cierto, pues solo soy un aficionado del buen decir. ¡Eso me basta!

Dentro de esa cantidad de artículos hay exposiciones sobre situaciones que son frecuentes en los medios de comunicación social y en el habla cotidiana: vicios que se han vuelto casi indesarraigables, ante lo cual es prudente y necesario decir algo, aunque sea nadar contra la corriente. Es justo y necesario reconocer que pese a frecuentes impropiedades, ha habido logros significativos, dado que muchos redactores profesionales y no profesionales, a la luz de las observaciones y recomendaciones vertidas en este trabajo de divulgación periodística, han adquirido soltura y han comenzado a distinguirse dentro del ámbito en el que se desenvuelven.

Eso lo sé por las consultas y comentarios elogiosos que recibo por diversas vías, lo cual, lejos de inflarme el ego, me demuestra que el esfuerzo no ha sido en vano, amén de que me compromete moralmente a continuar aportando elementos que puedan ser útiles para los que han entendido la importancia de escribir bien y hablar de mejor manera.

A veces he sido duro en las críticas, y he mostrado situaciones en las que muchos comunicadores sociales, educadores y otros profesionales se han visto retratados; pero he estimado prudente hacerlo de esa forma, con el debido respeto, pues es inconcebible que un profesional, sea cual sea su área, no conozca las palabras por la índole de la entonación; que ignore el uso de los signos de puntuación y que no sepa distinguir la función que cada palabra cumple en la oración. Para saber eso, no es necesario ser miembro de la Real Academia Española, toda vez que son conocimientos básicos que se adquieren en la educación primaria, en la secundaria, y se refuerzan en la universitaria.

He dicho en reiteradas oportunidades, que mientras haya periodistas y educadores con las carencias que he mencionado en el párrafo anterior, su desempeño será ineficaz, por no decir otra cosa. Cuando he hablado de periodistas, me he centrado en el caso de Venezuela, pues no conozco el ámbito de otros países, salvo una que otra noción, que se percibe en la lectura de informaciones en los portales de influencia internacional. He reiterado mi posición en cuanto a que, si un comunicador social no se persuade de que su rol ante la sociedad es el de un educador a distancia, seguirá tropezando con misma piedra. El inmenso poder inductivo que ejercen los medios de comunicación, hará que los alumnos, que en este caso es la gran audiencia, sigan encontrándose con el mismo obstáculo.

El diarismo venezolano, con contadas y honrosas excepciones que se distinguen muy fácilmente, está plagado de situaciones viciadas, muchas de las cuales podrían recibir el calificativo de disparates. Los periodistas y locutores no han entendido que su función y obligación moral es educar, entretener e informar.

En el caso particular de los periodistas que cubren las fuentes de comunidad y de sucesos, la cosa es más inquietante y graciosa, por demás. Utilizan siempre las mismas palabras, como si tuvieran un formato en el que solo cambia el nombre de los protagonistas. Otros se han dejado imponer y quieren patentar una forma de redactar, sobre todo cuando se trata de informaciones cuya fuente son los cuerpos de seguridad, en la que se pondera la labor de los funcionarios, por encima del deber de informar. ¡Vaya usted a saber la razón!

A todas esas, mis apreciados lectores, he hecho todo cuanto he podido, con la finalidad y el deseo de que los comunicadores sociales hagan un mejor uso del lenguaje que emplean. Unos han asimilado la enseñanza; otros siguen con la cruz a cuesta. Pero, sea cual fuere la proporción, yo siento la satisfacción del deber cumplido. ¡Feliz Año 2023!

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David Figueroa Díaz (Araure, Venezuela, 1964) se inició en el periodismo de opinión a los 17 años de edad, y más tarde se convirtió en un estudioso del lenguaje oral y escrito. Mantuvo una publicación semanal por más de veinte años en el diario Última Hora de Acarigua-Araure, estado Portuguesa, y a partir de 2018 en El Impulso de Barquisimeto, dedicada al análisis y corrección de los errores más frecuentes en los medios de comunicación y en el habla cotidiana. Es licenciado en Comunicación Social (Cum Laude) por la Universidad Católica Cecilio Acosta (Unica) de Maracaibo; docente universitario, director de Comunicación e Información de la Alcaldía del municipio Guanarito. Es corredactor del Manual de Estilo de los Periodistas de la Dirección de Medios Públicos del Gobierno de Portuguesa; facilitador de talleres de ortografía y redacción periodística para medios impresos y digitales; miembro del Colegio Nacional de Periodistas seccional Portuguesa (CNP) y de la Asociación de Locutores y Operadores de Radio (Aloer).

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