La vendedora de flores superviviente de un genocidio

La conocí vendiendo flores para los que hacían ofrendas en un templo a orillas del río Tonle Bassac, en Phnom Penh. A pesar de la cuarteada apariencia de su rostro, vívido retrato de quien había vivido una existencia intensa, la anciana aún no había cumplido los 74 años de edad, y su historia se me hubiera pasado por alto, de no ser porque se trataba de una superviviente del genocidio de los Khmer Rouge (Jemeres Rojos), que asoló Camboya especialmente durante el período del terror que tuvo lugar desde 1975 a 1979. 

Javier Sánchez-Monge: Yey Tang junto al Tonle Sap
Javier Sánchez-Monge: Yey Tang junto al Tonle Sap

 

La abuela “Tang” (Yey Tang en idioma Jemer) había nacido en 1942 en la provincia de Prey Veng en el seno de una familia sumamente pobre que no pudo costearle ningún tipo de estudio y –curiosidades del destino- el hecho de no haber podido aprender a leer o a escribir sería lo que más adelante le salvaría la vida.

Durante el período más terrible del gobierno dictatorial de Pol Pot se produjo un comportamiento social paranoico en el que todos los supuestos enemigos del régimen fueron perseguidos, interrogados, torturados o asesinados muchas veces junto a todas su familia y en el que se llegó a exterminar a casi cuatro millones de seres humanos, el equivalente a un cuarto de la población de Camboya.

En el cruel afán de eliminar a todos los posibles disidentes para con el régimen, todos aquellos que profesaban una religión, tanto budista, como musulmana o católica fueron perseguidos y asesinados, además de todos los supuestos espías, todos los que habían estudiado, todos los que hablaban algún idioma extranjero, todos los que representaban profesiones que requerían educación universitaria o incluso todos los que simplemente parecían “sospechosos”.

La abuela Yey Tang me comentó que el simple hecho de llevar gafas era suficiente para que se fuera considerado un intelectual enemigo del régimen y que una persona así, inmediatamente era “purgada” (asesinada) por lo que entonces nadie llevaba gafas.

Según ella, el lema del gobierno de Pol Pot era que no se perdía nada con la muerte de un inocente, pero sí se ganaba si inicialmente había sido considerado sospechoso, ya que ante la duda era mejor eliminarlo.

Para Pol Pot, la “gente nueva” (destinados a conformar la nueva sociedad de Camboya) había de ser gente absolutamente ignorante, campesinos o indígenas sin estudios en los que se pudieran imprimir los valores de la nueva sociedad sin discusión alguna y moldear sus valores para que lucharan por la nueva Republica de Kampuchea (Camboya).

Cuando la época más cruel de la dictadura asoló el país, muchos habitantes que anteriormente habían ocupado profesiones en las que se requerían estudios, se esforzaron en vano para hacerse pasar por campesinos sin cultura alguna y evitar así que les asesinaran, pero a menudo fueron reconocidos por antiguos compañeros y delatados.

El hecho de que Yey Tang no supiera ni leer ni escribir, además de haber sido reconocida por otros campesinos como una antigua campesina de origen muy humilde, fue suficiente para que hoy, a sus 73 años de edad conserve la vida, y pueda vender flores junto a un templo.

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