Viajes por la URSS, Abjasia

A mediados de 1984 fui invitada con otros periodistas a Sochi, ciudad de la República de Abjasia situada a 1770 kilómetros de Moscú.

Generalmente los corresponsales de partidos y medios comunistas y socialistas iban gratis a los viajes oficiales y los llamaban daragoi druzia (querido amigo) o tavarich (camarada).

Los de diarios burgueses como se catalogaba al mío, el UnomásUno antecedente de La Jornada, debíamos pagar y nos decían gosposha (señora) a las mujeres y gaspadín (señor) a los hombres.

Y como me hacía gracia la diferencia y me gustaba decir gaspadín, al regresar a México a principios de 1985 le puse así, a un perro.

Abjasia significa «país del alma» o «país de seres humanos»; limita al noreste con Rusia y al sureste con Georgia y tiene larga historia; fue codiciado y parte de califatos, imperios y reinos, con las guerras correspondientes.

Todo sale con detalle en Wikipedia, pero ante la imposibilidad de reproducirlo aquí, me salto siglos para llegar a 1838 cuando Abjasia era un principado del Imperio Ruso; que en 1864 se la anexó y veintiocho años después fundó el fuerte de Navaguinskoye, que dio origen a Sochi.

Pasaron décadas de conflictos raciales y religiosos y emigraciones de quienes se oponían a que se les obligara a estudiar y orar en ruso.

Y en diciembre de 1922, se constituyó la URSS con quince repúblicas entre las que estaba Georgia, que incluía el territorio de Abjasia.

Ubicado al noreste del mar Negro en el krai (región fronteriza) de Krasnodar en las montañas del Cáucaso, división natural entre Europa y Asia, Sochi era en 1984, el principal balneario soviético.

Tenía poco menos de 280.000 habitantes, la mayoría rusos, cientos de cuevas, canchas de ski y patinaje y templos de arquitectura bizantina, pertenecientes a diferentes confesiones religiosas.

Los de San Vladimir y San Miguel Arcángel su santo patrón, a la Iglesia Ortodoxa Rusa; a la católica, el de los Apóstoles Simón y Tadeo; y otros, a las iglesias ortodoxas griega, georgiana y armenia.

Los corresponsales fuimos alojados en el Sanatorio Ordzhonikidze, llamado así en honor al médico Grigol Ordzhonikidze, cuyo nombre en georgiano pongo aquí გრიგოლკონსტანტინეს ძე ორჯონიკიძე por sus bonitas letras.

Era muy amigo de Stalin y de Anastas Mikoyan que formaban dentro del gobierno «la camarilla georgiana» y desempeñó muchísimos cargos públicos y partidistas hasta su muerte en abril 1937 a los cincuenta años, días después de que Stalin cuestionara su lealtad.

Jrushchov escribió en sus memorias que Ordzhonikidze había confiado a Mikoyán que denunciaría las purgas y asesinatos cometidos por Stalin en el Pleno del Comité Central de ese abril.

No pudo hacerlo porque murió horas antes, oficialmente se dijo que por suicidio y está sepultado en la muralla del Kremlin.

Tres edificios majestuosos, estatuas de Neptuno y otros dioses y excelente medicina preventiva, conformaban este sanatorio exclusivo para miembros del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, PCUS, y sus invitados.

Fuimos atendidos regiamente y nos llevaron, entre otros muchos paseos, a conocer la dacha (casa de descanso) que usaba Stalin y vigilaban soldados.

A un herbolario con plantas de todo el mundo; a surtidas tiendas donde compré sábanas de algodón y lino con los que me hicieron ropa preciosa y a teatros y conciertos al aire libre, donde entre otras obras, vimos Chaika (La Gaviota) de Chéjov.

En todas partes había letreros con la leyenda unas niet kurit (nosotros no fumamos) y el día empezaba con análisis de todo lo imaginable y, por increíble que parezca, me diagnosticaron con años de anticipación padecimientos y operaciones.

Al desayuno, seguían tratamientos médicos y cocteles de oxígeno en espuma, a los que se podía agregar sabores de hierbas y que literalmente nos lavaban el cerebro, porque nunca he sentido la mente tan descansada y soñaba lindo.

Luego íbamos a la playa, muy diferente a las nuestras por las muchas piedritas y el agua fría, con montón de carpitas para cambiarnos los trajes de baño mojados, por secos.

Nos daban regaderazos a mucha presión y diferentes temperaturas; comíamos y paseábamos antes de la cena y espectáculos.

Me recetaron baños en agua muy caliente con minerales y al salir de la tina debía permanecer enrollada en una alfombra tres o cuatro horas.

Y un día que no hice caso y me desenrollé para ir a nadar, lo pagué con «radiculitis», como llamaron al terrible dolor de riñones que algo disminuyó con calmantes y cuando me colocaron un ancho cinturón de piel de perro que usé semanas.

Tras la disolución de la Unión Soviética en 1991, las instalaciones de ese sanatorio fueron abandonadas; la República Socialista Soviética de Georgia se convirtió en país independiente y Abjasia le fue integrada como república autónoma.

Lo que no solucionó siglos de conflictos, que llevaron en 1992 a una cruenta guerra entre tropas georgianas y paramilitares rusos y abjasios.

Fue entonces cuando llegó a las antiguas repúblicas soviéticas la telenovela de Valentín Pimstein Los Ricos también lloran; que Televisa vendió a 150 países y fue traducida a veintiocho idiomas, entre ellos el ruso.

Dieciocho años después, en 2014, Verónica Pimstein y yo entrevistamos a sus protagonistas, Verónica Castro (en la telenovela Mariana Villarreal) y Rogelio Guerra (Luis Alberto Salvatierra) para un libro sobre Valentín.

Rogelio (+febrero 2018) recordó emocionado que como tuvo muchísimo éxito, el gobierno ruso lo invitó junto con su esposa Maribel a una gira de seis semanas por catorce ciudades.

Pasaban cada capítulo tres veces al día; la veían doscientos millones de personas y durante la trasmisión, se suspendían los tiros de la guerra entre Georgia y Rusia.

A donde iba la gente lo aclamaba; en varios teatros interpretó a Luis Alberta (en ruso la o masculina se vuelve a) con muchachas del público, que repitieron de memoria los parlamentos de Verónica.

En Moscú le abrieron el museo de huevos Fabergé; en el Kremlin soldados le hicieron valla y en el Teatro Bolshoi, lo sentaron en el palco real.

En San Petersburgo, lo aplaudieron cinco minutos de pie; en Siberia, una mujer lo reconoció y llamó al marido para contarle, «pero no le creyó y la regañó por borracha…».

En Sochi, durmió en la dacha de Stalin y le dieron a escoger entre la habitación con vistas a la montaña que él usaba, porque le daba terror el mar o donde solía quedarse Mao, con ventanales al Mar Negro.

Y colocaron un letrero avisando al turismo, que ahí estaba hospedado.

Pero el momento culminante llegó, cuando una consulta nacional decidió que fuera Rogelio y no el entonces presidente de Rusia, Boris Yeltsin, quien diera por televisión el saludo oficial de Año Nuevo.

Y en un salón lleno de invitados, vestido de smoking y comiendo en cada campanada una uva, dijo en cadena nacional a las doce de la noche del 31 de diciembre:

«El pueblo ruso es fuerte, ha sabido salir victorioso de todos sus problemas y saldrá también, de los actuales; les deseo feliz 1993»

Y como gobernantes y televidentes quedaron encantados, repitió el numerito el 7 de enero en el Año Nuevo Ortodoxo.

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