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Todos al cole

Fueron Richard Dawkins y Susan Blackmore quienes al proponer la teoría “memética” en base a una analogía entre el gen y el meme encontraron un aliado en la evolución de las redes sociales de Internet. Los llamados “genes culturales” dejaron de ser ideas memorizadas e imitadas entre los cerebros de los humanos para acabar registradas en los repositorios de los servidores de la Red.

La utilización de Internet en los centros educativos posibilita tanto el acceso universal a la información como el surgimiento de distintas propuestas metodológicas para integrar Internet y las Redes Sociales en el proceso de aprendizaje, y transformar la información en conocimiento. Sustrayendo las salvedades, las contingencias, la incompetencia, la negligencia, las convenciones, la ideología, el poder, el desconocimiento, la falta de formación, la desidia, el formalismo, la administratización, las lecciones, el aburrimiento, los exámenes, etc… Aquel debería de ser el contexto educativo ideal para aprender a generar conocimiento.

Escuchaba hace unos días a una madre reprendiendo a su hija para que permitiera a su hermano menor aprender una acción por imitación, por puro repetir, una y otra vez. Casi todos y todas reconocemos este método de aprendizaje. Devolviendo cada recuerdo a la memoria de una ristra de conceptos olvidados. Donde apartadas las ideas sólo encontramos el recuerdo de los momentos en las aulas y pasillos, los nervios, los pupitres escolares, las mesas de estudio… Todos los elementos que configuran esas performances del estudio mimético. Mimetismo fonético y escrito que se acompaña de hábitos. Resultado: habremos aprendido a habituarnos.

La habituación genera, en el peor de los casos, la apropiación de información e ideas, simulando decir siempre uno lo que es de otro, otros o de todas y todos, y por tanto aplicando el ‘conocimiento propietario’ -cuando uno se piensa propietario del conocimiento-. Mal síntoma para la salud educativa y social si para de verdad “conocer”, se aprende compartiendo.

Frente al conocimiento oficializado, propietario por haberse pagado con exámenes, propietario por valer dinero, el tiempo dedicado a aprender es un reconocimiento del otro, de sus características y cualidades. Ayudando a dotarle de los recursos que sepa suministrar a otros, a su vez, ahora como después. Aunque la idea aún establecida es ensalzar las competencias que se apropia y ha apropiado el alumno o la alumna frente a otras y otros. Y en el sentido estricto que se entiende la palabra competencia: medir ser competente en comparación con… Esta última es la urdimbre del tejido educativo.

En mi defensa de un aprendizaje para y en el re-conocimiento de las cualidades del otro, hay que aplacar la soberbia de quien pretenda ostentar el saber de manera unilateral, atenuar la segregación de los más capaces frente a los menos capaces y por tanto discriminando a tantos, mejorar en los procesos, sobre todo metodológicos, de acceso a un conocimiento colectivizado y universal.

Conocer no es una acción ni exclusiva ni excluyente. Se logra no demandando la atención al orador-experto sino sabiendo convocar a quienes en una acción saben expresar las pesquisas con las informaciones por donde un conocimiento discurre. Esta sincronía de informaciones -de datos- es prevalente frente a la concentración y centralización del saber-propietario, más sabiendo de la importancia de las sutilezas para los cambios, descubriendo enfoques determinados sobre aquellos matices.

Sé de las dificultades al presentar esta posible hoja de ruta. Principalmente porque supone transformar la fisonomía de los centros educativos y por tanto de la educación, como de la relación y vínculo entre los que se apropian y aplican el saber oficial frente a quienes parecen sus súbditos. Y recordemos que todos los niños y niñas (los denominados clientes de los centros educativos) han acabado convencidos de serlo -me refiero a súbditos de los adultos- para quedar expropiados de sus propias intuiciones y afirmaciones.

Si el camino es método, mal atajo hemos cogido.

Sobre Kepa Paul Larrañaga

NETólogo, Especializado en Derechos de Infancia. Experto en “Gestión estratégica y liderazgo social”, por el Programa del Departamento de Gestión Pública del IESE.
Actualmente (desde enero de 2014 hasta la actualidad en relación a infancia y adolescencia):
➣ Codirector del libro coeditado por UNED, Ministerio de Justicia y Thomson Reuters­Aranzadi “Menores e Internet”.
➣ Coordinador del “Diccionario de Política e Intervención Social sobre Infancia y Adolescencia” coeditado por FAPMI (Federación de Asociaciones para la Prevención del Maltrato Infantil), SENAME (Servicio Nacional de Menores de Chile) y Thomson Reuters­Aranzadi.
➣ Miembro del “Grupo de Trabajo Público­Privado de Menores e Internet” de Red.es para la Agenda Digital española.
➣ Evaluador del II PENIA (Plan Estratégico Nacional de Infancia y Adolescencia).
➣ Vocal Asesor de la Cátedra Santander Derecho y Menores de la Universidad Pontificia Comillas (ICADE)
➣ Miembro de OCTA (Observatorio de Contenidos Televisivos y Audiovisuales)

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