«Porque incluso nosotros, los invisibles, existimos y dejamos nuestra impronta en la vida y en el mundo»
Visito la biblioteca de la nave, ya saben que es uno de mis lugares preferidos para perderme cuando el desasosiego me invade. A pesar de calcular al máximo los espacios que se necesitan y el peso de todos los materiales, maquinaria, alimentos, enseres, con el fin de optimizar el gasto de energía, se optó por respetar un lugar donde los libros físicos pudieran reposar en sus anaqueles para nunca perder la sensación de tener un ejemplar impreso en nuestras manos.

Paseando entre las estanterías me detengo en un ejemplar de lomo rojo, veo que es una autoedición que rememora unos hechos históricos. No sé muy bien cómo ha podido llegar hasta aquí. Hay una parte de la historia de la humanidad que no está contada por escritores profesionales o por historiadores, eso me gusta y la valoro mucho, más que de lo que, me temo, la valoran las casas editoriales. El punto de vista de esos personajes reales me parecen tan valiosos como cualquier ensayo histórico por muy riguroso que sea.
El libro que escojo es de José de la Peña, escrito en francés con el título de «Maldita guerra. Saga d´une famille entre guerres et exil», en castellano «La Saga de Joselín. Memoria familiar entre la guerra de España, la Resistencia y el exilio», traducido por Julia Audije Gil, responde a esa necesidad histórica, nos aporta la experiencia vivida por sus protagonistas durante el periodo anterior a la llegada de la Segunda República española, la Guerra Civil que resultó como consecuencia del golpe de estado que dieron los militares sublevados, el exilio en Francia de los protagonistas, su integración en ese país y la llegada de la democracia después de la denominada Transición.
Este tipo de libros no están exentos de la subjetividad del autor y la de los personajes que reconstruye, pero no por ello dejan de tener un gran valor para los historiadores, ya que no dejan de ser primerísimos testigos de los hechos que cuentan. La Historia, con mayúsculas, se cuenta bebiendo de todas las fuentes posibles y una fundamental, a veces olvidada, es la de los protagonistas.
En el libro de José de la Peña estos personajes principales son sus padres, José y María; y Plácido, hermano de José. El narrador es el mismo autor del libro conocido en su familia como Joselín, quien unas veces narra en tercera persona, otras pasa a la primera y en otras es el narrador omnisciente de toda la trama ya que se ha debido empapar de las vidas de todos y cada uno de los personajes, de los hechos que vivieron, de las circunstancias que rodearon todos los acontecimientos narrados. En algunos momentos puede parecer un narrador ingenuo acorde con la ingenuidad mostrada, en ocasiones, por los propios protagonistas.
En ocasiones también se tiene la sensación de que todo lo que hicieron los protagonistas, su familia, fue lo correcto, que el partido al que pertenecían fue el que mejor supo estar a la altura de las circunstancias históricas narradas, y en eso, creo, que también peca de cierta ingenuidad. Pero aquí se trata de contar la historia tal como la vivieron y sintieron sus familiares, los historiadores deben ser los encargados de poner cada cosa en su sitio.
Es un libro estructurado en tres partes bien diferenciadas. La primera nos pone en situación de cómo se vivía en España antes de la proclamación de la Segunda República, un modo de vida que prácticamente no había abandonado el mundo medieval, con grandes poderes establecidos, realeza, nobleza, iglesia, terratenientes. Un país claramente subdesarrollado que había perdido casi todos los trenes de la modernización europea.
En ese ambiente, la llegada de la República fue recibida como la gran esperanza de la mayoría de la población sometida social y económicamente. Fueron años en los que se intentó sacar al país de su tremenda pobreza, procurando llevar a cabo las reformas que se necesitaban como la agraria, la educativa, la social, la sanitaria, la equiparación en derechos de hombres y mujeres. Fueron años de grandes intentos y no demasiados logros, que se hacían esperar eternamente debido a la gran resistencia de los poderes más reaccionarios.
La familia de Joselín fue una protagonista activa de esos hechos tomando partido por la defensa de la República desde sus inicios, comprometidos con la democracia y sus valores. Cuando las fuerzas reaccionarias se sublevaron con el golpe de estado de julio de 1936 no dudaron a la hora de salir en su defensa. José había aprobado unas oposiciones en la Guardia de Asalto y en todo momento se mantuvo fiel al gobierno legítimo. Con su formación policial durante el enfrentamiento armado fue escalando posiciones en el ejército republicano y estuvo en los frentes de Madrid, Valencia, Aragón y Barcelona.
