«La fiesta de despedida» –comedia israelí sobre la eutanasia (mejor, sobre el derecho a la eutanasia)- me trajo a la memoria aquella magnífica película canadiense que era «Las invasiones bárbaras».

A instancias de la mujer del enfermo, que no soporta verle sufrir y ha decidido acceder a sus deseos de acabar, deciden construir una máquina que le ayude a marcharse al mas allá siguiendo los protocolos que se aplican en Dignitas, y otras organizaciones humanitarias (y no por ello menos mercantiles) suizas, que se ocupan de proporcionar a los enfermos todo lo necesario para que lleven a cabo un “suicidio asistido”. Para los cinco amigos, los problemas empiezan cuando otros residentes empiezan a solicitar sus servicios.
Una película provocadora pese a la delicadeza extrema que han empleado sus autores en el tratamiento de la historia y los muchos toques de humor que ayudan a entender que también es posible reírse de la muerte y hacer digerible el difícil tema tratado, de rabiosa actualidad: el de los cada vez más pacientes que en los países avanzados se mantienen durante demasiado tiempo con vida –una vida cuya calidad se ha deteriorado más allá de lo soportable- gracias a los avances médicos en los tratamientos de accidentes vasculares cerebrales, enfermedades cardíacas, cáncer o enfermedades que deterioran la capacidad cognitiva; y el de los gobiernos que no se atreven a encarar la posibilidad de legislar ese “suicidio asistido” que reclaman muchos enfermos terminales. La delicadeza con que el grupo de veteranos actores interpretan a sus personajes contribuye también en gran medida a hacer creíble una historia en la que se barajan distintos puntos de vista, y distintas actitudes frente al dilema existencial.
Una obra militante sobre la ética del suicidio asistido y el derecho a morir dignamente que elude, con gran inteligencia, el debate religioso y político para centrarse en la separación de los seres queridos, desde una perspectiva humanista.



