El libertarismo: un montaje extremista, injusto y populista

Roberto Cataldi[1]

El célebre lema de la Revolución Francesa se esparció por el mundo alimentando esperanzas en individuos y pueblos, e impulsó guerras independentistas y revoluciones.

La libertad, implica «autonomía de la persona», pues, sin autonomía no hay libertad posible, y claro, sin libertad tampoco hay dignidad (comenzando por la libertad interior).

Ahora bien, convivir en sociedad exige hacerlo bajo una organización, que llamamos Estado, y el ceder parte de esa libertad permite que funcione la organización, sin que implique aceptar que el Estado avasalle nuestros derechos.

El freno a la tentación de avasallamiento está en la justicia, y en la prensa, ambas actúan como dique de contención de ambiciones autoritarias y concentración de poder. No es casual que hoy la justicia y el periodismo sean atacados por líderes con vocación dictatorial.

Un fenómeno en ascenso es el populismo, con su visión maniquea (amigo-enemigo), estilo carismático, lucha contra las elites (la casta política, la intelectualidad) y, su enfoque en lo socioeconómico o en el nacionalismo y la xenofobia.

En la esencia del populismo está el sometimiento de la justicia y el periodismo, y en materia económica, que sea un populismo estatista o privatista, de derechas o de izquierdas, no tiene relevancia, todos confluyen en un crudo autoritarismo.

Y así el lema: «libertad, igualdad, fraternidad», se convierte en una solicitud quimérica de sociedades ingenuas.

En este conflictivo y desolador clima de época, surge «el libertarismo», fusionado a la ultraderecha, y distanciado de la derecha clásica.

El libertarismo nada tiene que ver con aquel lema revolucionario, tampoco con el liberalismo, que más allá de poner el acento en la libertad del individuo y la libertad de mercado, defiende la democracia representativa, la limitación estatal, la tolerancia, el estado de derecho y se opone a cualquier absolutismo.

El general Charles De Gaulle fue un hombre de derecha, honesto, que vivía de su pensión militar (no aceptó el sueldo de presidente de Francia), ejemplarmente separó lo privado de lo público, y más allá de algunos errores políticos fue un firme defensor de la república, también supo cuando retirarse de la política.

Para los libertarios, la libertad de mercado es su principal bandera, que llevan a un extremismo inaudito y de consecuencias crueles, lo revela su taimado combate contra el Estado de bienestar y su egoísmo radical justificado en el anti-sistema, que procuran atemperar con explicaciones del llamado «egoísmo ético».

Donald Trump es el máximo referente de esta ideología en el poder, contrario a la globalización que impulsó EEUU con las dos guerras mundiales, y hoy de manera abusiva impone una «guerra aduanera», opuesta al libre comercio, utiliza la fuerza militar para destruirlo, mientras extorsivamente crea barreras arancelarias y procura hacerse de recursos naturales ajenos, a la vez que pretende controlar la opinión pública.

Los seguidores de MAGA creen que EEUU tiene derecho a entrometerse en cualquier país, injerencia que sostienen con el mantra de la «seguridad nacional». Y con el paraguas de esta doctrina, su imperialismo ideológico, militar y comercial logra imponerse en lugares remotos.

El discurso libertario se apoya en el cansancio que revela la población con los políticos por no cumplir con su tarea y la mala situación económica que afecta a la población, pero que sobre todo le cierra el paso a los jóvenes que no vislumbran un futuro, quienes se han convertido en sus máximos defensores a través de las redes sociales.

En la TV alemana (DW) pude ver hace poco el reportaje que le hicieron a los principales protagonistas de la primera República Libre de «Liberland», fundada en una pequeña isla de siete kilómetros cuadrados sobre el Danubio, entre Croacia y Serbia (tierra que nadie reclamaría). Fue autoproclamada en 2015 por Vít Jedlička, su presidente, quien sustenta el libertarismo extremo o anarcocapitalismo. Lo curioso es que allí no vive nadie, pero quien permanece siete días a la intemperie puede obtener la nacionalidad y el pasaporte. Cerca de un millón de personas ya habrían solicitado la ciudadanía, aunque solo se otorgaron poco más de mil.

Como estado soberano no está reconocido por la ONU ni algún otro país, se maneja con criptomonedas, y es considerado un club exclusivo para gente muy rica que tiene cuentas en «paraísos fiscales». Para ser aceptado es necesario demostrar antecedentes que lo ameriten o aportes financieros. Los contactos políticos de su presidente son del máximo nivel, y van desde Dubái a los Estados Unidos.

Los libertarios entrevistados se encargaron de aclarar que no desean la destrucción del Estado (principal objetivo del anarquismo por proteger a la clase dominante), sino que éste sea mínimo (minarquía), que se ocupe de la seguridad y la propiedad privada (léase sus propios intereses económicos), y además que no haya impuestos, en todo caso que sean «impuestos voluntarios»…

Sus dirigentes, todos empresarios, financistas y gente de negocios, publicitan un éxito desbordante, y creen que su utopía capitalista se propagará por todo el planeta, al extremo que en el futuro el mundo estaría cubierto de pequeños estados libertarios. A todo esto, uno se pregunta dónde está el curro (en Argentina «negocio sospechoso»), pues, con este montaje alguien se beneficia.

Esta «nueva derecha» que sostiene una «batalla cultural», con epicentro en los Estados Unidos e inocultable relevancia del «supremacismo blanco», condena las fallas de las instituciones (lo que no amerita su destrucción), y carga las tintas en los «abusos de la democracia». El libertarismo revela un fuerte cariz reaccionario y en lo moral a menudo recurre a la doble vara…

Carl Menger (escuela austríaca de economía), Ayn Rand, Ludwig von Mises y sus discípulos Murray Rothbard y Friedrich von Hayek, o Hans-Hermann Hoppe, son algunos de los precursores intelectuales de este movimiento.

Friedrich von Hayek, en 1981 auge del neoliberalismo con Reagan y Thatcher), durante una visita a Chile, bajo la dictadura de Augusto Pinochet, habría declarado a El Mercurio: «Mi preferencia personal se inclina a una dictadura liberal y no a un gobierno democrático donde todo liberalismo esté ausente».


Roberto Miguel Cataldi Amatriain es médico de profesión y ensayista cultivador de humanidades, para cuyo desarrollo creó junto a su familia la Fundación Internacional Cataldi Amatriain (FICA)

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