Sigo leyendo los periódicos impresos a diario. Aunque no lo haga para buscar las noticias sino sus recovecos. Es decir, todo aquello que me habría perdido si hubiera intentado hacer lo mismo en los nerviosos repasos digitales, en los que la precipitación aumenta. Son siempre menos relajados cerebral y mentalmente que la vieja prensa.
De modo, que suelo afrontar los diarios impresos diariamente para seguir leyendo como el dinosaurio analógico que quiero ser. En esa primera mirada, leo apenas unas pocas cosas, apenas los titulares y algunos pies de foto.
Después, normalmente, en otro orden, y tapándome la nariz, vuelvo a lo impreso siguiendo otro orden que el que habría seguido en la pantalla yendo de arriba hacia abajo o al modo de la lectura diagonal habitual para la mayoría.

Y guardo el diario impreso para volver a él dentro de pocos días. Entretanto, busco más rápido mis publicaciones digitales, sobre todo algunas en las que publico yo mismo sobre todo.
Practico las redes sociales en el trono del cuarto de baño, en la parada del autobús y mientras espero en la cola de una ferretería. Estoy suscrito a Le Monde, versión digital, y chequeo otros (La Libre Belgique, L’Humanité, Libération y The Guardian, preferentemente). Cuando puedo, hago una revisión de medios europeos de media docena de países.
Más tarde, más o menos una vez a la semana, despliego todos los ejemplares de los diarios comprados en el quiosco (principalmente El País y La Vanguardia), también otras publicaciones impresas que haya recibido o comprado (revistas en inglés o diarios franceses, el diario Hoy, del grupo El Correo, la revista La Marea, Mongolia, etcétera.
Diversos amigos no dejan de enviarme su selección de textos escogidos, seleccionados, en El Salto, eldiario.es, Contexto (CTX) o InfoLibre, al mismo tiempo que recibo abundantes dosis de veneno y falsedades, mentiras y ponzoña disfrazada de información a través de las redes sociales en las que trato de nadar –incluso buceo– de vez en cuando, mientras sobrevuelan por encima los pájaros de los boletines radiofónicos, que suelen contrarrestar (para mí) la bandada de los envenadores profesionales.

En este batiburrillo de apariencia desordenada, me fijo en uno de las tribunas de Timothy Garton Ash, celebrado autor proeuropeo y británico, periodista de opinión liberal. Publica en The Guardian, El País y otros medios europeos, en The New York Review of Books, etcétera.
De acuerdo con esto y no con lo demás

No siempre lo leo y con frecuencia estoy en desacuerdo con sus hipótesis políticas. Sin embargo, localizo siempre detalles de interés en sus textos.
En junio, retuve un titular de El Mundo que repetía sus palabras y que me hizo reir por su carácter explícito : «Una economía de guerra es buena para producir munición, pero no patatas».
Para mí, es un intelectual europeo interesante. Aprendo de él al discrepar de muchos de sus puntos de vista. De algunos en otras ocasiones.
Ahora, en uno de mis repasos semanales de lo impreso, encuentro un artículo titulado Siete propuestas para blindar nuestras democracias, que en su versión digital se titula de otro modo aunque el contenido sea el mismo, donde se refiere a las estrategias necesarias para contrarrestar el auge de las derechas extremas (neofascismo o extrema derecha, que tanto monta).
Entre esas propuestas, reflexiona sobre la conveniencia de tener sistemas electorales de representación proporcional (en contra de la representación llamada mayoritaria, que está vigente en su país); sobre la necesaria neutralidad de la Administración civil y sobre los sistemas, organismos y organización electoral, donde en dos líneas despedaza «las artimañas» predominantes en Estados Unidos, cuando los republicanos vuelven a estar dispuestos a todo para vencer en las urnas; habla también de la necesidad de un poder judicial independiente, para referirse al «caos judicial» de Polonia. Quizá le falta darse una vuelta por España para establecer similitudes con las quiebras del sistema judicial vigente en Varsovia. Establece su preferencia por las monarquías constitucionales, el punto en el que estoy más radicalmente en contra de sus análisis. Soy un republicano irredento.
Pero de esos siete puntos rescato sobre todo los dos restantes. Garton Ash señala que en países como «Turquía y Hungría, los amigos oligarcas de los líderes poseen los medios más importantes». El autor dice que «puede parecer un pluralismo mediático perfecto», pero lo equipara a las viejas prácticas de los poderes autoritarios. «La censura está pasada de moda. Los autoritarios actuales controlan el discurso a través de la propiedad».

Timothy Garton Ash sitúa con claridad entre sus siete propuestas otra más inequívoca en defensa de los medios audiovisuales públicos. Y ahí está claro que tiene muy presente las campañas contra la BBC, que se apoyan a veces en hechos críticos y criticables, pero que en realidad –desde los oligopolios y el neoautoritarismo neo o prefascista– buscan quebrar otro muro de la defensa democrática. Éste es el punto en el que comparto más la propuesta de Garton Ash «para blindar nuestras democracias».
Dice así: La esfera pública común necesaria para la democracia está erosionándose en todas partes por la fragmentación y la polarización simultáneas derivadas de la versión capitalista estadounidense de la revolución digital. No hay muchas soluciones fáciles. No obstante, los países que cuentan con una cadena pública de confianza, como el Reino Unido, Canadá, Australia, Alemania o los países escandinavos, deben aferrarse a ella con todas sus fuerzas, proteger todavía más su independencia editorial, duplicar su presupuesto y aumentar su presencia en las redes sociales. El hecho de que el Reino Unido esté haciendo precisamente lo contrario y debilitando la BBC —probablemente la cadena pública más respetada del mundo— no es sino un ejemplo más de la capacidad aparentemente infinita de este país para hacerse daño a sí mismo.
Asimismo, en relación con los discursos dominantes en los principales medios de comunicación y en las redes sociales, que cada vez se parecen más, Timothy Garton Ash, afirma lo que sigue:
–La censura está pasada de moda. Los autoritarios actuales controlan el discurso a través de la propiedad. En Turquía y Hungría, los amigos oligarcas de los líderes poseen los medios de comunicación más importantes. A primera vista, puede parecer un pluralismo mediático perfecto, pero detrás de la máscara la realidad es totalmente diferente. En este aspecto, es casi imposible formular una regla general. La propiedad extranjera, por ejemplo, ha sido una maldición para los periódicos británicos (pensemos en Rupert Murdoch), pero en algunos países poscomunistas ha contribuido a defender la democracia (la cadena de televisión polaca TVN, por ejemplo). Cada caso es distinto.
Cuenta con mi acuerdo a medias. Habría mucho que hablar y discutir sobre el papel de la captura pirata de los medios de comunicación de la vieja Europa Oriental, por parte de los grupos mediáticos de Alemania y de otros países occidentales.
En cualquier caso, hoy resulta más útil que nunca reflexionar, cerca de ellos, con quienes se distancian de la llamada polarización para seguir defendiendo propuestas democráticas. Aunque sean opuestos a nosotros ideológicamente, pues no me olvido de otras propuestas de gentes como el profesor Garton Ash, que desde mi punto de vista obvian y evitan con demasiada frecuencia la lucha diaria por la igualdad social y desconfían del activismo social de izquierdas.
Pero como decía el final de aquella divertida película de Billy Wilder, «Well, nobody’s perfect !»



