Roberto Cataldi[1]
El comer es un acto social (no se concibe al que sistemáticamente come solo), y el alimento posee tres aspectos a considerar: el nutritivo, el afectivo y el simbólico.
Goethe (1749-1832) decía que: «El hombre es lo que él come». Y la publicidad siempre tuvo un papel protagónico, al extremo que hace cincuenta años, una importante institución internacional de consumidores con sede en Londres sostenía que el setenta por ciento de la publicidad alimentaria mundial promovía alimentos de escaso valor nutritivo, y que el veinticinco por ciento de los alimentos se hallaban adulterados.
Si bien la alimentación va variando con las épocas y las costumbres, en nuestros días, época dominada por la falsa información y las creencias anticientíficas, el tema cobra inusitada relevancia social.
Los alimentos ultraprocesados tienen muy buen sabor por los aditivos y sustancias químicas en su preparación y conservación, pero contienen muchas calorías (azúcar, grasas, sodio) y son poco nutritivos (pobres en proteínas, fibras, minerales, vitaminas).
Lo grave es que su consumo en exceso está relacionado con el incremento de ciertas patologías que son predominantes en la sociedad, sobre todo enfermedades crónicas relacionadas con la dieta.
En efecto, estos alimentos no son saludables, por lo tanto plantean un serio problema para los consumidores, y a su vez existe una innegable responsabilidad para las empresas que los producen y sus campañas de marketing, como también los Estados que tienen el deber de supervisar la venta y distribución de los alimentos que consume la población.
Hoy por hoy, estos alimentos son ingeridos por gente de todos los estratos sociales, constituyen un negocio muy rentable, ya que diferentes productos están destinados a distintos nichos de consumidores, en consecuencia varían significativamente los precios. En efecto, no hay clase social donde estos alimentos no se hayan impuesto. La principal empresa mundial de ultraprocesados, presente en 190 países, tiene más de dos mil marcas comerciales.
La «comida chatarra» está globalizada y hasta se habla del imperialismo que ejerce. El consumo excesivo obedece a una educación alimentaria deficiente, en ocasiones inexistente.
Claro que en regiones muy pobres resulta mandatorio, es decir, el individuo se ve forzado a consumirlos para lograr sobrevivir. Y resulta muy preocupante que la inseguridad alimentaria esté aumentando, incluso las hambrunas.
Desde la antigüedad se sabe que el hambre puede ser un arma de gran poder para someter a las multitudes, lograr la rendición de los enemigos o domesticar a los opositores políticos.
La FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y el Programa Mundial de Alimentos (WFP) de la ONU, coinciden en que las hambrunas se pueden prevenir con voluntad política…
En fin, mientras tanto, millones de vidas dependen de esa voluntad política.
A esta grave problemática de la alimentación, debemos sumar conflictos que se originan por el consumo de alimentos transgénicos, los contaminados con metales pesados, los que se venden en lugares públicos sin el debido control bromatológico o que ingresan al país de contrabando, e incluso la creciente ingesta de microplásticos.
Toda una problemática abigarrada, crucial para el sustento y el futuro de la humanidad, a la que no se le presta la debida atención, ya que está íntimamente relacionada con la salud y la enfermedad.
En lo que atañe a los cultivos transgénicos, el uso de agrotóxicos tiene fuerte impacto en la salud pública y en el medio ambiente.
Estos han sido clave para facilitar la mayor concentración corporativa de la historia de la alimentación y la agricultura. Media docena de empresas transnacionales controlan el total de los transgénicos sembrados comercialmente en el mundo, y a su vez son los mayores fabricantes globales de agroquímicos, situación que explica que el 85 por ciento de los transgénicos sean cultivos destinados a resistir grandes dosis de herbicidas y plaguicidas.
Los principales productores de cultivos transgénicos, Estados Unidos en primer lugar, seguido de Brasil y Argentina, en conjunto producen casi el ochenta por ciernto de la cosecha global. Detrás de este comercio, donde hay que considerar el cambio climático así como los «ajustes económicos estructurales», se mueven intereses opacos que intentan controlar los sistemas agrícolas manipulando el suministro de semillas, y se procuraría mediante mecanismos de coerción crear mercados para la industria biotecnológica y de los alimentos modificados genéticamente.
En cuanto a la contaminación de los alimentos con metales pesados (plomo, cadmio, arsénico) se los halla a lo largo de la cadena alimentaria. Y en lo que hace a las distintas categorías de alimentos, existe un monitoreo de estos productos y límites que establece la legislación internacional, pues, se procura impedir un riesgo para la salud.
Pero la toxicidad que produce la ingesta de metales pesados está ligada a la contaminación ambiental. Un caso típico es el consumo de pescado proveniente de ríos contaminados por los desechos químicos de las fábricas que ilegalmente vierten estos productos, y las víctimas son poblaciones muy pobres que tienen como principal recurso alimentario la pesca.
Por otro lado, el consumo de alimentos de dudosa procedencia, por caso huevos o alimentos caseros (embutidos, lácteos, carnes) sin control bromatológico, conlleva el riesgo de llevar bacterias (salmonella, Escherichia coli) que constituyen fuente de enfermedades transmitidas por alimentos (ETA), y que en ocasiones producen cuadros clínicos severos.
Un tema preocupante y en investigación es el de los microplásticos y nanoplásticos, que hasta el momento no se sabe con certeza el real impacto de su acumulación en el organismo y su relación con ciertas enfermedades.
Los plásticos, derivados del petróleo, no solo se hallan en los alimentos, también en el agua embotellada y en los envases (no calentar la comida con los envases de plástico).
Al respecto, se han detectados miles de sustancias químicas derivadas de plásticos que son utilizados para el almacenamiento y envasado de alimentos. Las micropartículas de plástico atraviesan el epitelio intestinal, la barrera hematoencefálica que protege al cerebro e incluso llegan al cordón umbilical, y se acumulan en los órganos.
La correcta alimentación de la población es uno de los pilares del mantenimiento de la salud y, en el caso de las poblaciones vulnerables y ya vulneradas, suele plantearse un dilema ético: tener que alimentarse a base de productos que no son los indicados desde el punto de vista del cuidado de la salud o padecer hambre con sus inhumanas consecuencias. Una encrucijada para los Derechos Humanos.
La verdad es que no se concibe que en el mundo haya millones de seres humanos con inseguridad alimentaria y mucho menos que padezcan hambrunas, cuando en el mundo existen suficientes alimentos para evitar esta tragedia.
- Roberto Miguel Cataldi Amatriain es médico de profesión y ensayista cultivador de humanidades, para cuyo desarrollo creó junto a su familia la Fundación Internacional Cataldi Amatriain (FICA)



