La educación argentina en un cono de sombra

Roberto Cataldi[1]

Cualquiera que conozca la historia de la pedagogía y la didáctica en el continente americano, reconocerá que la Argentina históricamente tenía un nivel educativo que llegó a estar entre los primeros lugares del mundo, en gran medida, porque el diseño de país de Domingo Faustino Sarmiento tenía como eje central la educación, pero desde hace décadas se verifica un deterioro progresivo motivado fundamentalmente por las políticas partidarias que hoy resultan alarmantes.

Los resultados PISA-2018 (Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes a nivel mundial, de la OCDE, que mide el rendimiento académico o capacidad de los alumnos de quince años en matemáticas, ciencia y lectura) y Aprender-2019 (Evaluación censal del Estado Argentino del conocimiento en lengua y matemática de los alumnos de sexto grado), ya venían revelando un grave deterioro en las enseñanzas primaria y secundaria, que en la Argentina, tienen «carácter obligatorio», y los peores resultados se verifican en los estratos económicos más bajos, dando paso a enormes desigualdades. Durante la última pandemia se produjo lo que se llamó el «apagón educativo», cuyas graves consecuencias se hicieron sentir, hecho sumado a la pobreza galopante.

La incidencia de las políticas gubernamentales de las últimas décadas y la actuación de los gremios docentes revelaron no solo falta de responsabilidad, sino una actitud perversa, pues miles y miles de niños y jóvenes fueron eyectados del sistema educativo, en base a un proyecto donde el «adoctrinamiento» sustituía a la educación. También el dilema entre mantener un servicio fundamental para los alumnos y el derecho a la protesta de los docentes mediante la huelga, que incluso llegó a ser salvaje. A ello sumarle la alta deserción inicial y el desgranamiento universitario. La ignorancia, sin duda, constituye un recurso para mantener el caudal de votantes.

En toda época existió una educación con pretensiones de ser elitista, tanto en el sistema estatal como en el de gestión privada, ya sea por la calidad de la oferta educativa, el prestigio de sus maestras y profesores, las exigencias para el ingreso y la promoción, pero también por el nivel socioeconómico de los usuarios, porque en la construcción de las élites, no faltan los espejismos creados por el «marketing educativo».

La educación pública argentina solía gozar de un prestigio que salvo excepciones se ha debilitado. Y hasta hace unas décadas las familias más modestas podían enviar a sus hijos a la universidad, y el egresado en ocasiones llegaba a cambiar el destino social de esas familias, porque funcionaba el ascensor social. En efecto, ricos y pobres compartían las aulas, más allá que siempre existió el derecho a una educación de gestión privada para aquellos que están interesados en escogerla y que pueden costearla.

La educación argentina hoy vive una crisis en sus tres niveles, donde median las ideologías, el adoctrinamiento, la improvisación docente, los negocios encubiertos, el facilismo pedagógico con fines demagógicos, en fin, la corrupción.

En estos días algunas declaraciones de autoridades nos sitúan en el escenario real del problema, ya que según informaciones periodistas, el vicerrector de la Universidad de Buenos Aires, Guillermo Yacobitti (de extracción radical) dijo que, «no es compatible estudiar en la UBA y votar a Milei»… Por su parte, el diputado nacional Benegas Lynch, perteneciente al partido en el poder (La Libertad Avanza) sostuvo: «Libertad es que si no querés mandar a tu hijo al colegio porque lo necesitas en el taller, puedas hacerlo»

También en un enorme mural de la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), según dicen en combinación con el gobierno de Axel Kicillof (partido peronista), aparecen como próceres, las figuras de Néstor y Cristina Kirchner (sobresaliendo) junto a Hebe de Bonafini, y ubican las figuras de Perón y Evita a la altura del general San Martín… Y podría seguir con otros ejemplos.

Los profesores universitarios que tenemos una larga y fructífera trayectoria docente, solemos ver con ojos críticos la penúltima etapa del proceso. Y en cuanto a si la educación debe ser estatal o privada, laica o confesional, no es la cuestión de fondo, más allá de las ideologías que pretendan imponer y los relatos espurios. La legitimación de una institución educativa está en los saberes que imparte, punto.

Y la educación como la cultura van de la mano del concepto de libertad, la que nos permite aprender, educarnos, desarrollarnos como personas, pensar de manera autónoma, combatir el pensamiento único, todo ello en un contexto de igualdad, sin exclusiones de ninguna naturaleza.

Cuando el poder pone trabas u obstáculos a la educación, entorpece la superación del individuo, prohíbe de hecho la disidencia porque busca la sumisión, y por eso sustituye la educación por el adoctrinamiento. Procurar debilitar las instituciones educativas (escuelas, universidades) es otra estrategia política para deteriorar la calidad de la ciudadanía, como podemos comprobar patéticamente en nuestros días.

En fin, tanto la escuela como la universidad, hoy necesitan cambios acordes con los tiempos que vivimos, pero estos cambios que deben ser profundos, no tienen que estar tutelados por docentes improvisados, intereses proselitistas, ni por el mercado.

Y debe existir libertad académica para que el proceso de enseñanza-aprendizaje sea fructífero.

  1. Roberto Miguel Cataldi Amatriain es médico de profesión y ensayista cultivador de humanidades, para cuyo desarrollo creó junto a su familia la Fundación Internacional Cataldi Amatriain (FICA)

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