El rostro de la madre enterrada sin nombre

Catalina Muñoz, fusilada por los militares facciosos el 22 de septiembre de 1936, tenía cuatros hijos, de los que ahora viven tres. Martín, el menor, tenía nueve meses cuando mataron a su madre. Lucía, la hija mayor, tenía once años y ahora ha cumplido los 94. No sabemos la edad de la tercera, Martina.

Catalina Muñoz

Recreación del rostro de Catalina Muñoz a partir de los restos óseos con sonajero encontrados en la fosa común de Palencia
Recreación del rostro de Catalina Muñoz a partir de los restos óseos con sonajero encontrados en la fosa común de Palencia

Al marido de Catalina lo detuvieron bajo la acusación de asesinato por haber participado en una reyerta con falangistas antes de la guerra incivil. Se llamaba Tomás y después de ser juzgado estuvo preso en Asturias durante diez años. A Catalina, de 37 años de edad y residente junto a sus cuatro hijos en la localidad palentina de Cevico de la Torre, la acusaron algunos vecinos de oponerse a la autoridad, dar vivas a Rusia y ocultar supuestamente las pruebas del presunto crimen lavando las ropas de su marido, algo que negó en la declaración suscrita el 5 de septiembre.

La condena que primero recayó sobre Catalina Muñoz fue la de cadena pepetua, pero después, sin explicación alguna, fue ejecutada. Se dice que cuando la detuvieron trataba de huir corriendo con su hijo pequeño de nueve meses en los brazos, posiblemente con el sonajero guardado en el mandil con el que finalmente la enterraron.

Los restos mortales de Catalina aparecieron en 2011 bajo la tierra del parque infantil de  La Carcavilla en Palencia, construido sobre los restos de un antiguo cementerio. Allí fueron enterradas 485 víctimas de la represión franquista entre el 20 de julio de 1936 y el 7 de abril de 1941. Entre los huesos de la madre ejecutada -la única mujer que fue juzgada y fusilada en esa provincia, donde todas las demás fueron “paseadas”- se encontró el aludido sonajero de plástico en muy buen estado de conservación. Hoy ha vuelto sin la canica que lo hacía sonar a las manos de Martín, residente en el mismo pueblo de Palencia en donde nació su madre.

Almudena García Rubio, la antropóloga que dirigió el desenterramiento de Catalina y descubrió entre los huesos ese sonajero llamado a levantar las primeras risas de un bebé, ha ido más allá de la difusa emoción que ese juguete pudo despertar tanto tiempo después en las manos de quien lo perdió con su madre al inicio de la vida.

A tal fin ha reconstruido el cráneo de la víctima y, junto a su colega y médico forense Fernando Serrulla, de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, ha hecho las correspondientes fotografías, analizado las imágenes y estudiado otras de los hijos de Catalina, Martín, Martina y Lucía. Como resultado de todo ello y del estudio de la morfología de los huesos del rostro de la víctima, el antropólogo ha supervisado la elaboración del dibujo llevado a cabo por Alba Senin. Es la primera vez que se utiliza con una víctima del franquismo esta técnica de antropología forense, mediante la cual se pone rostro a quienes fueron enterrados sin nombre para sumirlos en el olvido junto con la impunidad de sus ejecutores.

El pasado sábado, la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Palencia y la Sociedad de Ciencias Aranzadi, después de haber recuperado los huesos e identidad de la víctima, hicieron entrega a sus ancianos hijos del rostro aproximado de Catalina. Lucía, la mayor, cree que no se ajusta al completo a la imagen que guardaba de su madre, pero sí reconoció sus ojos y cejas, y hasta el cabello de cuando era más joven y tenía el pelo largo, si bien no identificó unos labios tan finos.

Ese dibujo ha puesto semblante a la madre enterrada en el olvido por sus verdugos, 83 años después de su ejecución. De esa mujer no tenían una sola fotografía sus hijos. Por eso, sin ser el rostro fidedigno de quien les dio la vida y no pudo verla crecer en cada uno de ellos, es muy probable que después de toda una larga existencia sin saber del rostro de Catalina, Martín, sobre todo, pueda imaginar mejor, en los labios de su madre, la sonrisa con la que lo recibió al nacer.

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