El fuego griego. Memoria de El Greco en Castilla-La Mancha

El libro, cuyo título asocia al pintor con el mítico fuego griego, también originario del Mediterráneo oriental y cuyo secreto no ha sido completamente desvelado en nuestros días, no es una biografía del artista ni un catálogo al uso, ni abunda en descripciones farragosas, con frecuencia innecesarias; no es una obra de gabinete de interés exclusivo para especialistas distinguidos.

portada-fuego-griegoSuperpone pasado y presente y con un estilo sobrio, preciso, a la búsqueda de la claridad, con la elegancia de los buenos textos literarios, indaga en los asuntos que, a continuación, se mencionan:

Traza una semblanza de los artistas – Picasso, Orozco, Benjamín Palencia, Gregorio Prieto-, escritores –Rilke, Alberti, Nikos Kazantzakis, el primer cretense que visitó a El Greco en tres siglos, o Alejo Carpentier-, eruditos, coleccionistas y curiosos –Tormo, los Havemeyer, Albert Einstein-, que viajaron por Castilla La Mancha para conocer y sentir los lugares por los que transitó el candiota y los espacios que acogieron sus obras. Viajaron a Toledo, en primer lugar, pero también a Illescas, Orgaz, Almadrones, El Bonillo, Cuerva, Daimiel, Huete, Malagón, Las Pedroñeras o Sigüenza, que convirtieron a El Greco en pintor de Castilla-La Mancha. Y en su caminar por estas tierras reivindicaron su paisaje, como subrayan el texto y las espectaculares fotografías de David Blázquez, como lo hicieron tiempo atrás Beruete, Sorolla y Enrique Vera.

El libro desgrana el papel de toledanos ilustres que jugaron un papel esencial en la rehabilitación de El Greco, ahora hace un siglo. Francisco de Borja San Román y Ángel Vegue y Goldoni, en su navegar por los archivos, sus publicaciones y conferencias; Santiago Camarasa desde la dirección de Toledo. Revista de Arte; Antonio Sierra Corella, quien impulsó el Museo parroquial de San Vicente, antesala grequiana del de Santa Cruz. O Félix Urabayen, al que se reivindica estos días en la Biblioteca de Castilla-La Mancha: viajaba por la provincia en compañía de Los del Entierro del Conde de Orgaz, en un Ford que sufría repentinos ataques de asma en curvas y recodos. Sus libros y artículos, con descripciones tan pictóricas, tan seductoras, lo reflejan muy bien.

El fuego griego ofrece, además, una propuesta original dirigida a los sentidos. El texto es el punto de partida al encuentro de un mundo de sensaciones con la ayuda de la cámara de David Blázquez, que ha logrado que los protagonistas de El Greco nos devuelvan la mirada y podamos gozar, por vez primera, de la calidad vibrante de su pintura y de sus colores: sus azufres candentes, los verdes helados y rotos, sus dramáticos azules. A Naida

Fankhauser se debe la singularidad del diseño, los criterios estéticos aplicados a la arquitectura gráfica del libro, la delicadeza misteriosa de la portada, seleccionada entre doce posibles. Y el editor Francisco del Valle, con su tenacidad y buen gusto, ha sido capaz de conseguir en todos nosotros la pulsión necesaria para rendir homenaje a El Greco por medio de la belleza, con motivo del IV Centenario de su muerte. El libro, en fin, es una demostración de que, a poco que se ahonde en su estudio, El Greco, no deja de sorprender, se revela inagotable, mientras su legado crece y asombra por doquier.

  • Texto: Miguel Cortés Arrese
  • Fotografías, David Blázquez,
  • Editorial Cuarto Centenario, Toledo, 2014, 224 páginas

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