Adolescentes: problemas de conducta y otros trastornos, cuando algo no va bien

Aproximadamente el 3.5 % de los jóvenes adolescentes entre los 13 y los 18 años presentan trastornos de conducta si han tenido algún problema a lo largo de su infancia, bien en la escuela o en el entorno familiar. Lo cierto es que estas personas debutan con una conducta desafiante que los padres normalmente abordan varios meses después de que haya sucedido.

La primera e incorrecta reacción es buscar la culpa, cuando esto realmente, dada la situación aprehendida, no tiene lugar por una sola causa. Tampoco es correcto restarle importancia y no ser conscientes de lo que sucede a continuación, dado que eso hará que sean adolescentes que mantengan una vida disruptiva durante al menos cinco años con el consiguiente problema que arrastra ese tipo de comportamiento en la vida familiar.

Por ello, hay que constatar durante al menos seis meses, si esto ya es una forma de vida, que es necesario pedir ayuda profesional y que estos adolescentes no tengan más adelante problemas graves en la edad adulta. Estos chicos que sufren algún trastorno disruptivo, comienzan teniendo una falta importante del control de los impulsos que les lleva a mantener una permanente conducta desafiante, incluso cruel con las personas de su entorno.

En algunos se llegan a producir conductas chocantes como puede ser la piromanía, la cleptomanía y otras conductas violentas que no formaban parte de su modus vivendi en los años anteriores. Su personalidad antisocial, les lleva a no tener un grupo de amigos y si alguno intenta aproximarse generalmente tendrán problemas como consecuencia de ello, especialmente por la falta del control de los impulsos.

De igual forma, pueden mantenerse otros trastornos paralelos que debutan a la vez entre los que se encuentra el trastorno negativista desafiante que tiene una prevalencia de entre el 1 y el 11%. Durante la infancia es más frecuente en niños que en niñas, con una proporción de 1,4:1, pero durante la adolescencia y la adultez no se encuentran diferencias entre sexos. La característica principal de este trastorno es la presencia de una serie de conductas y actitudes desafiantes o negativas en el niño o adolescente, que desembocan en enfados y discusiones. Estas conductas pueden presentarse solo en un ambiente que suele ser el familiar o el escolar, aunque en los casos más graves las conductas se presentan en todos los entornos.

Berrinches, ira contenida, irritabilidad permanente, desapego emocional, gritos, insultos, discusiones, actitudes vengativas etc, son el caldo de cultivo de un trastorno al que hay que ponerle coto porque el sufrimiento del joven es importante y se hace insoportable para los miembros de la familia. La figura de autoridad pasa a ser inviable y ni las reglas ni las normas están hechas para ellos con lo cual se generan transgresiones permanentes que llegan a ser verdaderamente graves en muchos casos.

Los síntomas crónicos e intrusivos relacionados con los trastornos del control de impulsos suelen provocar una serie de trastornos emocionales y conductuales que pueden dar lugar a distintas consecuencias que son realmente perjudiciales para el menor. Adicionalmente, las personas que luchan con un trastorno del control de los impulsos no poseen las habilidades necesarias para controlar sus comportamientos y emociones, lo que puede ocasionar dificultades significativas en distintas áreas de sus vidas.

Una vez detectada la patología, es conveniente realizar una terapia individual que no es otra cosa que un método de tratamiento diseñado para ofrecer a los pacientes la oportunidad de procesar sus emociones y pensamientos de manera personalizada con un psicólogo. En algunos casos más graves, se precisa la intervención de un psiquiatra y el uso de algunos medicamentos para regular los síntomas si estos son agudos. Manejar el estrés, mejorar la autoestima, mejorar la comunicación con sus iguales y adaptarse a la nueva forma de integrarse con la sociedad es el comienzo del cambio.

Este será duro y no será fácil que el menor cambie de forma de ser en varios meses, pero lo cierto, es que la terapia unida a otros cambios que le indicará el terapeuta mejorará ostensiblemente al menos, la relación con su familia y con sus iguales, algo que es necesariamente bueno dada la situación.

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PhD, Doctora C.C. Información / Periodista / Editora Adjunta de Periodistas en Español / Divulgadora Científica / Profesora Universitaria / Fotógrafo / Comprometida con la Discapacidad, los Derechos Humanos, la Infancia y la Tercera Edad / Miembro Consejo Asesor de la Fundación Juan José López-Ibor / Miembro del Comité Asesor de Ética de Eulen Servicios Sociosanitarios / Miembro de The International Media Conferences on Human Rights (United Nations, Switzerland) / Presidenta de D.O.C.E .- (Discapacitados otros Ciegos de España) - www.asociaciondoce.com / Coautora del libro EL CEREBRO RELIGIOSO junto a la Profesora López-Ibor. Editorial El País Neurociencia https://colecciones.elpais.com/literatura/62-neurociencia-psicologia.html / Autora del Libro Fotografía Social.- Editorial Anaya / Consultora de Comunicación Médica. www.consultoriadecomunicacion.comContacto Periodistas en Español: [email protected]

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