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Murió el “Mamo” Contreras

“Te fuiste mojón por l’agua”… directo a las cloacas de la historia, pues se trata de uno de los más siniestros y sanguinarios asesinos de la historia de Chile; a la par que, sin lugar a dudas, el personaje más execrable y repudiado de la historia de Chile, luego de su jefe, el dictador innombrable.

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Manuel “Mamo” Contreras.

Francisco Javier Alvear

La primera frase corresponde al viejo refranero popular chileno que alude al “y nunca más se supo” o “a aquel que se perdió en el olvido” (Rivano Fischer, 2010) y hace mención directa al seudónimo que le impusieron al sátrapa sus compañeros de la Escuela Militar -una escuela de clase que forma la alta oficialidad del Ejército de Chile- en donde, también, se (mal)formó este siniestro personaje; cuyos característicos rasgos físicos, bajo, regordete y moreno, coincidían más bien con el aspecto de un buen “mojón”(en su cuarta acepción del DRAE el concepto alude a una “porción compacta de excremento humano que se expele de una vez”) que con el fenotipo (pseudo) “ario” de sus congéneres, la mayoría rubios, altos y de ojos azules. No obstante, con el tiempo terminaría identificándose definitivamente con el gansteril apodo del “Mamo” Contreras.

Pero más allá de su paso por dicha escuela, donde se granjeo el escatológico apodo, en su biografía consta su paso por la tristemente célebre Escuelas de las Américas de los EEUU (1967), una verdadera cantera del golpismo latinoamericano, pues prácticamente no hay golpista de esta parte del mundo que no haya pasado por sus aulas en plena Guerra Fría. Allí se especializó en temas de técnicas de contra insurgencia para combatir las guerrillas insurreccionales urbanas o rurales -la especialidad de la casa- tesis contrainsurgentes y contrarrevolucionarias del programa de Seguridad Nacional de dicha escuela encargadas de combatir al “enemigo interno”, articuladas con prensa y propaganda, so pretexto de la “defensa” de la democracia y libertad de expresión, por lo que muy tempranamente se vinculó a los servicios secretos estadounidenses (Alvear, 2014).

No por nada Joseph Kennedy ha dicho “que esta escuela ha producido más dictadores y asesinos que ninguna otro en las historia del mundo” (Chamy, 2015).

Siempre se negó -por ambas partes- por conveniencias mutuas, claro está, su pertenencia a la CIA, mas no así las estrechas vinculaciones (Departament State, 2000); aunque es casi seguro que fue un “activo” de este organismo desde muy temprano; ello explica en parte que se haya vinculado inicialmente al plan de desestabilización de la democracia chilena puesto en marcha por el presidente Kennedy en 1963 (Informe Church, 1975) -pocos meses antes de ser espectacularmente asesinado- y a los sectores más ultrones y golpistas del ejército chileno.

Dicho plan desarrolló un amplio y masivo programa de intervención y desestabilización (terrorismo y sabotaje) “de la democracia y el sistema social chileno desarrollado” (Informe Church, 1975; véase también en Randolph, 2014; Guardiola-Rivera, 2013). Se trató en la práctica de un mega-plan dual (Alianza para el Progreso y Covert Action) que, formando parte del giro estratégico de la política exterior estadounidense destinada a América Latina en el marco de la Guerra Fría (Erickson, K. P., & Peppe, P. V., 1976), fue diseñado al más alto nivel e implementado a gran escala con un coste de “más de mil millones, el mayor programa per cápita hasta entonces en América Latina” (Kissinger, 1975: 460); o, como lo señala William Colby en sus memorias, Honourable Men: My Life in the C.I.A. (1978), se trató del plan más amplio de desestabilización contra gobiernos izquierdistas practicado en todo el mundo (Colby, 1978). Su principal objetivo no fue otro que influir en el curso normal de los acontecimientos políticos en Chile con el propósito fundamental de evitar que Salvador Allende accediera a la primera magistratura de la nación y, más tarde, si esto fracasaba –como así ocurrió–, lisa y llanamente derrocarlo (Informe Church, 1975).

Es por todo ello que -con toda seguridad- llegó a organizar y conducir, desde el minuto cero del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, toda la maquinaria de terror y los primeros centros de confinamientos y de concentración golpista, con lo cual se granjeó, una vez creada la Gestapo del régimen, la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) a los tres meses del golpe (1974), la fama del hombre más temido, odiado y poderoso del régimen de facto; de él directamente dependía virtualmente, por entonces, la vida y la muerte de millares de chilenos y no solo para aquellos comprometidos con el derrocado gobierno popular, sino que cualquiera que pudiera caer, por angas o mangas, en sus sucias garras.

