El estado propietario de la URSS

En 1917, cuando la revolución bolchevique dio fin al régimen zarista, Lenin abolió la propiedad privada de la tierra; lo que consolidó Stalin años después.

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Dacha rusa

Y cuando viví en la Unión Soviética (octubre 1982 a febrero de 1985) el Estado era dueño de todo, con excepción de las embajadas de países extranjeros, koljoses y dachas.

Le pertenecían las palas con las que viejitas jubiladas quitaban la nieve fuera de las estaciones del Metro, las básculas callejeras para que la gente se pesara por un kopek (centavo) y las grandes fábricas de materiales de construcción, aviones y armamento.

Las casetitas que cambiaban suelas de zapatos y vendían agujetas, los baños públicos y los carros de madera que en verano llegaban a los parques con Kvass, deliciosa bebida hecha con pan de centeno fermentado, cuyo sabor me recordó a la cebadina que venden en Uruapan, Michoacán.

Los asadores callejeros donde se vendía shazlik (brochetas de carne y verdura) y las máquinas expendedoras de helados y de mineralni o frutobaya vada, ricas aguas a las que me resistía por no usar el vaso común que apenas si se enjuagaba, antes de dejarlo en su lugar para el siguiente cliente; afortunadamente no había Covid.

El mercado de animales con su variedad de ganado, pájaros, gatos y no sé si perros porque no recuerdo haber visto alguno en mi edificio o deambulando por las calles.

La piscina moscovita al aire libre, donde se podía nadar a temperaturas de varios grados bajo cero sin sentir frío, porque protegía una nube de vapor de medio metro.

Las estalobaia (comedores populares) con infame comida y los restaurantes de exquisitos platillos; las peluquerías y parimajerskaia (salones de belleza), cines y panaderías con rico pan; que ese sí, nunca escaseaba.

Los expendios de vodka siempre con montones de borrachos en la puerta, que se ponían sobre el pecho uno o dos dedos para indicar los que faltaban, para poder comprar una botella y dividirla entre tres.

Los kioskos de diarios que eran únicamente oficiales, donde también vendían escuditos y estampitas con la imagen de Lenin de todas las edades.

Los almacenes de abarrotes y de cosas nuevas o usadas y el taller de alta costura que fabricaba maravillosos abrigos de pieles y ropa femenina carísima y llena de olanes y velos, sin nada que ver con la vida diaria y las apreturas del Metro.

Y las funerarias que maquillaban a difuntos y proporcionaban encargadas de organizar el sepelio, fotógrafos para el recuerdo final y un paquete luctuoso de bebidas, alimentos, cristalería y manteles para que fueran despedidos como corresponde.

Era también el Estado el que proporcionaba todos los servicios; fueran urbanos, religiosos, políticos, médicos, sanitarios, culturales, educativos, recreativos, sociales, o de transporte y la producción, distribución o importación y venta de todo lo que había.

Desempeñaba muy bien lo relativo a seguridad; porque se podía caminar donde fuera y a cualquier hora sin peligro.

El lavado de sábanas y mantelería, que quedaban impecables y almidonaditas y el aseo y conservación de avenidas, calles, parques y plazas; difíciles y costosos, porque cuando no nevaba llovía.

Y se lucía en las grandes celebraciones civiles, como desfiles y sepelios de jerarcas; y las fiestas ortodoxas, como la procesión del domingo de Resurrección, Voskresenie, para la que mandaban muchachos de la Kommunisticheski Soyuz Molodiozhi, (Unión Comunista de la Juventud) a cuidar que nadie molestara a los cientos de asistentes.

Pero no eran buenas la producción y distribución de alimentos y la atención al público, maltratado en dependencias oficiales y comercios.

En la tintorería del barrio, por ejemplo, antes de dejar una prenda, había que leer una pravilna (instrucción) pegada en la puerta, escrita en letras chiquitas y tantos artículos, que parecía constitución de algún país.

Especificaba que debían descoserse los botones con navajitas que colgaban de cordones; porque de no hacerlo, la máquina los achicharraría y no aceptarían reclamos.

Y señalarse las características de la mugre, haciendo un círculo con tiza blanca sobre las manchas y precisando si eran de mostaza, mayonesa, salmueras, verduras o aceite.

Como nunca la pude leer completa, no supe si aclaraba que trajes y abrigos cambiarían de color y tamaño y quedarían tan chicos que solo quedaba regalarlos a un niño o venderlos en una comitzia (segunda mano).

