Roberto Cataldi
Si alguien quiere entender lo que está sucediendo en el caótico mundo actual, le aconsejo leer un par de libros de la primera mitad del siglo pasado: «El mundo de ayer» de Stefan Zweig (publicado en 1942, después de su suicidio) y «1984» de George Orwell (publicado en 1949, seis meses antes de fallecer por tuberculosis).
En efecto, estos dos autores, a través de una autobiografía y de una novela distópica, respectivamente, nos permiten entender la realidad real de nuestros días. Y la buena literatura, a su manera, suele revelar una conciencia anticipatoria, pero es necesario ser un buen lector para estar dispuesto a develarla.
Rabih Alameddine dice que, «Ninguna nostalgia se siente tan fuerte como la nostalgia por las cosas que nunca existieron». Y le doy la razón, ya que la nostalgia se ha convertido en un síntoma de época. En efecto, me sorprende cuando gente de mi edad evoca un pasado ilusorio, se olvida de las cosas terribles que pasaron y exalta solo lo que fue agradable. Claro, si esto sucede con los que vivimos ciertas épocas, pobres los adolescentes que no las vivieron y son engañados con relatos falsos. A Lenin le atribuyen la frase «idiotas útiles», aunque otros dicen que no hay evidencia en sus obras de que lo haya dicho.
El republicano Ronald Reagan impulsó la globalización en la década del ochenta, y su heredero político, Donald Trump, ahora impulsa el nacionalismo empresarial a ultranza, ambos de filiación neoliberal y, con el eterno libreto de que no hay vuelta atrás, pues hay que adaptarse para no sucumbir, sin embargo, creo que somos muchos los que por dignidad no legitimamos las injusticias y tampoco estamos dispuestos a resignarnos.
A Donald Trump, creador del enunciado mendaz: «Make America Great Again» (MAGA), a menudo se lo compara con Calígula, quien quiso nombrar cónsul a su caballo, también con Luis XIV, por su absolutismo, los rituales a su persona que llegaban a la intimidad y la célebre frase «El Estado soy yo», y finalmente con Hitler, cuyos actos de abominable crueldad están presentes en el común de la gente.
Todos terminaron mal, pero lo calamitoso es el daño humano que ocasionaron a las sociedades con sus desequilibrios mentales, en otras palabras, la enorme población que se cargaron, como suelen decir en España, o los que se llevaron puestos, según la expresión popular argentina.
A Trump y a sus patéticos imitadores, que sin duda son «administradores y gestores de la verdad», hay que dejarlos hablar para que hagan el ridículo, e incluso tiren abajo todo lo positivo de una nación. En Davos, Milei habría dicho que «Maquiavelo ha muerto» (es cierto, murió en Florencia, en 1527). Dicen que el año anterior a morir le confió a un amigo: «Me gustaría enseñarles el camino al infierno para que se mantengan apartados de él».
Nunca me interesó el maniqueísmo derecha e izquierdo, que siempre termina en un callejón sin salida, me gusta mirar con los dos ojos, y si ser progresista es defender la ética, el bien común, los derechos humanos, la libertad de expresión, las preferencias sexuales, el altruismo con las causas humanitarias, la salud del planeta, o luchar contra las desigualdades sociales, creo que en el mundo no pocos somos los «progres».
Los actuales apóstoles de la verdad y su vehículo, la información, o precisamente la «desinformación», ven toda disidencia como una «batalla cultural» y, curiosamente, la cultura es uno de sus flancos débiles. El discurso no puede imponerse a los hechos.
Como a Trump no le concedieron el Premio Nobel de la Paz, ya no se siente obligado a pensar en la paz… Y su ego se materializa en medidas vengativas, decisiones que toma según la hora del día. Ahora bien, donde están los otros poderes para poner límite a tanto disparate, pues, bastaría con obligarlo a que cumpliera con la Constitución, pero resulta evidente que algo no está funcionando en los contrapoderes.
Trump no invoca la Ley, no la necesita, él es la Ley… Y su desbordado ego cree poder no solo controlar y vigilar la realidad, sino crear otra realidad. En efecto, si la extorsión no es suficiente para doblegar al otro, está el poder militar que le responde ciegamente (a contrapelo de los tratados internacionales), porque convengamos que, la historia universal nos demuestra que el poder de fuego siempre otorgó derechos.
Al igual que aquellos emperadores de triste final, se considera un dios, y se esfuerza por mostrar en el escenario mediático y farandulesco, una fortaleza personal que no es tal, como todo ídolo con pies de barro. Claro que, además de las serias deficiencias de los contrapoderes, uno se pregunta qué pasa por la cabeza de más de setenta millones de personas que lo votaron por segunda vez…
Pues bien, es hora de asumir responsabilidades ciudadanas, ya que nadie puede alegar inocencia luego de una presidencia de cuatro años y, de intentar desconocer que había perdido la re-elección e incluso alentar la sublevación de sus seguidores contra las instituciones. Por lo visto, muchos de ellos creen que sus extorsiones, mentiras y locuras, son correctas, y por eso estamos en graves problemas.
En fin, no dudo que Putín y Xi Jimping (de la misma calaña), han de estar celebrando a sus anchas mientras el mundo se desangra.
• Roberto Miguel Cataldi Amatriain es médico de profesión y ensayista cultivador de humanidades, para cuyo desarrollo creó junto a su familia la Fundación Internacional Cataldi Amatriain (FICA)



