El ‘Flaco Lira’ in Memoriam

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“Si fuera humilde sería perfecto” (Eugenio Lira Massi)

Francisco Javier Alvear

Por estos días -no existe certeza de la fecha exacta del suceso- se cumplieron 40 años de la muerte en su exilio en París, en extrañas y nunca esclarecidas circunstancias, de uno de los más grandes periodistas chilenos de los sesenta y comienzos de los setenta, Eugenio Lira Massi, conocido cariñosamente como ‘El Flaco Lira’.

Lira Massi
Lira Massi en la redacción del diario Puro Chile

De “fervoroso allendismo hasta su pasión futbolera, pasando por alguna disparatada improvisación en caso de gripe o sus tan feroces como divertidos tapabocas propinados a cualquiera que se descuidara en el acontecer nacional, su labor periodística fue un festín de inteligencia, creatividad y entusiasmo republicano, en el que se mezclaban por igual la precisión sintáctica, el chispazo desternillante y la entrañable cercanía con que se dirigía a sus miles de lectores” (Eugenio Lira Massi. El hombre del momento, 2013).

Formado a pulso, como muchos de su generación, luego de que (Alberto) ‘El Gato Gamboa’, su amigo de la infancia del Barrio Independencia en Santiago de Chile, lo recuperara de escribiente en la Dirección General de Carabineros de Chile (por ello también era conocido como ‘El Paco Lira’) para el diario Puro Chile, en donde colaboró como redactor político, al igual que con el diario El Clarín (por entonces con un tiraje record en la historia de Chile de 300 mil ejemplares) y las radios Agricultura y Santiago, desde mediados de los sesenta hasta el mismo día del golpe de Estado de 1973.

Una performance periodística meteórica (pasando de caricaturista a reportero y a redactor) que le llevó a destacar a tal nivel que ni el mismísimo Canal 13 de la Corporación de Televisión de la Universidad Católica, que desarrolló junto a El Mercurio, la más enconada embestida mediática contra el gobierno del presidente Allende y la UP posible de imaginar en el marco de desestabilización promovido por la CIA, pudo prescindir de sus mordaces comentarios políticos con ‘La entrevista impertinente’, bajo la dirección de un por entonces joven y talentoso periodista de la Universidad de Chile, Leonardo Cáceres.

Un programa que, pese al enorme éxito de audiencia alcanzado, estuvo en pantalla solo hasta que el cura Hasbún, entonces secretario privado del cardenal Silva Henríquez, llegara a la dirección ejecutiva del canal católico. Ipso facto despidió a todo el equipo.

Son célebres las preguntas que gastó en ese espacio televisivo, por ejemplo a un olvidado y melenudo entrevistado: ‘Ud. Es así o se hace’; o cuando le preguntó a Salvador Allende: ‘A usted le dicen el Pije, ¿cuántos ternos tiene’. ‘Sólo uno más que usted’. le responde un cazurro Allende. ‘¡Ah, entonces tiene dos!’, le retrucó el ‘Flaco’, etc.

Además, fue autor de tres libracos (La Cueva del Senado y los 45 senadores, La Cámara y los 147 a Dieta y Ahora le toca al golpe, en este último se narraba las aventuras de un reportero en día del ‘Tacnazo’), que causaron no poca polémica por el punzante sarcasmo e irreverencia -era un verdadero maestro en ello- con que describía varios de los honorables. Para muestra un botón:

Correspondería ahora decir tres o cuatro cosas sobre Tomás Chadwick, senador del Partido Socialista Popular. He mirado el asunto por un lado, por el otro, desde ángulos diferentes y siempre me encuentro con el mismo problema. Este libro pretende ser ágil, ameno, liviano, intrascendente, en una palabra: entretenido. Luego, el señor Chadwick no cabe. No encaja. No es culpa mía” (La cueva del Senado y los 45 senadores, 1968).

Esa misma fama, un tiempo después, le hizo objeto del Bando Nº 10, como muchos otros, y de la lista de los más buscados por la dictadura del ‘Innombrable’ (el), por lo que debió asilarse en la embajada de Francia y partir finalmente a su destierro en París el 15 de septiembre de 1973, en donde efectivamente moriría tan solo dos años más tarde.

