A los que hablan en el nombre del pueblo

Escribo estas líneas en un momento en que los populismos, tanto de derechas como de izquierdas, cobran fuerza en distintos lugares del mundo, España incluida, enarbolando la bandera de que al parecer son ellos, y solamente ellos, lo que hablan y actúan “en el nombre del pueblo”. Aupados en el pedestal de su soberbia o apoyados en el atril de su ignorancia, parecieran olvidar que cuando se evoca la palabra pueblo, en cualquier concepción democrática, debe declinarse en plural.

Y ello porque el término pueblo, que viene del latín populus, nos dice que “es el conjunto de personas de una nación”, como acepción más común. Si bien no es nuevo el apoderamiento de la palabra por parte de algunos, ya sean políticos que se creen iluminados por el aura de la verdad o formaciones políticas de un extremo u otro muchas de las cuales han devenido en dictaduras, tenemos unos ejemplos en estos últimos días, además de unos apuntes que servirán para refrescar la memoria de lo que ha sido la Historia, con mayúsculas, en este terreno de las creencias.

Así, hemos podido ver un eslogan de Jean Marie Le Pen, líder del Frente Nacional francés, según el cual ella habla “en el nombre del pueblo”. Lógicamente, lo hace desde la extrema derecha, y según su credo político quiere “limpiar” Francia de islamistas indeseables, extranjeros innecesarios y sacar al país galo de la Unión Europea, entre otras cosas. Le Pen fue la primera política europea en felicitar a Donald Trump por su triunfo en las elecciones norteamericanas, avisando de que por ahí pueden ir sus tiros.

¿Y qué decir del ínclito y nunca bien ponderado Donald Trump? Después de faltar al respeto e insultar a mujeres, latinoamericanos, musulmanes, negros, periodistas, discapacitados, de pretender levantar un muro frente a los “drogadictos” mejicanos. Después de todo eso, y tras ganar las elecciones, resulta que se descuelga diciendo que “lo único que cuenta es la unidad del pueblo. El resto de la gente no cuenta”. Pero entonces, ¿qué hacer con los millones de personas que no le han votado? ¿Serán parte del pueblo, de su pueblo?

La lista de sátrapas o dictadores que han abusado de su poder o autoridad arguyendo que lo hacían “en el nombre del pueblo” resulta interminable, al tiempo que terribles y espeluznantes han sido sus consecuencias. De ahí que, cuando alguno lo hace, hay que prestar el máximo cuidado a las palabras de los salvadores “del pueblo”, no vaya a ser que, emulando las palabras de Bertolt Brecht, alguno tenga que decir: “cuando finalmente vinieron a buscarme a mí, no había nadie más que pudiera protestar…”.

Si nos fijamos en el pasado Siglo XX, tenemos a dictadores como los comunistas Lenin y Stalin que hablaban “en el nombre del pueblo” y en ese nombre asesinaron, ejecutaron sin piedad a millones de rusos que formaban parte de ese pueblo. Joseph Stalin llevó a la muerte a cuatro millones de compatriotas sin la más mínima piedad, ya fuera en la Siberia, en los Gulaj o campos de concentración donde eran tratados como animales hasta morir. Antes de comenzar la segunda Guerra Mundial ya se tenía repartido el territorio de Polonia con su colega Hitler, si bien no llegó a cuajar la operación porque ninguno de los dos se fiaba del otro, eran tal para cual.

Adolf Hitler ha sido sin lugar a dudas uno de los peores dictadores que ha tenido la Humanidad a través del tiempo, y también hablaba “en el nombre del pueblo”, para acabar llenando Europa de millones de cadáveres en una segunda Guerra Mundial de infausto recuerdo. El nacionalsocialismo no tuvo piedad con nadie, empezando por los propios alemanes que no estaban de acuerdo con sus ideas. El campo de concentración de Dachau, por ejemplo, comenzó a construirse en 1933 no para meter a los judíos solamente, sino para encarcelar a los “enemigos del pueblo”, ya fuesen comunistas, socialistas, sacerdotes, delincuentes, gitanos, homosexuales, etcétera. O Benito Musollini, otro dictador italiano que se amparó en el fascismo para llevar a su pueblo a la ruina. Primer ministro de Italia con poderes dictatoriales de 1922 a 1943, con un afán imperialista que le llevaría a invadir Etiopía, Libia y Albania, embarcándose en una segunda Guerra Mundial que sería la ruina del país.

