Biden se concentra en Ucrania para olvidar Afganistán

Cuando el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, pronunció su discurso sobre el estado de la Unión el 2 de marzo 2022, los ojos del mundo se centraron, como es lógico, en Ucrania, y mientras todos los ojos están puestos sobre Ucrania, la crisis humanitaria de Afganistán ha sido olvidada, pero solo con la ayuda internacional podrán los afganos construir un futuro, informa Kern Hendricks¹ (IPS) desde Kabul.

Mientras se deshacía en elogios sobre los éxitos exteriores e interiores de su administración, Biden subrayó el apoyo continuo de Estados Unidos al pueblo ucraniano, incluso mientras millones de refugiados ucranianos huían de los combates en su patio trasero.

Pero hubo otra crisis que brilló por su ausencia en su discurso: el fin de la guerra de dos décadas de Estados Unidos en Afganistán, y el consiguiente desastre humanitario. Aunque su silencio sobre Afganistán no fue sorprendente, ya que la retirada estadounidense en agosto de 2021 fue percibida como un desastre, la omisión de Biden envió un mensaje claro. Estados Unidos, y gran parte de la comunidad internacional, se ha olvidado de Afganistán.

Aunque las imágenes de afganos cayendo del tren de aterrizaje de los aviones y de madres entregando a sus bebés sobre las concertinas en el aeropuerto de Kabul cautivaron al mundo durante un momento fugaz, una vez que los talibanes entraron en Kabul, la historia ya había entrado en declive para muchos observadores internacionales.

Una economía rota por los errores estadounidenses

Los caóticos acontecimientos de agosto de 2021 hicieron que la ya debilitada economía de Afganistán cayera en picado. La inflación se disparó mientras los residentes de las principales ciudades del país se apresuraban a retirar sus ahorros en efectivo.

Los cajeros automáticos se agotaron rápidamente y los servicios de transferencia de efectivo cerraron por completo o aplicaron estrictos límites de retirada que obligaron a los pocos afortunados a pasar días o incluso semanas haciendo cola para sacar pequeños incrementos de sus ahorros. Mientras el desempleo se disparaba, el coste de la vida también subía, llevando a las familias numerosas y multigeneracionales a un punto de ruptura.

Cuando los talibanes entraron en Kabul el 15 de agosto de 2021, la Reserva Federal de Estados Unidos congeló 7000 millones de dólares en activos pertenecientes al banco central de Afganistán, Da Afghanistan Bank (DAB). Aunque la intención era impedir que los talibanes accedieran directamente a los fondos, el resultado fue la separación de miles de familias y empresarios afganos de sus ahorros.

En los meses siguientes, los precios siguieron subiendo y las familias siguieron luchando a la espera de que se liberara el dinero.

Entonces, el 11 de febrero de 2022, Biden anunció que la mitad de los 7000 millones de dólares congelados no se reservarían para el pueblo afgano, sino para liquidar los miles de millones de demandas presentadas contra los talibanes por las familias de las víctimas del 11 de Septiembre de 2021 en Nueva York y otros puntos de Estados Unidos.

El anuncio causó un gran revuelo, incluso entre algunas de las mismas familias que iban a beneficiarse del anuncio. Incluso ahora, el gobierno de Estados Unidos no ha explicado claramente cómo se utilizará el dinero, a pesar de las graves necesidades sobre el terreno.

Mientras tanto, la comunidad internacional está atrapada en el limbo, tratando de encontrar la manera de hacer llegar el dinero y la ayuda a los afganos en apuros sin financiar directamente al gobierno afgano. Organizaciones como el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) han empezado a pagar directamente los salarios de los médicos y del personal sanitario, para que los hospitales y las clínicas puedan seguir funcionando.

Menos grave de lo esperado

A pesar de la agitación económica, en marzo de 2022 la vida en la capital parece aparentemente normal. El bazar más antiguo de la ciudad todavía bulle de clientes, y grupos de mujeres jóvenes charlan mientras cruzan la carretera cerca de la universidad de Kabul, esquivando taxis y motocicletas.

Los jóvenes siguen atravesando las colas del tráfico en hora punta, vendiendo bolígrafos y chicles a los aburridos conductores. Los policías de tráfico, de aspecto aburrido, hacen pasar a los coches por las intersecciones abarrotadas, y los vendedores de helados patrullan arrastrando sus carritos por las aceras. No es la imagen que muchos esperan.