Todo el desarrollo de esa guerra provocada por los sublevados es narrado con gran detalle, los avances y repliegues, las batallas, las barbaridades que se cometieron por uno y otro bando, pero dejando claro qué bando fue el que utilizó sistemáticamente la violencia para amedrentar a la población de una manera clara y estudiada, y por otro los excesos cometidos por el otro bando donde el gobierno legítimo perdió, en distintos escenarios, la capacidad de mantener el control lo que provocó hechos absolutamente condenables e injustificables.
El autor no duda en señalar a los culpables que provocaron la guerra en un país donde existía un gobierno elegido democráticamente, donde, con todas las dificultades del mundo, como en el resto de países inmersos en la crisis económica de la gran depresión, se trataba de ir desarrollando una sociedad más justa e igualitaria. Los culpables no sólo fueron los sublevados, también las fuerzas que les apoyaron, la aristocracia, la iglesia, el poder económico, y los dos grandes países autoritarios del momento, Alemania e Italia; también señala como responsables por el abandono a los países democráticos, sobre todo Francia e Inglaterra. La única ayuda recibida fue por parte de la Unión Soviética, y tan condicionada que a veces resultó contraproducente.
La Guerra Civil fue el ensayo de la Segunda Guerra Mundial en la que la población civil fue abandonada y sacrificada.
Perdida la guerra, la segunda parte del libro, con el hijo narrador de esta historia recién nacido, cuenta cómo tuvieron que exiliarse en Francia, pasando por los campos donde fueron acogidos los miles de refugiados que de manera atropellada se fueron instalando por el sur de ese país. En Francia, pasados los primeros años de absoluta angustia, la familia de Joselín fue encontrando su lugar, participando primero en la resistencia a la ocupación nazi y posteriormente en la propia sociedad francesa, no si cierta desazón, al sentir que no pertenecían ni a un lado ni a otro. La militancia en el partido, la defensa de los más desfavorecidos y los valores humanitarios, siempre estuvo presente para estos protagonistas, también en el país de acogida.
La tercera parte del libro nos habla del reencuentro que poco a poco se fue dando en la familia de José con su país de origen y el resto de la familia que quedó en él. Del conocimiento real por parte de los descendientes del matrimonio del país tantas veces imaginado e incluso mitificado. Y por último, el proceso de la transición hacia la democracia, que el narrador plantea en términos interrogativos, Transición ¿democrática? titula el capítulo tercero de esta parte, y por la gran decepción que supuso en los que combatieron al régimen franquista por lo que su partido tuvo que renunciar en esa transición para la llegada de la democracia. Para el autor la vida de sus familiares se podría resumir en dos palabras, «respeto y coraje».
Más allá de cualquier otra consideración, lo que me ha gustado poderosamente de este libro ha sido por un lado el gran esfuerzo que ha hecho el autor para la reconstrucción de las vidas de sus familiares haciéndonos partícipes de sus peripecias, tanto en suelo español como francés; por otro, la gran labor desarrollada en la difusión de los valores democráticos y republicanos a través del compromiso de sus familiares, compromiso que nunca, a pesar de las grandes dificultades, abandonaron; y por otro la franqueza y honestidad con la que está relatada toda la historia. El rigor histórico no falta en absoluto aunque esté visto desde la perspectiva de los protagonistas, y del propio Joselín.
Y por último, he apreciado las opiniones personales del narrador, cogiendo el relevo de su familiares en la defensa del compromiso humanitario, de la defensa de los valores democráticos, de la solidaridad entre los pueblos, de la defensa de los animales y el medio ambiente, de su compromiso feminista a pesar de la educación recibida, opiniones que van deslizándose por todo el relato. Agradezco, igualmente, su visión, muy documentada, de la Transición española, nos viene muy bien que unos ojos que nos miran desde otro país, pero que nos quieren profundamente, nos muestren su visión que nos permite tener otros puntos de vista.
El libro, además de en la biblioteca de la nave, es posible que se pueda encontrar en la dirección de correo electrónico del editor del texto [email protected]



