El cojo de Inishmaan: donde todos parecen tocados por la gracia

Están trascendidos, ¿cómo lo diría yo?, parece que la libertad con que usan el lenguaje los sobrepasa, los lleva en volandas y todo les es permitido.

cartel-el-cojo-de-inishmaanMe refiero a los actores, muchos, inusitadamente muchos para tratarse de un teatro privado, pero sobre todo a las dos figuras clave, las dos tías viejas del Cojo de Inishmaan, esas dos figuras del alma que son quienes dan la talla sin alterarse, la talla y la pauta a todos los demás. Marisa Paredes y Terele Pávez, no sé en qué orden nombrarlas, tanto monta, la una más luminosa, como rubia y delgada, desteñida de pueblo; la otra más carnal, terrenal y loca perdida, ambas lo están de diferente manera, la locura como forma de protección contra el infortunio, la vida.

La obra, larga de casi 2 horas para los cánones actuales, no para el espectador que ama lo que ve encima de un escenario, emociona a base de arañazos, aquí los te quiero hay que arrancarlos a puyazos, haciendo daño en lo vivo hasta que la herida sangre y se desinfecte. Pero el caso es hablar, eso que no se pierda, y así es como hace reír gracias a la incorreción política, nada de andarse cortos a la hora de llamar a las cosas por su nombre: un cojo es un cojo, un tísico lo es, y uno más feo que una cabra sin ojos, también lo es y se le dice a la cara; por atrás y por delante, murmurando con otros y a la cara. Total, acabará sabiéndolo, más vale entrar directos a matar.

“Y si un negro viene a Irlanda, es que aquí no estamos tan mal”, algo que nos podemos aplicar a diario aquí en nuestra querida España pero poniendo “subsahariano”, ¡ojo!, y “tercera edad” , ¡ojo también!, en vez de tías viejas, que es lo que son en la escena Marisa y Terele, y que chochean. Pues bien, esto es lo que es lo que hace reír a unos, mueve al escándalo a los más, a la compasión a los otros, y finalmente al amor, conforme al acogimiento por parte de los aludidos.

En esto se ve también la grandeza de las víctimas de tales epítetos, que, lejos de sentirse agredidas, se saben queridas y rechazan como vejatorios los eufemismos referentes a su situación: saben que “cojos, feos, viejos, alcohólicos, cotillas”, su entorno nunca renegará de ellos ni los abandonará a manos espurias, puesto que son imprescindibles socialmente y sin ellos no encajan las piezas. ¿Dónde iría la guapa sin el feo?

La extrema libertad. Esto fue lo que me quedó a mí nítido después de ver la función y, ya a punto de dormirme, seguían acudiendo a mí estos personajes y sus maneras de estar en el mundo totalmente incorrectas.

Y esa gran libertad del texto y del lenguaje es la que digo yo que trasciende el escenario y los actores dotándoles de una luz extraordinaria, luminosa, que no depende sólo de los focos sino que les viene de dentro, de sentirse como niños haciendo una tremenda gamberrada, diciendo lo que no pueden decir a diario en sus vidas ni ante los medios.

Terele Pávez ha estado este año tremenda de premios y la noche del día 3 de febrero, al recibir la medalla del CEC (Círculo de escritores cinematográficos), estuvo sembrada, genial, recordando su relación desde niña con esta bendita medalla, “que siempre había alguna rodando por casa y, cuando la buscábamos para jugar a ponérnosla las 3 hermanas, aparecía en un cesto de ropa y nos la sorteábamos. A mí, como la más pequeña, me tocaba menos.” El Infanta Isabel, el miércoles 5 de febrero, estaba a reventar, me tocó la última fila pero aún así, me llegaba el sonido a la perfección. Y ni un grito, que no hacía bendita la falta, al contrario, Marisa Paredes apenas habla en susurros y el resto se expresaba con naturalidad. Y un silencio en la sala repleta, como para no perderse ni una de las réplicas, que ninguna tiene desperdicio.

El cojo de Inishmaan, texto de Martin McDonagh dirigido por Gerardo Vera, es una coproducción del Teatro Español y Grey Garden, que inicia así una nueva dinámica de colaboración público/privado en el ámbito de las artes escénicas. Después de exhibirse con éxito en el Teatro Español, ha pasado al Infanta Isabel en la calle Barquillo, donde está representándose desde el 31 de enero. Por 12 únicas semanas.

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Doctor en Filología por la Complutense, me licencié en la Universidad de Oviedo, donde profesores como Alarcos, Clavería, Caso o Cachero me marcaron más de lo que entonces pensé. Inolvidables fueron los que antes tuve en el antiguo Instituto Femenino "Juan del Enzina" de León: siempre que cruzo la Plaza de Santo Martino me vuelven los recuerdos. Pero sobre todos ellos está Angelines Herrero, mi maestra de primaria, que se fijó en mí con devoción. Tengo buen oído para los idiomas y para la música, también para la escritura, de ahí que a veces me guíe más por el sonido que por el significado de las palabras. Mi director de tesis fue Álvaro Porto Dapena, a quien debo el sentido del orden que yo pueda tener al estructurar un texto. Escribir me cuesta y me pone en forma, en tanto que leer a los maestros me incita a afilar mi estilo. Me van los clásicos, los románticos y los barrocos. Y de la Edad Media, hasta la Inquisición.

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