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Adios a James Gandolfini, el mafioso melancólico de Los Soprano

El mejor actor de la mejor serie de televisión de todos los tiempos (según el sindicato de guionistas de Hollywood), James Gandolfini, el padrino de Los Soprano, ha muerto el miércoles 19 de junio de 2013 de una crisis cardíaca en Roma, donde se encontraba de vacaciones en espera de trasladarse el fin de semana a la Sicilia de sus ancestros para participar en una mesa redonda, en la sesión de clausura, y recibir el Premio Villa de Taormina en el festival cinematográfico que lleva el nombre de la ciudad.

James-Gandolfini

A los 51 años, un vulgar infarto –que siempre parecía a punto de producirse en cualquiera de los capítulos de la serie- ha terminado con la carrera del hombre que con un solo papel, el de Tony Soprano, jefe del clan mafioso de New Jersey y depresivo padre de familia, ganó tres premios Emy y un Golden Globe a lo largo de seis temporadas.

Los Soprano no solo es una serie excelente desde el punto de vista técnico del guión y la realización, que merece figurar en todas las filmotecas privadas y públicas, sino que representa también un punto y aparte en el mundo de las sagas televisivas al atreverse a contar la historia profundamente ambigua de un capo mafioso a la vez despreciable y entrañable: orgulloso y peligroso, Tony Soprano no se corta a la hora de eliminar todo lo violentamente que sea necesario a sus adversarios, mientras que en las sesiones con su psiquiatra se muestra como un ser débil y muy vulnerable.

James Gandolfini, una figura de culto en el universo de las series televisivas, el ya inolvidable mafioso afectado por repetidas crisis de angustia, había nacido en 1961 en New Jersey de padres inmigrantes italianos. En su faceta de inmenso actor consiguió adecuarse perfectamente a las características del personaje y, a pesar de sus atrocidades, seducir a los espectadores de todo el mundo. Quienes ahora escriben su panegírico recalcan que en su vida privada era todo lo contrario: una persona dulce, tranquila, reflexiva que, en las ocasiones en que no tenía más remedio, hablaba de su alter ego sin ninguna compasión: “Estoy cansado de hacer el papel de chico malo”, dijo en 2007, cuando ya se había grabado el desenlace, confesando que esperaba poder pasar definitivamente la página de la serie, que inició en 1999 y le ha dado fama internacional.

“El genio de James Gandolfini ha sido esa forma como azorada de cargar con todo el peso de Los Soprano, lo mismo que Tony Soprano carga con todas los caprichos de su familia a pesar de la rabia, la depresión, el cansancio. Era el centro de gravedad de la serie, el agujero negro en torno al cual evolucionaba todo el mundo. En el papel de su vida, Gandolfini prestó su vida a una obra maestra”.

Varias veces quiso dejarlo; los productores le convencieron a base de ponerle delante cheques para que continuara. Por lo visto, aparte del agotamiento, el personaje le hacía sufrir “porque adoraba esa clase obrera italo-americana de la costa este, de la que procedía y que ahora estaban reduciendo a migajas. Además, se daba cuenta de que el personaje estaba haciéndose mayor que la persona. En todas partes, los fans le llamaban Tony. Su obesidad bovina, su calvicie, sus gestos, su ropa de nuevo rico, su acento: todo en él se había convertido en un reclamo de la cultura postindustrial” (NouvelObs).

Antes de prestarle su silueta maciza y su rostro sonriente a Tony Soprano, el personaje que ha hecho la fortuna de su creador, David Chase, James Gandolfini tenía ya un activo cinematográfico importante. Le habíamos visto en True Romance (1993), She’s so lovely (1997) y 8mm (1999); después, cuando ya era el padrino de la costa este, le encontramos en El mexicano (2000), In the loop (2009) y recientemente en Zero Dark Thirty (2012), estrenada este invierno en España, interpretando al jefe de la Cia que dirige la operación militar estadounidense de acoso y derribo de Ben Laden en su feudo de Pakistán. Como productor, faceta que había empezado a explorar, trabajó en un documental sobre los veteranos de la guerra de Irak.

En 2004 –cuentan en la revista Nouvel Observateur- James Gandolfini fue el invitado de James Lipton en el célebre programa “Inside The Actor’s Studio”. En una emisión conocida por su aire desenfadado, Gandolfini entró en escena llevando un traje muy convencional y avanzó con paso cansino hacia un pequeño sillón en el que tuvo grandes dificultades para encajarse, resoplando y dejando que el pantalón se le subiera exageradamente al cruzar las piernas. Todos los espectadores –alumnos del celebérrimo Actor’s Studio, estallaron en carcajadas. El también. Antes de que pronunciara la primera palabra, la sala le dedicó un aplauso cerrado. “No era Gandolfini quien se había sentado. Era Tony Soprano, el mafioso melancólico, en vivo y en directo, incómodo en el sillón de la consulta de su psicoanalista, leitmotiv de la serie”.

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Sobre Mercedes Arancibia

Periodista, libertaria, atea y sentimental. Llevo más de medio siglo trabajando en prensa escrita, RNE y TVE; ahora en publicaciones digitales. He sido redactora, corresponsal, enviada especial, guionista, presentadora y hasta ahora, la única mujer que había dirigido un diario de ámbito nacional (Liberación). En lo que se está dando en llamar “los otros protagonistas de la transición” (que se materializará en un congreso en febrero de 2017), es un honor haber participado en el equipo de la revista B.I.C.I.C.L.E.T.A (Boletín informativo del colectivo internacionalista de comunicaciones libertarias y ecologistas de trabajadores anarcosindicalistas). Cenetista, Socia fundadora de la Unió de Periodistes del País Valencià, que presidí hasta 1984, y Socia Honoraria de Reporteros sin Fronteras.

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