Aquí en España, cuarenta años duraría el régimen impuesto por el dictador Francisco Franco, un militar levantado en armas contra el gobierno de la República española. Como no podía ser menos, también hablaba “en el nombre del pueblo español”, porque a fin de cuentas el pueblo eran él y los vencedores. Los niños de la posguerra tuvimos que aprender a machamartillo, a la fuerza, sí o sí, y memorizar que Franco era nuestro padre, nuestro guía, el vigía el Occidente, el libertador, nuestro salvador, el elegido por el Supremo para salvar a la patria, y por eso era “Caudillo de España por la gracia de Dios”, según constaba escrito en las monedas de curso legal. Entraba y salía bajo palio en la iglesia, cual emperador del sacro imperio romano germánico…

Ha habido otros muchos dictadores a lo largo del pasado Siglo XX y todos, por supuesto, se amparaban en el consabido “en el nombre del pueblo”. El líder chino Mao Zedong impuso una dictadura férrea a cientos de millones de chinos a través del Partido Comunista que dura hasta nuestros días. El ayatolá Jomeini derrocaría en Irán al Sha de Persia, imponiendo un régimen dirigido por los mulás y reimplantando la “sharia” o ley islámica, al tiempo que una brutal represión. Muamar El Gadafi gobernaría Libia a su antojo con el apoyo de su ejército hasta que le llegó su hora. Y todos lo hacían “en el nombre del pueblo”.

De ahí el sinsentido, cuando no desfachatez o estulticia de hablar por parte de algunos “en el nombre del pueblo”. En este suma y sigue ahí tenemos en estos días al primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan, que en la denominación presidencial se enfrentó a sus contrincantes con estas palabras: “Nosotros somos el pueblo. ¿Quiénes sois vosotros?”. Un político que después del intento de golpe de Estado, más bien simulacro de una purga programada, ha encarcelado a miles de políticos opositores, militares, estudiantes, opositores, ha cerrado cientos de medios de comunicación, universidades, de tal manera que la Unión Europea ha pospuesto el debate sobre la incorporación de Turquía a la UE. Por lo que respecta a Alemania, la nueva extrema derecha y xenófoba llamada Pegida se concentra desde 2014 bajo el eslogan de “nosotros somos el pueblo” diciendo que están “contra el islamismo, el uso fraudulento del asilo y la extranjerización provocada por la inmigración masiva que tiene su raíz en la pobreza”…

Dictadores, iluminados, políticos populistas de derechas o izquierdas se arrogan la representación “del pueblo” como algo que les pertenece en exclusiva, sin darse cuenta de que las sociedades son heterogéneas, pues en ningún sitio está escrito, afortunadamente, que el todo, el populus del latín, el pueblo al que todos pertenecemos, pertenezca a una parte que se cree con el derecho a utilizarlo como le venga en gana.

Nos lo enseñaron los griegos en el Siglo V a. de C., cuando acuñaron el término democracia, (demos-kratós) que traducido a nuestros días podríamos decir que “es el sistema que permite organizar a un conjunto de individuos en el cual el poder no radica en una sola persona, sino que se distribuye en el conjunto de los ciudadanos”. ¿Tan difícil le resulta entenderlo esto a algunos?

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@conradogranado. Periodista. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid. He trabajado en la Secretaría de Comunicación e Imagen de UGT-Confederal. He colaborado en diversos medios, como El País Semanal, Tiempo, Unión, Interviu, Sal y Pimienta, Madriz, Hoy, Diario 16 y otros. Tengo escritos tres libros: Memorias de un internado, Todo sobre el tabaco: de Cristóbal Colón a Terenci Moix y Lenguaje y comunicación. Soy actor. Pertenezco a la Unión de Actores y Actrices de Madrid. Trabajos en series de televisión, películas y publicidad.

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