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Celso Emilio en mi memoria

La primera vez que oí el nombre de Celso Emilio Ferreiro fue a mediados del 66 en una de esas frecuentes tertulias nocturnas de fin de semana regadas generosamente con garrafas de vino verde Casal García y botellas de coñac Fundador.

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Xulio Formoso: Celso Emilio Ferreiro

Pepe Sesto, el comandante Sotomayor y mi padre se asentaban en tres cómodos sillones de jardín y mientras fumaban como si les fuera la vida en ello (de hecho se les fue la vida en ello), hablaban de lo humano y lo divino, de lo sagrado y lo profano en la terraza colmada de plantas y con vista al Ávila de nuestra casa de Chacao al este de Caracas donde nos habíamos instalado los Formoso a finales del 65 cuando mi madre y yo llegamos a Venezuela desde Vigo a bordo del Santa María.

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Julio Formoso, Celso Emilio y Pepe Sesto

El viejo Pepe Sesto nos anunciaba que Celso Emilio venía a Venezuela con su familia debido a la complicada situación política por la que estaba pasando en España y, de paso, nos hacía una breve reseña biográfica del personaje en cuestión.

A los pocos días llegaba efectivamente el poeta a las costas del mar Caribe sumándose a la variopinta y por entonces aún numerosa emigración peninsular en un norte del sur todavía pueblerino y no muy poblado, de costumbres tradicionales y una cierta inocencia cordial pero asomando costuras y ya en francas vías de extinción.

La Venezuela a la que llegó tenía aun fresco el polémico recuerdo de un perezjimenismo que dividía opiniones, un movimiento de guerrillas ya en los residuos de la última etapa de su existencia y que había pasado de la conciliación de clases a un radicalismo eventualmente extemporáneo. Era la Caracas de la televisión en blanco y negro, de las veladas dominicales de lucha libre transmitidas por Venevisión desde el Palacio de los Deportes, un antiguo galpón de campanudo título que no tenía nada de deportivo y mucho menos de palaciego. Era el valle supuestamente feliz de las apuestas de caballos en el 5 y 6, del Show de Renny y El Batazo de la Suerte.

Y era también la Caracas de una institución llamada Hermandad Gallega fundada en 1960, poblada por paisanos de todo tenor y entre los que hacían vida una congregación nada desdeñable en número y poder, de enanos y liliputienses de yugo y flecha a los que el recién llegado Gulliver Ferreiro en su carácter de Secretario General de Cultura no despertó la más mínima simpatía ni afinidad ni conformidad ni avenencia.

En esas épocas yo estudiaba con más pena que gloria los últimos años de bachillerato en el Liceo Gustavo Herrera, aprendía guitarra por mi cuenta, trataba de imitar a Bob Dylan y cantaba canciones de Simon y Garfunkel.

Y también me dio por comenzar a componer canciones basadas en un libro primerizo Da estrela e da fouce que había publicado Farruco Sesto hijo de Pepe, un mozo también vigués estudiante de Arquitectura y excompañero del Colegio Apóstol Santiago de Vigo solo que con media docena de cursos de diferencia. A los acentos y cadencias de sus líricas yo le fui incorporando los tradicionales re, sol, la, alternando entre tonos mayores y menores para darle más variedad al asunto y de allí surgieron un puñado de canciones que cantábamos en las fulanas tertulias de Chacao o en las navidades de la Quinta Chariño en Las Acacias, ahora ya con la incorporación decidida e indispensable de Celso Emilio.

La primera canción que compuse con letra de Celso fue Pola longa lonxanía. Sus rimas estaban como pensadas y hechas para la canción. Eran música en sí mismas. La combinación entre letra y acordes, a decir del poeta, tenía las cadencias melancólicas del desterrado, la morriña de las siempres cercanas costas verdecentes en el afecto y los sentires y tan geográficamente lejanas. Era un poco como cantarle al desarraigo y borrar el nombre a las heridas. Poco después escribió O dedo na chaga especialmente para ser cantada; llegó un día a mi casa y me entregó una cuartilla escrita con bolígrafo azul con la canción. Durante años tuve ese papel conmigo hasta que en una de esas mudanzas nefastas y traumáticas desapareció para nunca más volver. Más tarde la grabé en castellano en un álbum que llevaba por título una de sus frases: “La canción que va conmigo”.

