¿Soda o bicarbonato? ¡Usted decide!

Siempre he cuestionado la actitud de las personas a las que les gusta hablar de lo que no saben; esas que no toman en cuenta el riesgo de perder credibilidad, de difundir cosas que no son ciertas y de dañar su buena reputación, si es que la tienen.

En el aspecto lingüístico, que es en lo que me desenvuelvo regularmente, existen los que se esmeran en «hacer gala» de sus conocimientos en esa materia, y se regocijan en corregir a los demás, generalmente con argumentos equivocados.

En reiteradas ocasiones he manifestado que no incurro en esa fea práctica, toda vez que ante las dudas prefiero abstenerme. Mi experiencia de más de treinta años en eso de escribir sobre impropiedades en el lenguaje me ha permitido manejar el asunto con gran facilidad; pero eso no implica que sea un experto ni pretenda serlo; soy simplemente un aficionado del buen decir.

Cuando me consultan sobre algo que no conozco bien, prefiero abstenerme de dar una respuesta a la ligera que, lejos de aclarar, pudiera oscurecer. Consulto, indago, investigo, pregunto, y solo cuando estoy seguro, doy mi opinión, con base en lo que está escrito al respecto, sin la terquedad de imponer mi criterio.

Hay palabras, frases y expresiones que cambian de nombre de acuerdo con el lugar. La fuerza de la costumbre y otros factores han influido para que en unas zonas se les llame de una manera, y en otras cambian de nombre.

Son muchas; pero para los efectos de este artículo, solo me referiré a las dos formas conque se conoce al compuesto que se emplea para hornear, como antiácido y para limpiar, entre otros usos.

En el caso de Venezuela, en algunas zonas es soda; en tanto que en otras, sobre todo en la región central, lo nombran bicarbonato. ¡Ahora! ¿Qué tiene que ver la soda con aquellas personas se dedican a cazar errores? ¡Les explicaré!

Ha habido ocasiones en las que he utilizado la palabra soda, por estar seguro de no incurrir en error; pero a algunos sabidillos del idioma les ha parecido un «cachazo» (como decimos en Venezuela); un despropósito, un atrevimiento, «un crimen de lesa gramática», imperdonable en alguien que se ocupa de hablar de impropiedades lingüísticas en los medios de comunicación social y en el habla cotidiana.

Lo curioso es que cuando les he pedido que me expliquen en qué consiste la falta, no pueden argumentarla, pues son de las personas a las que les gusta hablar de lo que no saben, a las que siempre aludo y aludiré en este espacio de divulgación periodística.

Soda es un nombre popular y está muy extendido en Venezuela y quizás en otros países de habla hispana, por lo que nadie podrá considerarlo impropio. Si alguien prefiere hablar de bicarbonato, que lo haga, está en su derecho; pero no está facultado para cuestionar a los que prefieran soda, dado que es un vocablo válido, y en materia de palabras, la autoridad no es la RAE, como muchos creen, sino el pueblo hablante, que las crea por necesidad expresiva, no se les olvide.

Mis conocimientos de química no van más allá de los que me impartieron en la educación secundaria, y por eso consulté la opinión de la profesora Omary Janeth Gutiérrez Graterol, quien gentilmente me aportó elementos con los que pude disipar muchas dudas.

Me aclaró que químicamente el nombre es carbonato ácido de sodio, y que eso de carbonato ácido no solo existe en el sodio, pues también es aplicable al potasio, magnesio, calcio y a otros elementos de la tabla periódica.

De modo pues que, no cuestiono a los prefieran bicarbonato en lugar de soda; pero que no se escandalicen cuando oigan la palabra soda, que es perfectamente válida.

Y si la intención de ellos es utilizar los términos adecuados, entonces deberán tener presente que el nombre del utilísimo polvo es carbonato ácido de sodio. Cuando necesiten sal comestible, vayan a un establecimiento comercial y pidan que les vendan cloruro de sodio, a ver cuál sería la respuesta del dependiente. Si algún día necesitan un analgésico, acudan a la farmacia (droguería en algunos países) y, en vez de aspirina, soliciten un ácido acetilsalicílico.

No es cuestionable que alguien se preocupe por escribir bien y hablar de mejor manera, sobre todo los educadores y comunicadores sociales; pero cuando esa preocupación supera los límites de lo razonable, se convierte en una necedad que, como toda necedad, no aporta nada productivo.

David Figueroa Díaz
David Figueroa Díaz (Araure, Venezuela, 1964) se inició en el periodismo de opinión a los 17 años de edad, y más tarde se convirtió en un estudioso del lenguaje oral y escrito. Mantuvo una publicación semanal por más de veinte años en el diario Última Hora de Acarigua-Araure, estado Portuguesa, y a partir de 2018 en El Impulso de Barquisimeto, dedicada al análisis y corrección de los errores más frecuentes en los medios de comunicación y en el habla cotidiana. Es licenciado en Comunicación Social (Cum Laude) por la Universidad Católica Cecilio Acosta (Unica) de Maracaibo; docente universitario, director de Comunicación e Información de la Alcaldía del municipio Guanarito. Es corredactor del Manual de Estilo de los Periodistas de la Dirección de Medios Públicos del Gobierno de Portuguesa; facilitador de talleres de ortografía y redacción periodística para medios impresos y digitales; miembro del Colegio Nacional de Periodistas seccional Portuguesa (CNP) y de la Asociación de Locutores y Operadores de Radio (Aloer).

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