Carta a la madre

Maite Pérez

Recordando la “Carta al padre” de Kafka

Querida madre:

Acaban de traer noticias tuyas y, desde el otro extremo del mundo, pienso en ti. Recuerdo que de pequeña me creía todo cuanto me decías. El hecho de que tú afirmaras o negaras algo le daba a ese algo la posibilidad de existir. Eras el ser más fuerte de la tierra, porque eras quien me sostenía.

Te habría gustado ser la mejor madre y que yo te lo dijera. Y yo te fui conociendo y queriendo a la vez que lo hacía conmigo misma. Me enseñaste a pedir lo que necesitaba: que me tocaras, que me abrazaras si estaba triste… Y tú me lo dabas. Te lo agradezco, madre. Sé que hay mucha gente de tu generación que no ha sabido nunca pedir lo que necesitaba.

Eras la autoridad en casa, y se sentía. Y eras también el vientre y el abrazo más cálido cuando se necesitaba. Tú siempre estabas. Encerrada en tu despacho, de viaje, en la cocina, conmigo, con otro o con nosotros, pero siempre se sabía dónde encontrarte.

Nunca me obligaste a comer, y para mí la comida se convirtió en un placer. Me enseñaste a masticar: a sentir primero lo que metía en la boca, dentro de mi cuerpo de niña. Me enseñaste a pensar mientras mezclaba la comida con la saliva, jugos producidos por mí, en cómo aquella mezcla iba a nutrirme.

Me enseñaste también a pagar todas mis deudas, con el Cesar y con Dios. Y a respetar los compromisos que adquiría. El tuyo conmigo me lo recordabas con frecuencia: “Darte formación hasta la mayoría de edad, y ayudarte a ser independiente de mí lo antes posible”.

Recuerdo perfectamente la fiesta que organizaste para celebrar mi mayoría de edad, que era festejar mi entrada en el mundo de los adultos como una más, y el final de tu compromiso conmigo. Sentí que te aliviabas de un peso y me lo dabas a mí. Ahí sentí que mi vida ya era mía. Y, a pesar del vértigo, fue un placer. Has seguido estando siempre.

Hoy me han dicho que vas a morir. Que lo sabes y esperas tranquila el momento. Si yo estuviera contigo, seguro que me hablarías del privilegio que supone esperar la muerte sabiendo los días que te quedan. Por si estás saldando tus deudas con la vida, quiero que sepas que conmigo no las tienes. Cumpliste.

Me despido de ti tranquila, madre. Si existe la reencarnación, a lo mejor volvemos a encontrarnos. Me gustaría.

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