Los arqueólogos ignoraron durante siglos, la contribución femenina.
Pero ahora, las científicas Elisabeth Wayland Barber y Martha Sánchez, demostraron su importancia y plantean que una de las eras debería llamarse Edad de la Cuerda, en lugar de Edad de Piedra, para reivindicar el trabajo de las mujeres prehistóricas.

En un artículo del 15 de mayo para El País, Eugenia Angulo escribió sobre los hallazgos de Barber, de 85 años, catedrática emérita de Arqueología y Lingüística en el Occidental College en Los Ángeles y autora del libro Mujeres, telas y sociedad en la antigüedad, publicado recientemente en español.
En el que recorre más de veinte mil años analizando el registro arqueológico de los productos de una tecnología «la textil, que históricamente ha estado en manos de las mujeres y de la que se sabe muy poco».
Tan poco, dice, que en algunos yacimientos los arqueólogos desechaban los pequeños jirones de telas que encontraban.
Barber se hizo conocida por su dedicación a estudiar los escasos restos de tejidos prehistóricos que se convirtieron en el libro mencionado, que tardó diecisiete años en escribir y editó la Universidad de Princeton.
Y en el que revela, la existencia de la artesanía textil.
Porque salvo en los grandes hallazgos de los lechos lacustres de Suiza, las minas de sal de Austria y las turberas de Escandinavia, donde había material bien conservado, los restos textiles no se consideraban importantes y había incluso arqueólogos que decían que en esa época no podían haberse fabricado cosas así.
Pero Barber, nacida en Pasadena, California, donde la necesidad la llevó desde los cuatro años de edad a coser, hilar y tejer, les comprobó que sí.
Partió de entender que el trabajo que esas mujeres desarrollaban, debió ser compatible con el cuidado de los hijos; y que hilar, tejer y coser, son tareas que pueden dejarse en cualquier momento para atender a un niño o cocinar.
Y que los productos de estas dos actividades, cocinar y tejer, son tan extremadamente perecederos, que no es fácil encontrarlos en ruinas arqueológicas.
Dedujo que las mujeres empezaron haciendo adornos como pulseras y collares con cuentas enfiladas en cuerdas de fibras vegetales, tendones o crines y pasaron luego a elaborar faldas con cuerdas de lino y otras plantas silvestres fibrosas.
Y después, en el Neolítico, con lana de animales domesticados.
«Hemos encontrado agujas de coser, cuentas de piedra, huesos y conchas que presentan perforaciones cada vez más finas y que comienzan a aparecer dispuestas en hileras ordenadas encima de los muertos».
El trozo más antiguo de cuerda encontrado es de hace diecisiete mil años y se halló en una de las cuevas pintadas de Lascaux; lo que indica que los humanos del Paleolítico disponían de cuerdas e hilos de fibra torcida y dominaban todas las destrezas requeridas para producirlas.
Y que, si los científicos del siglo diecinueve hubieran nombrado los periodos prehistóricos teniendo en cuenta el trabajo de las mujeres, en lugar de la durabilidad de los materiales Edad de Hierro, Edad de Bronce, etc., podrían haber reconocido la invención de la cuerda como la Revolución de la Cuerda.
«Porque su potencial pudo haber sido el arma invisible que permitió a la raza humana avanzar durante siglos».
Por su lado, Margarita Sánchez, catedrática de Prehistoria en la Universidad de Granada, informó de que en yacimientos de la Edad de Bronce y hasta más antiguos de poblaciones megalíticas como en la necrópolis de Panoría, en Granada, han encontrado punzones en tumbas femeninas.
«Sabemos que utilizaron la boca como una tercera mano: pasaban el hilo y lo cogían con los dientes. El frote del hilo terminaba haciendo unos surcos muy tremendos, muy marcados» dijo a la periodista en conversación telefónica.
Autora del libro Lo que el cuerpo nos cuenta, Sánchez asegura que lo textil se ha englobado dentro de esa nebulosa del cuidado, la crianza, lo doméstico, sin darle la importancia de una actividad compleja.
Lamenta que ni el trabajo textil ni el doméstico se vean en un museo o un libro de texto.
Siendo que en la Cueva de Rideaux, en Lespugue, al sur de Francia, se encontró una Venus paleolítica, tallada en hueso de grandes caderas, senos y vientre que tenía atada a su cintura una falda de cuerdas retorcidas.
Y a unos 6700 kilómetros, la Venus de Gagarino, en la actual Kazajistán, viste una falda de cuerdas, más corta y prolija que la francesa, aunque apenas alcanza a cubrir un poco de lo que las culturas modernas requieren, oculte una mujer.
«Las faldas de cuerdas no podían haber abrigado mucho, ni cumplido la función de lo que ahora entendemos por decoro».
¿Por qué entonces, se pregunta, una gente que tenía tan pocas cosas se tomó la molestia de confeccionar y vestir una prenda tan poco funcional?
¿Y por qué optaron las mujeres por lucir esta prenda durante tantos milenios?
Pues simplemente para adornarse, porque adornarse es una manifestación de la identidad colectiva y de la identidad individual, que forma parte de nuestro ser humano.
Y agregó que, si hasta el siglo diecinueve las mujeres tenían tan poca importancia que no podían ni siquiera votar, «¿cómo la van a tener entonces en la prehistoria?»