El Estado era dueño de casas y edificios y cobraba a sus inquilinos una renta que no podía exceder del veinticinco por ciento de las entradas familiares, lo que era muy bueno.

Además, el alquiler incluía luz, agua, calefacción, gas, mantenimiento anual de las tuberías y el mantenimiento que cada cuatro años hacían eficientes trabajadores que cambiaban el mismo día y a velocidades increíbles el papel tapiz de las paredes de todos los edificios de la cuadra.

Yo vivía en el departamento 56, que en ruso sonaba como kuartira pidiziat shest, de un bonito edificio en la calle Waltera Ulbricht, a pocas cuadras de la Estación Sokol del Metro y frente a un arbolado parque, lleno de ardillas.

Tenía tres amplias recámaras con piso de madera que no perdía su brillo con las trapeadas; alacenas y armarios, cocina y baño grandes y estaba equipado de todo a todo.

El manejo de los elevadores dependía de oficinas centrales y si olvidaba la llave del edificio, era necesario marcar un número de identificación para que desde quien sabe dónde, la abrieran.

La basura no orgánica debía arrojarla al sótano, por una puertita que había en la cocina y un camión pasaba por ella.

Y depositar la orgánica en dos cubetas frente al elevador, que llenaban de peste escaleras y pasillos; y recogían semanalmente, para alimentar a los animales de los sovjoses.

Sovjoses y koljoses fueron resultado de la Kollektivizátsiya (Colectivización Forzosa) impuesta por Stalin entre 1928 y 1933, para aumentar la producción con granjas estatales que empleaba asalariados y cooperativas campesinas.

Esta política y el primer plan quinquenal de gobierno, que estableció que los propietarios debían aportar sus posesiones agrícolas y ganaderas a la colectividad, tuvieron pésimos resultados económicos y grandes costos sociales.

Alrededor de cinco millones de kulaks (campesinos ricos), la mayoría ucranianos, se negaron a acatar la disposición y fueron etiquetados como antisocialistas y asesinados o deportados a campos de trabajo en Siberia, donde cientos de miles murieron.

El gobierno fijó precios bajos para los agricultores y altos para el consumo, para invertir los excedentes en la industria.

Pero no lo logró y en cambio modificó para mal, la vida de millones que, para no morir de hambre, debieron emigrar a las ciudades.

Y algunos solo pudieron regresar al campo y a la producción, aunque fuera de autoconsumo, gracias a las dachas.

La palabra viene del verbo dat (dar) y en su origen fueron refugios de verano, que los zares regalaban a miembros de la corte.

Eran cabañas de madera no muy confortables, que por las duras condiciones climáticas se usaban solo en verano, pero tenían la ventaja de poder heredarse.

Y ganaron adeptos entre la clase media, por la obra de teatro El jardín de los cerezos, escrita por Anton Chejov en 1904.

Como ha sucedido siempre y en todas partes, con los del poder, los gobernantes soviéticos se agandallaban y tenían dachas grandes y con todas las comodidades.

Stalin tuvo varias y vivió en la de Kútsevo, en las afueras de Moscú, de 1934 hasta su muerte en marzo de 1953.

Grandes o pequeñas, pobres o ricas, en todas había huertas y los treinta millones de soviéticos que eran felices dueños de alguna, dedicaban los veranos a salar y ahumar pescados y carnes y cosechar frutas y verduras, para encurtidos y mermeladas que consumían durante el año.

Y mis amigos me decían que valía la pena la molestia de trasladar anualmente desde Moscú, muebles, ropa de cama y utensilios a esas cabañas veraniegas.

Teresa Gurza
Periodista. Soy mexicana, estudié la carrera de Historia y soy Locutora, Cronista y Comentarista y Licenciada en Periodismo, pero ante todo reportera. Me inicié en televisión en 1970 y fui reportera, conductora y productora de programas noticiosos; reportera de asuntos especiales de los diarios El Día, UnomásUno y La Jornada, y corresponsal en la Unión Soviética, Checoslovaquia y Michoacán. Por razones familiares, mi marido era chileno, viví en Chile más una década. He recibido muchos premios y reconocimientos, entre ellos el Nacional de Periodismo en Reportaje y ahora radico en México y escribo artículos para Periodistas en Español y otros medios.

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