Comedia dramática plagada de guiños humorísticos y agradables sorpresas, St. Vincent, genuina producción del cine independiente de Estados Unidos, con sus defectos (entre otros, el horrendo cartel que le acompaña) y virtudes, entre éstas la de estar interpretada por grandes actores y ese toque subversivo que lleva a la reflexión, en medio de la sonrisa.

Bill Murray tiene casi dos horas para evidenciar sus formidables dotes de actor en un papel de esos que se suelen definir como “muy humano”; Melissa McCarthy sorprende un registro dramático al que no nos tenía acostumbrados y Naomi Watts consigue dar vida creíble a una prostituta emigrante, embarazada y vulgar. Pese a reunir todos los ingredientes de una historia políticamente incorrecta, el final de la película –escrita y realizada por Theodore Melfi (Winding Roads, Roshambo), un afroamericano que en los ’90 trabajaba como cocinero en un restaurante italiano de Los Angeles- es un himno al amor del género humano y un emotivo homenaje, quizá excesivamente melodramático, a todas esas personas que juzgamos marginales sin conocer sus verdaderos motivos. Llamarlas santas quizá resulte excesivo, pero de alguna manera tenían que plasmarse la educación católica que el pequeño recibe en el colegio, y las ingenuas propuestas de trabajo escolar de un cura, pese a su juventud desorientado y alejado de la realidad de la calle.
Como he leído en una crítica americana, en St. Vincet “cada día es el día de Bill Murray” como hace años era siempre “el día de la marmota” en otra de sus inolvidables interpretaciones.