Aunque es conocida la frase del innombrable “que en Chile no se movía una hoja sin su consentimiento”; en cualquier caso Contreras siempre dijo en todos los juicios en que fue interrogado que el cumplía las ordenes que recibía de Pinochet que era el máximo responsable de la DINA. Como también lo es anécdota del careo entre ambos genocidas producido en el 2005. En el Pinochet enérgicamente le increpó: “Ud. mandaba en la DINA, general, que quede claro de una vez”. A lo que Contreras respondió: “Si general, pero Ud. era el que ordenaba todo y eso que también quede claro”. Lo cierto es que ambos nunca se retractaron de nada, nunca un ápice de autocrítica ni menos de arrepentimiento porque cobarde y cínicamente lo negaban todo.

Cabe consignar que uno de sus socios y aliados estratégicos  de este periodo es la siniestra Colonia Dignidad, un colonia de exjerarcas nazis huidos de la segunda guerra mundial, que en su mayoría terminaron sus días en la cárcel condenados por sus diferentes delitos de violaciones a los derechos humanos y por pederastia (como Paul Schäfer), cuando no fugados por idénticas razones de la acción de la justicia (doctor Helmuth Hopp).

Y a tal punto llegó su poder que trascendió las fronteras de Chile al organizar, en colusión con las dictaduras y policías represivas de los regímenes dictatoriales Chile, Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, Bolivia y esporádicamente, Perú, Colombia, Venezuela, Ecuador —con participación de los Estados Unidos-, llevada a cabo en las décadas de 1970 y 1980, como constan en el Informe Hinchey (2000), una coordinadora de exterminio de opositores izquierdista: de ello dan cuenta el Plan /Operación Cóndor, que costó la vida de miles de personas entre 1973 y 1977, y el alevoso crimen en Buenos Aires del general Prat y su esposa, Sofía Cuthbert, perpetrado poco más de un año después del golpe de Estado en Chile (1974).

Se supone que en virtud de los excesos cometidos en esta siniestra articulación de Guerra Sucia se granjeó la enemistad con sus otrora promotores y maestros de la CIA. De hecho el crimen del excanciller del presidente Allende, Orlando Letelier, perpetrado en Washington, en las entrañas mismas del poder imperial (1976), correspondió probablemente a una demostración de la megalómana fuerza de la desequilibrada guerra (no)declarada por el “Mamo” Contreras a los servicios de inteligencia estadounidenses (Propper, E.M. y Branch, T., 1984; Dinges, J. y Landau, S., 1990). Una guerra que selló su suerte definitiva y posterior destitución (1977), a la par que un juicio por extradición en los EEUU que estuvo a punto de convertirlo en el “Noriega” chileno, si no hubiera contado con la férrea defensa que hizo de él el fallecido e innombrable dictador chileno, como le llamaba Tony Blair, acaso uno de los pocos aciertos del este decrépito exprimier inglés.

La idea, parafraseando a Naomi Klein (2007), fue una declaración de guerra a la profecía de Allende (“la semilla regada a la conciencia de miles y miles de chilenos…”) y de arrancar las ideas de socialismo de raíz mediante el exterminio. El exterminio de la cultura de izquierda que, como señala la citada analista, en los sesenta principios de los setenta era la cultura popular dominante en América Latina: “era la poesía de Pablo Neruda, la música de Víctor Jara y Mercedes Sosa, la teología de la liberación de Sacerdotes para Tercer Mundo, el teatro emancipatorio de Augusto Boal, la pedagogía de Paulo Freire, el periodismo de Eduardo Galeano y el mismo Walsh. Eran los héroes y mártires legendarios del pasado, la historia reciente desde José Gervasio Artigas, pasando por Simón Bolívar hasta el Che Guevara” (Klein, 2007, pág. 144).

Llegada la (in)modélica transición chilena con su “(in)justicia en la medida de lo posible” elevada a categoría de dogma por uno de sus próceres, Patricio Aylwin, Contreras fue enjuiciado y condenado (1993) por casi todos sus crímenes cometidos; y para lo cual se construyó un penal de alta seguridad (cinco estrellas), Punta Peuco -al más puro estilo de los capos narcos- para que terminara sus días cumpliendo 529 años de cárcel (correspondiente a más cien procesos judiciales y a dos condenas a presidio perpetuo que suman en total más de mil años).

Paradojalmente, uno de estos privilegiados centros penitenciarios (“Cordillera” en donde estuvo cómodamente confinado el “Mamo” hasta el cierre del recinto) fue clausurado definitivamente, acabando con algunos de los vergonzantes privilegios penales de los criminales de lesa humanidad y brindada por el segundo gobierno de la entonces Concertación (Frei 1995), por el “Berlusconi Chileno”, Sebastián Piñera (2013).

