De piñas, reinas y cortesanas

Hasta hace relativamente poco, el siglo diecinueve, robar una simple piña en Inglaterra podía ser causa de pasar un año en prisión.

Dedica el portal estadounidense Hechos de la Historia, dos artículos a las piñas; advirtiendo que siempre han existido símbolos para señalar los estatus sociales.

Se trata de insignias militares, anillos con sellos familiares, relojes que se heredan, propiedades llenas de obras de arte, vehículos caros, maletas lujosas, etc.

Y asienta que por cerca de 250 años, todos estos signos de riqueza y buena crianza, fueron llenados por las piñas.

Los siglos dieciséis y diecisiete vieron llegar de Asia y el Nuevo Mundo a Europa, un buen número de frutas exóticas; pero fue la piña la que se asoció con el prestigio y rápidamente se convirtió en lujo que solo los muy ricos podían darse.

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Piña tropical exhibida en un salón de la nobleza europea ©IA-PES

Eran tantas las ansias por tenerlas, que se empezaron a importar desde algunas colonias británicas, pese a que la larga travesía marina ocasionaba que llegaran incomibles.

Y se les apreciaba de tal forma que, con frecuencia, la misma piña circulaba casi podrida, de evento en evento de los aristócratas.

Su escasez las hacía más codiciadas y llegaron a costar el equivalente a entre 60 y 80 euros.

Para 1770, el dicho «es piña del mejor sabor» se usaba en Inglaterra para describir lo mejor de lo mejor y los reyes se hacían retratar con una, para mostrar su señorío.

Entre la histeria de las clases medias por tener una piña que presumir y la costumbre inglesa de invitar para mostrar la riqueza, ficticia o verdadera, surgieron comerciantes que las alquilaban.

Se podían ver, pero no tocar ni menos probarlas, para eso estaban las frutas baratas que las rodeaban.

Sostiene el doctor Lauren O’Hagan, investigador de la Universidad Escuela de Cardiff, que como la piña no se conocía en Europa, estaba libre de las resonancias culturales que tenía, por ejemplo, la manzana por su relación con Adán, Eva y el pecado original.

La exótica apariencia de su dorada corona se tomaba como manifestación del poder divino de los reyes y su sabor se comparaba con el de la alcachofa, el vino y las trufas, todo unido.

A fines del siglo dieciocho los agricultores ingleses empezaron a cultivarlas y contrataron guardias armados para proteger las cosechas y evitar los robos.

Y aunque eso inhibió a muchos ladrones, no fue suficiente para otros y en 1807 un hombre llamado John Godding robó siete y fue condenado a pasar siete años, uno por cada piña, en un penal australiano.

Su importancia fue disminuyendo con los años, porque los adelantos en refrigeración permitieron que empezara a importarse en grandes cantidades.

Sin nada que ver con las piñas, pero sí con las rarezas inglesas, otro artículo del mismo portal publicado este 5 de mayo 2024 y escrito por Kristina Wright, refiere las restrictivas reglas que las damas de compañía de las reinas inglesas debían seguir.

La verdad no entiendo que hasta la fecha se considere honor estar todo el día pendiente de lo que alguien quiera hacer, por más reina que sea.

Y peor todavía me parece ser reina y estar día y noche acompañada por mujeres que, para mayor fastidio, deben dormir en las cámaras reales para despertar, bañar, peinar, elegir ropa y joyas y vestir a princesas y a reinas, como sucedía con Isabel II, fallecida apenas en 2022 y que se dice tenía una veintena de cortesanas.

Expertas en la etiqueta real, el empleo de esas pobres mujeres viene de las tradiciones medievales de entretener la existencia de sus majestades, leyéndoles, bordando y jugando cartas con ellas.

Para lo que deben olvidar sus propias vidas, aunque tengan hijos y marido.

Y además sufriendo, porque si les crecía la pancita, debían someterse a consultas médicas casi públicas, para saber si era tumor o embarazo, y en caso de ser damas de princesas comprometidas con príncipes extranjeros, debían dejar su país para ir con ellas.

Y además de todo ese fastidio, tienen que checar que la reina no duerma con nadie.

Se afirma que la reina «virgen» Isabel I, debía compartir recámara con una dama de honor de la total confianza de la corte, para salvaguardar su seguridad y reputación.

Y cuidadito con ser demasiado amables o gustarle al rey, como sucedió con cuatro de las esposas de Enrique VIII, que empezaron como damas de la reina anterior y acabaron ya sabemos cómo.

Teresa Gurza
Periodista. Soy mexicana, estudié la carrera de Historia y soy Locutora, Cronista y Comentarista y Licenciada en Periodismo, pero ante todo reportera. Me inicié en televisión en 1970 y fui reportera, conductora y productora de programas noticiosos; reportera de asuntos especiales de los diarios El Día, UnomásUno y La Jornada, y corresponsal en la Unión Soviética, Checoslovaquia y Michoacán. Por razones familiares, mi marido era chileno, viví en Chile más una década. He recibido muchos premios y reconocimientos, entre ellos el Nacional de Periodismo en Reportaje y ahora radico en México y escribo artículos para Periodistas en Español y otros medios.

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