Y también por esas fechas los hijos del poeta y yo estuvimos a punto de quedarnos huérfanos prematuros cuando un viejo Volkswagen de tercera mano manejado por Mora y llevando de pasajeros, además del poeta, a mis padres Julio y Julia se desbarrancó en los predios de la Universidad Central con la increíble suerte de quedar tan cerca del Hospital Universitario que los primeros auxilios de los médicos de guardia fueron casi inmediatos y lograron sacar adelante solo con fuertes contusiones y roturas menores a los dos Ferreiros y a los dos Formosos.

En todo caso, los contundentes cocidos, lacones con grelos, las empanadas de lomo y bacalao y las paellas, siempre regadas con litros de tinto y néctares de toda condición, a veces en mi casa de Chacao, a veces en Maripérez donde vivían los Ferreiro y otras en Las Acacias donde los Sesto, nunca llegaron a interrumpirse sino hasta mucho más tarde por circunstancias propias de la jodida vida y su jodido devenir.

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Xulio Formoso, Celso Emilio y Nacho Sesto, Caracas 1970

En 1970 decidimos unir por un lado seis canciones mías con letras de Nacho y Farruco Sesto y dos de Celso. Y por otro lado otras seis canciones de los chicos de Voces Ceibes y grabar un LP. En ese momento ni se me pasó por la mente la trascendencia que ese disco tendría más adelante y mucho menos sabía que ese iba a ser el primer LP que se grababa íntegramente en gallego. Poco tuve que ver yo en la edición de ese “Galicia canta”, salvo tocar la guitarra y cantar. Celso Emilio usando su seudónimo de Arístides Silveira fue el verdadero artífice de aquello. De no ser por él nunca se hubiera hecho. Y fue además mi primer disco o mitad de disco, nunca antes había estado en un estudio de grabación.

Lo grabamos en los vetustos estudios de Radio Rumbos con presupuesto y tiempo medido y sin mucha opción al error. Celso se había traído una gaita y un pandeiro de Galicia y era sin lugar a dudas un excelentísimo pandeireiro o como sea que se llame eso. Tenía un sentido musical innato para ese instrumento ancestral. Trató alguna vez de enseñarme a tocarlo pero desistió en vista de mi absoluta incompetencia en materia de percusión. El caso es que nos sentamos en la pequeña cabina frente a frente y grabamos la canción Pandeirada ao Ché en una sola toma. No hizo falta repetirla.

Fue un privilegio el poder conocer y compartir un pequeño lapso de la vida de Celso Emilio. Podríamos estar horas contando historias y anécdotas, haciendo cantigas con sabor a fiuncho y a licor café y llenando cuartillas por ambos lados con su presencia. Podríamos hablar de personajes como el genial escultor de caballos Juan Oliveira o el gran Méndez Ferrin por solo citar dos, conocidos a través de él y con los que también compartimos puntuales espacios de aquel acontecer. Pero los límites y rebordes que impone el espacio periodístico siempre son rigurosos y poco tolerantes.

Desde este lado del mar y por donde sea que andes te mando un abrazo Celso Emilio. Que la tierra que pisaste te sea leve y tu paso de largo caminante.

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Sobre Xulio Formoso

Xulio Formoso, artista plástico y músico venezolano nacido en Vigo, España, y fallecido en Madrid el 7 de noviembre de 2018. Además de compositor y músico, autor e intérprete de 16 álbumes, Formoso era ingeniero civil graduado en la Universidad Santa María e ingeniero de sistemas por la Universidad de San Antonio de Texas. Como artista plástico contó con exposiciones de pinturas y dibujos en formatos de gran tamaño en galerías de arte de Caracas. Desde el 2007 se desempeñaba como articulista e ilustrador en diversas publicaciones culturales venezolanas como el semanario Todosadentro y desde el 2013 colaboraba asiduamente en "Periodistas en Español".

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