Impuestos voluntarios en España

Incluso entre gobernantes españoles en ejercicio, ministros, secretarios generales y puede que hasta presidentes, la norma es afirmar con rotundidad que se pagan los impuestos a regañadientes “porque a nadie le gusta pagar impuestos”.

Siendo el entrecomillado una frase sin recorrido, lo peor que acarrea es la animadversión del personal a tributar y contribuir a la sociedad en la que vivimos y de la que nos beneficiamos: que la policía acuda a los cinco minutos de una llamada; que los bomberos salven un bosque; que la Guardia Civil detenga a los malos; que un 31 de diciembre a las 12 de la noche haya un médico para operar a tu hijo de apendicitis; que nuestros hijos puedan estudiar gratis hasta los 16 años o, simplemente, que haya carreteras, que las calles estén limpias tras un fin de semana de botellón, que abramos el grifo y salga agua o que pellizquemos la pared y se encienda la luz no son milagros que lleguen hasta nuestras casas por arte de birlibirloque, por más que justamente eso es lo que parecen pensar los defraudadores: el cableado eléctrico de la ciudad, el alcantarillado, la red de tuberías y sifones que traen el agua desde Cazorla hasta los grifos, las depuradoras, la salubridad del agua, el mantenimiento de los semáforos y hasta el desinfectante gratuito de los ambulatorios hoy centros de salud llegan a nosotros rápidos, en condiciones y con puntualidad gracias a nuestros impuestos.

Impuesto es una mala palabra, prefiero Contribución que es más solidaria, menos autoritaria y más adecuada a la realidad. Pero también es cierto que se llaman Impuestos y no Voluntarios y de ahí que cuando alguien se escaquea de pagar su parte todos los demás nos cabreemos.

No soy partidario de los aliviaderos fiscales como las SICAV o las off-shore porque son maneras complejas, sutiles e inalcanzables que sirven a los más ricos para pagar menos de lo que deberían, es decir, para hacer que su parte de la carga recaiga, de nuevo, sobre los demás claramente menos pudientes. Será legal, sí, y hasta puede que en sus círculos sociales sea algo digno de encomio, pero desde el civismo es inaceptable. Que Bertín Osborne, Imanol Arias o el Sursum Corda se amparen bajo el manto de legalidad solamente les convierte en ricos insolidarios, por más que no sean delincuentes.

Ser rico no es una condición que suponga privilegios frente a derechos y obligaciones cívicas: Bárcenas se apuntó al paro –no sé si llegó a cobrarlo-; Bertín tiene un hijo con una grave lesión cerebral al que la Seguridad Social ha ayudado con todos sus medios e Imanol Arias, tras dormir en los bajos del metro, encauzó su carrera en el Centro Dramático Nacional, público y nacido de nuestros impuestos, y la lanzó gracias a otros impuestos invertidos en RTVE, desde Anillos de Oro hasta el chollazo de Cuéntame donde si un día Hacienda metiera sus narices auditoras aparecería hasta el tesoro de Rackham el Rojo.

Que los ricos distraigan impuestos a través de SICAV, bonos al portador, divisas puente, inversiones opacas y donaciones tramposas será legal, pero es asqueroso. Que los que más tienen no asuman su parte de responsabilidad, lo que les “pertoca” usando ese verbo catalán tan perfectamente bien inventado, y se aprovechen de su fuerza financiera para torcer pro domo sua la legislación contratando asesores, abogados, lobbys y hasta comprándose un partido que cuando gobierna les hace Amnistías Fiscales a Medida, solo muestra la dificultad que tiene España como país y como sociedad de salir adelante: puede que Las Hurdes de hoy no sean las de los 70 donde ni alcantarillado había, pero siguen existiendo guetos, bolsas de pobreza y asentamientos humanos de personas tan personas como Arias Cañete, como Soria, como Imanol, como Bertín, como Lomana, como Pujol, que no pueden acceder a nada mejor.

No sé si tienen menos derechos a ojos de los afortunados o se lo han currado menos o han tenido menos suerte o menos ganas o menos estudios o menos oportunidades, me da lo mismo; lo que sí sé es que todos somos tan personas y tan ciudadanos como el que más y por muy legal que sea, escaquear impuestos es un robo social inaceptable.

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Analista político y económico. Mis armas son las palabras y mi razón mis convicciones. Me gustan los números y la economía a la que, sorprendentemente, hasta entiendo. Sé que hay otros caminos para nadar las aguas negras de la vida y que el que nos imponen -comer basura, tragar inquina y vaciarnos los bolsillos- es el resultado de mezclar ineptos gobernantes con espabilados banqueros. Soy filólogo, soy letraherido y he vivido en Suiza, en Inglaterra y en Colombia. En España he vivido en Barcelona, en Madrid, en San Sebastián y en Cádiz y mi alma y mi carácter son castellanos: seco y claro, aunque con un sentido del humor ácido y las más de las veces corrosivo cuya primera víctima soy yo y la segunda la realidad estrambótica que me rodea. Mi ley es la opinión y prefiero construir a destruir, sumar a restar, el ruido al silencio, la furia a la calma del camarón dormido en la corriente. Amo nuestro siglo de Oro y no creo que otro mundo sea posible: estoy absoluta y completamente seguro de que es así.

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