Muchas de las restricciones más severas que la gente esperaba que los talibanes impusieran aún no se han materializado. Muchos restaurantes siguen poniendo música. Las mujeres caminan por las calles de Kabul sin burkas ni tutores masculinos, y muchos hombres siguen bien afeitados, aunque ciertamente hay más rostros con barba que antes.

Las mujeres asisten a clases (segregadas por género) en la universidad, y está previsto que los institutos femeninos vuelvan a abrirse cuando comience el curso escolar en primavera.

A pesar de algunas pequeñas concesiones, las perspectivas para las mujeres no son en absoluto halagüeñas. Las activistas de los derechos de las mujeres han sido encarceladas sin explicación alguna. Varias han desaparecido. Aunque algunas mujeres han vuelto a la vida pública en las grandes ciudades como Kabul y Mazar-e Sarif, otras permanecen en sus casas, temerosas de que el tacto de los talibanes cambie rápidamente.

La seguridad en todo el país ha mejorado indudablemente. Amplios tramos de carretera que eran intransitables debido a los combates y a los artefactos explosivos improvisados hace siete meses están ahora despejados. Pero hay indicios de que el respiro del conflicto puede ser de corta duración.

Si los talibanes no pueden proporcionar puestos de trabajo e ingresos a sus combatientes, corren el riesgo de perder a estos hombres en favor de otros actores del conflicto con bolsillos más profundos.

Esto incluye a la rama afgana del Estado Islámico, conocida como Provincia del Estado Islámico de Jorasán (ISKP), que reivindicó numerosos ataques en las provincias orientales de Nangarhar y Kunar durante los últimos siete meses, incluyendo ataques directos contra las fuerzas talibanes.

Una catástrofe en ciernes

En la primera semana de marzo, las fuerzas de seguridad talibanes iniciaron una campaña sin precedentes de registros casa por casa en Kabul y en otras capitales de provincia, moviéndose metódicamente de barrio en barrio mientras circulaban mensajes de pánico en las redes sociales.

Muchos registros fueron amables y superficiales, otros fueron violentos. Aunque el objetivo de los registros era incautar armas privadas que podrían ser utilizadas por delincuentes, las operaciones demostraron la voluntad del gobierno de dejar de lado la privacidad personal y los derechos de propiedad si así lo desean.

Es innegable que la libertad de prensa ha retrocedido. Algunos periodistas afganos, tanto hombres como mujeres, han sido detenidos, otros torturados. Aunque la mayoría de las emisoras nacionales siguen funcionando, la crítica abierta al gobierno actual ha desaparecido en gran medida de los medios de comunicación locales.

En enero, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) advirtió que 23 millones de personas se enfrentan a una inseguridad alimentaria extrema en Afganistán, más de la mitad de la población.

Aproximadamente 75 por ciento de la población afgana vive en distritos rurales, más que en ciudades. En estas zonas, muchas de las cuales han sufrido constantes combates durante las últimas dos décadas, la paz es un cambio bienvenido. Pero los afganos de las zonas rurales necesitan desesperadamente alimentos, dinero en efectivo y otras formas básicas de ayuda.

Y aunque los combates han cesado, el hambre puede ser tan mortal como las balas y los artefactos explosivos improvisados.

Un estudio del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) pùblicado en diciembre de 2021 reveló que un asombroso 97 por ciento de los afganos podría vivir en la pobreza a finales de 2022. En enero, la ONU advirtió que veintitrés millones de personas se enfrentan a una inseguridad alimentaria extrema, más de la mitad de toda la población.

A menos que se produzca otra intervención militar sangrienta, los talibanes seguirán controlando Afganistán a corto plazo, esto está claro. También está claro que la situación dista mucho de ser ideal, especialmente para las mujeres y para quienes desean trazar un rumbo más inclusivo y liberal para su país.

El trato de los talibanes a las mujeres y a las minorías étnicas ha sido, en muchos casos, espantoso. Pero la situación tampoco es el infierno carbonizado que algunos quieren hacer creer al resto del mundo.

Reconocer la realidad puede dar una sensación de superioridad moral a algunos, pero los que exigen un enfoque de todo o nada para tratar con los talibanes rara vez son los que pagarán el verdadero coste sobre el terreno.

Muchos afganos ya están avanzando, pero no pueden continuar si el resto del mundo se aparta.

  1. Kern Hendricks es un periodista y fotógrafo independiente que cubre temas de agitación social y los efectos del conflicto a largo plazo. Está radicado en Kabul, la capital de Afganistán, desde 2017.
  2. Este artículo se publicó originalmente en su versión en inglés por el International Politics and Society, de la alemana Fundación Friedrich-Ebert.

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