Defensa de Catalunya

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Wifredo Espina

A Catalunya se la entiende y se la defiende desde la serenidad emotiva, no desde la emotividad pasional. Desde la racionalidad sentimental, no desde crispación irracional. Catalunya es sentimiento y razón. En esta mezcolanza está la raíz de su identidad.

El entendimiento y la defensa de Catalunya presenta dos frentes: cultivar la comprensión de su fuerte personalidad, para que no se desborde en la “rauxa” (entre creadora y suicida), y no quitarle el aire que necesita para no sentir la tentación de encerrarse en sí misma (en el ahogo victimista y rencoroso).

La actual embestida secesionista de buena parte de su ciudadanía, alentada imprudentemente desde instancias gubernamentales, no es gratuita ni caprichosa, pues tiene arraigo histórico y, sobre todo, motivaciones reales de incomprensión y agravio, explotadas por intereses partidarios.

La “rauxa”, liderada por la calculada inconsciencia de algunos, está a punto de desbordar los límites de la buena convivencia y del marco legal democrático, en nombre de principios etéreos más idealistas que prácticos. La incomprensión y el agravio, han despertado la emotividad pasional, por encima de la racionalidad sentimental. El “seny” (que no quiere decir conformismo), parece ahora arrinconado en una posición de resistencia, pero en las urnas suele imponer, una y otra vez, su criterio.

Y el criterio del “seny” no es romper la baraja, sino mejorar o cambiar las reglas del juego. A la insensatez de “Destruir España”, título de un demagógico y oportunista libro recién aparecido, la sensatez pide la defensa de Catalunya desde el cumplimiento sin trampas del pacto constitucional, masivamente refrendado por los catalanes, y en que se distinguía entre “regiones” y “nacionalidades”. Reclamar el respeto íntegro a la “nacionalidad” de Catalunya (contrario a la homogeneización del “café para todos”, que erróneamente ha prevalecido), sería la forma más realista de comprender, desde fuera, su singular personalidad, y de defenderla, desde dentro, sin planteamientos traumático.

La solución, por tanto, al erróneamente llamado “problema catalán”, pues és sólo de una parte muy importante de la plural y diversa Catalunya, está en la misma Constitución, que habría que cumplir más honestamente por todos, y modificarla en lo que haga falta y reclama la nueva sociedad, y no en romperla, que podría conducir a la “destrucción” de España y de Catalunya. La experiencia histórica lo avala.

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