Lo cierto es que su intempestiva muerte coincidió con una de las tantas operaciones internacionales de la DINA para asesinar a opositores chilenos en Europa, como la que estuvo en manos de Michel Townley, quien anduvo por allí precisamente en el mes de junio de 1975 (‘Operación Francia’); y para colmo de las sospechas fue involucrado, unos meses más tarde, en una burda maniobra cainita en el marco de la Operación Colombo por la revista LEA, una pantalla de los servicios secretos de la dictadura, en donde junto con reparar en su extraña muerte destacaba el infundio de que preparaba un libro de denuncia de los supuestos escándalos de la UP.

‘El Flaco Lira’, en efecto, bien pudo, románticamente, como Cortázar, haber muerto de pena y soledad, como señaló Gómez López:

Y tampoco puedo, porque si aflojo ahora me voy a la mierda, y llorar ni hueviando, y sí así estoy aquí es porque me lo busqué, y si me lo busqué de qué me quejo. Y no puedo llorar y nunca falta un espejo donde mirarse directamente a la cara, reírse un poco de uno mismo, pensar que era y ver lo que ahora se es, hacerse un guiño y salir del apuro recordando alguna canción melodramática y ridícula, pero no tanto: Y tu que te creías el rey de todo el mundo… y tu que nunca fuiste capaz de perdonar… Y cruel y despiadado de todos te reías…

Así es la vida, compañero. Algunos pueden, tú no. Algunos pueden quejarse y reclamar injusticias, tú no. Lo que estás pasando te lo buscaste. Lo que le pasa a tu familia es culpa tuya y no lo puedes remediar, simplemente porque no puedes. Y entonces ¿que vas a pegarte un tiro como los maricones? ¿Vas a bajarlos brazos?(…).

Siempre dijo que moriría a los 40 años como su padre, pues, según él, medio en broma y medio en serio, ‘los grandes hombres morían a esa edad’.

Efectivamente murió a los 40 años y en sus últimas palabras encontradas en su vieja máquina de escribir señalaba, reafirmaba, en su estilo directo y ágil, la firmeza de sus convicciones:

Y mañana será otro día, habrás dormido y estarás listo para empezar de nuevo esta pelea, que probablemente no lleva a ninguna parte, pero es tu pelea, es la única y no la puedes abandonar, porque sería abandonarte a ti mismo. BUENAS NOCHES .

Fue sepultado solitariamente, nada más que en la compañía de uno que otro de sus colegas de exilio, en el nicho 24942 del mítico Cementerio Pére Lachaise de París, al lado de la tumba del cantante popular Héctor Pavéz, también fallecido ese mismo año; más tarde, en 1979, sus despojos convertidos en cenizas fueron llevador a Chile por Monseñor Enrique Alvear, ‘el obispo de los pobres’, y depositados definitivamente en el Cementerio General, bajo estrictas medidas de seguridad y en compañía de su mujer, Estela, y sus tres hijas , Ángela, Regina y Eugenia a las que tanto amó:

Negrita mía: ¿sabís cuanto frío hace aquí? ¡Dos grados bajo cero ¡Brrrrr! Pero dos grados bajo cero todo el día, no un ratito. ¡Con razón estos atorrantes no se bañan!… ¿Y los amores cómo van? Cuidadito ah, porque estás muy linda, pero te queda mucho que estudiar todavía, y el amor produce ‘hemorragia’ en las libretas de notas (carta dirigida a su hija Regina, fechada pocos meses antes de morir, el 22 de febrero de 1975).

Por último, solo, me gustaría saber en cuántas universidades, que enseñan profusamente el oficio en cuestión, se habla de él, de su generación, una generación de oro del periodismo criollo (Hernán Millas, ‘El Chico’ Torres, ‘El Viejo Leo’ Raúl Morales, Román Alegría, ‘El Peineta’ Gutiérrez, Oscar Vásquez, ‘El Chico’ Oviedo, ‘Pelao’ Arellano, Oscar Vega, etc.) y de su enorme contribución al periodismo nacional, independiente, comprometido y de calidad.

Lo más triste de todo es que por estos días no he visto ni una sola línea escrita en su memoria y ni un solo homenaje o tributo que recuerde la tremenda figura, humana y profesional que fue; lo cual me obligó, en parte, rápidamente a dedicarle estas líneas, pues estoy convencido, como dice la frase en un sector reservado para el recuerdo de los tiempos del horror en las viejas graderías de madera del Estadio Nacional de Santiago de Chile: “un pueblo sin memoria es un país sin futuro”.

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2 Comentarios

  1. Te felicito por este estupendo comentario. Y tienes toda la razón: ha faltado, entre tantas cosas que también faltan, un recuerdo digno y agradecido del flaco Lira. Sus amigos al menos lo recordamos con mucho cariño. Leonardo Cáceres

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