El problema catalán

Cinismo + incompetencia nos han conducido a la triste y lamentable situación que vivimos.

“Señores diputados: el problema catalán es un asunto que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar”. Lo decía José Ortega y Gasset en las Cortes republicanas, en mayo de 1932 (“Discurso sobre el Estatuto de Cataluña, sesión de las Cortes del 13 de mayo de 1932”). Pero el tema viene arrastrándose de antiguo. La literatura del siglo XIX lo califica sin ambages como “el problema catalán”. Claro que la relevancia política y social, tanto en el ámbito español como internacional, que ha tomado en los últimos años, que culmina de alguna forma en la hipotética proclamación de una República independiente, no tiene parangón posible.

No seré yo, un madrileño fuera del espacio geográfico de Cataluña, aunque no ajeno al ámbito emocional, el que describa o analice el tema social y político sobre el que se están pronunciando personalidades tan relevantes dentro del espacio político y de la cultura catalana, como el cantante Joan Manuel Serrat, uno de los grandes iconos de Cataluña; o los escritores Juan Marsé o Eduardo Mendoza, por mencionar dos casos de la gran lista de personalidades de la cultura que se han manifestado al respecto; o el dramaturgo Albert Boadella, un catalán de raíces históricas que sufre el destierro; así como otros muchos escritores, políticos, jueces y profesores de derecho internacional no sólo dentro de Cataluña, sino en el resto de España y a través de infinidad de instituciones de todo tipo en el extranjero. Sus voces son mucho más cualificadas que la mía y, al parecer, no están teniendo demasiado eco en sus denuncias, en sus lamentos y en sus demandas.

Levanto mi voz no como sociólogo, cuyo análisis muestra perfiles de gran relevancia, sino en mi calidad de teólogo que observa con preocupación no sólo la deriva que ha tomando el tema desde el punto de vista político, económico y social, cuyo desenlace no es previsible que vaya a darse en las próximas semanas, sea cual fuere el resultado de la elección de un presiente de la Generalitat o la vuelta a nuevas elecciones. Lo hago preocupado por el deterioro ético que ha alcanzado el tratamiento de este asunto, hasta el punto de que el menor de los calificativos con el que puede describirse esta situación es cinismo. Soy consciente, sin embargo, de que no puede hacerse una valoración ética si no se realiza antes una alusión a los hechos, aunque sea superficialmente descriptiva, como exige una reflexión de estas dimensiones.

Hablamos de cinismo por parte de los responsables políticos que en el momento que se les coloca un micrófono delante de la boca, repiten las consignas recibidas sin ningún recato, a sabiendas de que están ofendiendo el sentido común de los oyentes, dadas su falsedad. Por la otra parte, es decir, por parte del gobierno estatal, tal vez deberíamos hablar de incompetencia a la hora de diseñar la política adecuada, pero esa incompetencia no justificaría, en ningún caso, el quebrantamiento del orden constitucional.  Cinismo + incompetencia nos han conducido a la triste y lamentable situación que vivimos.

Ya no es tan relevante entrar en la legitimidad o ilegitimidad del proceso, sino en el uso de la mentira, el fraude y la manipulación, todo ello arropado por el cinismo más descarado. Uno de los protagonistas más conspicuos de este despropósito, el que fuera vicepresidente del Gover de Cataluña, actualmente en la cárcel, Oriol Junqueras, introdujo en el discurso político categorías morales, defendiendo que el gobierno catalán estaba “haciendo el bien”, mientras que “los otros”, es decir, todos los que no apoyan el referéndum o la instauración de la República catalana, están “haciendo el mal”.

Saltarse las leyes que nos dan sentido de Estado y afirmar que se está dentro de la legalidad, una legalidad artificial y ficticia; afirmar que se apoyan en una legislación superior, apuntando al derecho internacional, sin que exista ninguna referencia que apoye y acredite dicha afirmación; envenenar a los jóvenes y niños con una ideología apoyada en mentiras, sembrando odio hacia el que discrepa, sea catalán o del resto de España; jugar a la equidistancia, como hacen la alcaldesa Ada Colau o los miembros de Podemos, preocupados tan solo por salvaguardar su voto, no parece una postura ética aconsejable. Tampoco lo parece esconderse detrás de la Constitución mostrando una manifiesta incapacidad para encontrar soluciones políticas adecuadas que hubieran podido evitar el desastre.

Es cierto que las grandes utopías que han movido la historia de los pueblos, que han hecho avanzar la civilización, que han erradicado opresiones y sistemas políticos tiránicos, han justificado éticamente y pueden seguir justificando el uso de la confrontación violenta. Pero nada hace pensar que la situación en Cataluña (“el problema catalán” al decir de Ortega y Gasset), una de las regiones más prósperas de la Europa contemporánea, dentro de un estado indudablemente democrático, con mecanismos suficientes para promover democráticamente todo tipo de cambios, justifique o pueda justificar el uso de la violencia u otros medios incapaces de respetar el sistema de convivencia que nos hemos procurado en las sociedades modernas.

Además de un problema político de gran alcance, se trata de un problema ético. Un problema ético que alcanza a todos los ciudadanos, pero de forma especial a quienes se identifican como cristianos. Más de 300 curas firmaron un manifiesto a favor de la independencia; conventos de monjas afirman públicamente su apoyo a la República catalana; grupos de cristianos evangélicos apuntalan abiertamente el independentismo catalán en sus proyectos de confrontación con la Constitución española. Sin duda se trata de posicionamientos legítimos si respetaran el orden establecido y, en todo caso, si no se hicieran cómplices de la manipulación, de la mentira y de la extorsión; de la siembra de odio, a fin de cuentas. Eso es falta de ética, mucho más si va acompañado de agresión física y/o ideológica a quienes discrepan de esos planteamientos. Las consecuencias, según la Biblia, son claras: “Mi pueblo fue destruido porque le faltó conocimiento. Por cuanto desechaste el conocimiento y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de mis hijos· (Oseas 4:6).

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Nacido en Madrid, es licenciado en Teología por la Universidad Bíblica Latinoamericana de Costa Rica, licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctor en Teología por esa misma universidad. Profesor de Sociología, Historia de las Religiones e Historia de los Bautistas en la Facultad Protestante de Teología UEBE durante 40 años (en la actualidad emérito) y profesor invitado de otras instituciones. Pertenece a la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII; es uno de los dos únicos teólogos protestantes incluido en el Diccionario de Teólogos/as Contemporáneos editado por Monte Carmelo que recoge el perfil biográfico de los teólogos a nivel mundial más relevantes del siglo XX. Ha sido secretario ejecutivo y presidente del Consejo Evangélico de Madrid y ha publicado numerosos artículos y estudios de investigación en diferentes revistas, diccionarios y anales universitarios y es autor de 21 libros, y otros 12 en colaboración.

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