André y Dorine: el alzheimer como prueba de amor

No sé qué adjetivos ni epítetos puedo usar para hablar de André y Dorine que no estén ya gastados de tanto ponérselos. Máscaras emocionantes, emocionantes máscaras, qué más dará, aunque sí, es teatro de máscaras; y quizás el mérito esté en las máscaras, que te recuerdan a alguien muy viejo y querido. Pero también están los ademanes, tan estudiados; las actitudes tan logradas y el no hablar, que aquí vale por muchas palabras.

imageLuego está la música, también sin palabras, que, aunque compuesta por Yayo Cáceres, chileno, remite a las canciones que hablaban de París (un punteo que resuena intermitentemente es una frase de La vie en rosa) y ya al final, la música clásica que no admite réplicas. Es el fin.

Se me ocurre preguntar por qué sus nombres son franceses, André y Dorine, siendo sus autores vascos, y veo que la ocasión de preguntarlo en el encuentro con el público ya pasó. Tal vez les pareció que un escritor y una violinista sólo podían haberse conocido y enamorado de esta manera en aquel París de la bohemia que canta Charles Aznavour.

Hay parejas de ancianos famosas en el teatro francés, como los dos protagonistas de Las sillas, de Eugène Ionesco, dos ancianos que juegan a engañarse para revivir los éxitos pasados de él, pero no. Aquí el tema no es el autoengaño sino el alzheimer. Tal vez los hayan llamado así para deslocalizarlos y así poder pertenecer a cualquier lugar del planeta o de la galaxia, que todo llegará, porque André y Dorine, de Kulunka Teatro, vuelve a Madrid después de 4 años de gira internacional y 23 países recorridos. Y vuelven porque la vez anterior también se agotaron las entradas como se han agotado ahora.

El caso es que la función no es nada corta, dura hora y media, y tratándose de teatro de máscaras, y máscaras mudas por más señas, se puede decir que es una duración considerable. Se esperaba una obra breve. Hay risitas pero no risotadas, difícil reír con algo tan grave como las pérdidas de memoria, de recuerdos, de habilidades, de trozos de vida; sonrisas, todas y ensimismamiento del público porque, tratándose de una función sobre el alzheimer, no es monotemática.

Uno esperaría que todo fueran olvidos y pérdidas, que todo fuera una catástrofe detrás de otra desatada y así es, pero Dorine, pues de ella se trata, tiene a salvo de perdidas una memoria sorprendente para detalles inesperados que te coloca delante en el momento preciso con una sabiduría de director de escena, de manera que todo aparece por sorpresa y de golpe en nuestras vidas.

Luego está la versatilidad de los tres actores que, durante la hora y media, se turnan en los diferentes seis papeles sin que se eche en falta merma alguna en las actitudes características de cada personaje. Todo un reto interpretativo bajo las pesadas máscaras.

La compañía Kulunka Teatro se crea en 2010.

Título: André y Dorina
Dramaturgia: Iñaki Rikarte, Rolando San Martín, Garbiñe Insausti, José dault, Edu Cárcamo
Compañía Kulunka
​Reparto; Garbiñe Insausti, José dault, Edu Cárcamo
Director: Iñaki Rikarte
Escenografía: Laura Eliseva Gómez
Vestuario: Ikerne Jiménez
Iluminación: Carlos Samaniego “Sama”
Máscaras: Garbiñe Insausti
Música original: Yayo Cáceres
Espacio: Centro Cultural de la Villa Fernán Gómez Sala pequeña
Fecha: 28 de marzo de 2015 (Sólo hasta el 12 de abril)

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Doctor en Filología por la Complutense, me licencié en la Universidad de Oviedo, donde profesores como Alarcos, Clavería, Caso o Cachero me marcaron más de lo que entonces pensé. Inolvidables fueron los que antes tuve en el antiguo Instituto Femenino "Juan del Enzina" de León: siempre que cruzo la Plaza de Santo Martino me vuelven los recuerdos. Pero sobre todos ellos está Angelines Herrero, mi maestra de primaria, que se fijó en mí con devoción. Tengo buen oído para los idiomas y para la música, también para la escritura, de ahí que a veces me guíe más por el sonido que por el significado de las palabras. Mi director de tesis fue Álvaro Porto Dapena, a quien debo el sentido del orden que yo pueda tener al estructurar un texto. Escribir me cuesta y me pone en forma, en tanto que leer a los maestros me incita a afilar mi estilo. Me van los clásicos, los románticos y los barrocos. Y de la Edad Media, hasta la Inquisición.

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