Finalmente, si bien es cierto que murió, parafraseando a Benedetti, como mueren (o debieran idealmente morir) todos los criminales y delincuentes de esta calaña: en la cárcel y condenados de vida (simbólicamente, pues murió en realidad en el cómodo Hospital Militar). Lo triste, es que en Chile, no ocurrirá lo mismo con muchos de sus cómplices, por ejemplo, los  artífices e instigadores (verdaderos autores intelectuales) de la destrucción de la democracia y del genocidio chileno, muchos de los cuales hoy travestidos en “ejemplares” (pseudos) demócratas gozan de la total impunidad apoltronados en la comodidad que les ha  brindado el poder y el prestigio social por más medio siglo.

Al respecto, cabe recordar, por ejemplo, que el general Prats describió en sus memorias un episodio, que se suele ignorar, en el cual describía a un emisario que en nombre del presidente Eduardo Frei le ofreció con motivo del Tacnazo que diera un golpe de Estado (desplazando al general Schneider, quien al poco sería asesinado) para evitar que Allende y la izquierda llegara al poder (Prats, 1985), dicha descripción no puede si no corresponder a Patricio Aylwin (Uribe, 1974).

De haber existido un Núremberg chileno –no me cansaré de repetirlo- muchos de ellos habría que haberles cambiado sus cómodos sillones, presidencial, parlamentarios o ministeriales, por el banquillo de acusados, por el delito de alta traición a la Patria y su complicidad en los graves violaciones a los derechos humanos y magnicidios cometidos. Fueron más de 3000 las personas que mató la DINA en Chile (Valech, Comisión, 2011), muchos de ellos fueron cobarde y alevosamente asesinados, pues no contaban con más armas que sus ideas.

Seguramente, tendremos que esperar, los que no olvidamos y tenemos muy claro cómo y quiénes empezaron todo el horror de la tragedia de Chile, seguramente, a los próximos 50 años, para que toda esta información se desclasifique y, con toda, seguridad nos llevaremos más de una desagradable y mayúscula sorpresa con los nombres; ello si no aparecen antes los supuestos archivos secretos del “Mamo”, con los que tanto ha quitado el sueño, seguramente por todos estos años, a más de alguno de sus antiguos compinches de fechorías.

Bibliografía

  • Alvear, FJ. (2014) The University of Sheffield, The CIA, The ‘Unidad Popular’ and ‘El Mercurio’: history of a propaganda model, disinformation and lies. University Rovira i Virgili, Tarrragona, España.
  • Bernedo, P. y Porath, W. (2003 – 2004). A tres décadas del golpe: ¿Cómo contribuyó la prensa al quiebre de la democracia chilena? CUADERNOS DE INFORMACIÓN (16-17), 114-124.
  • Chamy, C. H. (8 de agosto de 2015). BBC-Mundo. Recuperado el 8 de agosto de 2015.
  • Colby, W. (1978). Honourable Men: My Life in the C.I.A. (London ed.). Hutchinson.
  • Departament State. (18 de septiembre de 2000). Hinchey Report on CIA Activities in Chile. Recuperado el 21 de agosto de 2014, Equipo Nizkor.
  • Dinges, J. y Landau, S. (1990). Asesinato en Washington: el caso Letelier. Santiago de Chile: Planeta.
  • Erickson, K. P., & Peppe, P. V. (1976). “Dependent capitalist development, US foreign policy, and repression of the working class in Chile and Brazil”. Latin American Perspectives (3), 19-44.
  • Guardiola-Rivera, O. (2013). Story of a Death Foretold: The Coup Against Salvador Allende, September 11, 1973. New York : Bloomsbury Publishing PLC.
  • Kissinger, H. (1975). Mis Memorias. De Buenos Aires, Argentina: Editorial Atlantida, S.A.
  • Klein, N. (2007). La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre. Barcelona: Paidós Ibérica.
  • Prats, C. (1985). MEMORIAS – Testimonio de un soldado. Santiago de Chile: Pehuén Editores Ltda.
  • Propper, E.M. y Branch, T. (1984). Laberinto. Santiago de Chile: Antártica.
  • Randolph, S. P. (2014). “Foreign Relation of the United States 1969-1976. Vol. XXI – Chile 1969-1973”. Washington, D. C: Department of State, USA.
  • Rivano Fischer, E. (2010). Dictionary of Chilean Slang: Your Keyb to Chilean Lenguage and Culture, Authorhouse.
  • Uribe, A. (1974). El libro negro de la intervención norteamericana en Chile. París: Editions du Seuil.
  • Valech, Comisión. (18 de agosto de 2011). “Informe Valech”. Recuperado el 12 de agosto de 2014, de www.indh.cl

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